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| Mikhail Nesterov. The hermit (1889) |
He dibujado un ideograma tan bonito como una gimnopedia. En realidad no sé qué representa, pero pronto sustituirá en mi corazón al garabato que pinté ayer. Si todo sigue su curso, dentro de unos pocos días realizaré una auténtica obra maestra. Creo que debería ir pensando en salir de mi prisión para comprar chinchetas. Pero no quiero. O quizá no puedo. Tal vez no debería o no sería un buena idea. Podría llamar a algún amigo e invitarle a tomar algo mientras charlamos de los viejos tiempos, y de paso rogarle que me compre las chinchetas, pero ¿vale la pena aguantar a alguien, cualquier persona, y perder unas cuantas horas irreemplazables hablando de lo que fuimos, de lo que deberíamos haber sido o en lo que nos hemos convertido solo para conseguir las jodidas chinchetas? Podría pegar mi futuro esfuerzo máximo con un poco de cinta adhesiva, el problema es que tampoco tengo celo. Mi cajón de objetos disponibles está completamente vacío. Algún día tendré que decidirme a rellenarlo o a tirarlo al contenedor… desde la ventana. No necesito bajar para nada. Y desde que aprendí a existir comiendo y bebiendo lo mínimo, todo resulta tan extraño… y tan sencillo.
Llamo. Pido. Me traen la comida. Pago y me despido. Llamo. Contrato. Viene una señorita. Me hace lo que le pido. Pago y me despido. Rezo. Exijo. No escucho respuestas. Pago y me despido. Miro mi reflejo. El cristal está demasiado sucio. Escupo para limpiarlo. No pago. Es gratis. No me despido. Estoy condenado a estar conmigo.
Un gorrión intenta entrar por la ventana. Es ridículo. Él quiere entrar y yo quiero salir. Solo hay 15 metros hasta el suelo. Dicen que a partir de cuatro metros la muerte es casi segura. Pero en mi vida no existe nada que pueda ser tildado de indudable. Incluso las evidencias son discutibles. A veces pienso que el tiempo se ha estropeado. Y que es cuestión de días o semanas que el minutero estalle. ¡Cómo me gustaría sentir la explosión! Y contemplar el fuego. No tengo lira, pero sé cantar un poco. Lo suficiente para embelesar a aquellos que no existen. Y que se ocultan tras las paredes. Que emiten esos ruidos que me vuelven loco. Que cierran las puertas que yo dejo abiertas. Aquellos que estropean la televisión y el teléfono. Y se ciscan desde el techo sobre mi cabeza. Y que después de esconder sus…
Llamo. Pido. Me traen la comida. Pago y me despido. Llamo. Contrato. Viene una señorita. Me hace lo que le pido. Pago y me despido. Rezo. Exijo. No escucho respuestas. Pago y me despido. Miro mi reflejo. El cristal está demasiado sucio. Escupo para limpiarlo. No pago. Es gratis. No me despido. Estoy condenado a estar conmigo. Pero, de todas formas, pago y me despido.
