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| Michael Sowa. Diving pig (Unknow year) |
Querida:
¡Me encanta que me tilden de anhedónico! Yo mismo me diagnostiqué de esa incapacidad a los 15 o 16 años. Podría haberme evaluado de otra manera, como por ejemplo esquizoide en prácticas o pedisueco depresivo reconcomido y penitente, pero me decidí por la anhedonia porque hasta ese instante nunca había sido feliz. Bueno, la verdad es que sigo sin serlo, y todavía continúo sin entender a los que se califican de esa manera. Un ser feliz, si es que realmente existe alguno, nunca iría por ahí proclamando su alegría. Los únicos que pregonan lo que de verdad sienten son los que no creen en ese estado de ánimo. Por esa razón escribo este adminiculado -y debería decir también que apendiculado- texto. Y porque el tinnitus, que padezco desde hace décadas, no me permite conciliar el maldito sueño. ¡Sí! ¡Vale! ¡Me considero el adalid de la resignación y del autojorobamiento! No lo voy a negar. Pero eso no quiere decir que necesite la bendición de todos los que puedan leer este texto -con gafas o sin ellas-, sobre todo porque me importa una mierda nihilomaga lo que pueda pensar de mí cualquier forma de vida que no posea mi cerebro y mi cuerpo o que mantenga a la totalidad de sus cuentas bancarias escasamente sodomizadas. La existencia, tal y como la hemos (re)diseñado, es decir, nóumena, azuzona y resquemada, no tiene sentido alguno. Por lo menos yo no se lo puedo encontrar. Y en parte me alegro. Quiero decir… He conocido cantidad de tipos y tipas que se levantaban y acostaban morreando con lengua a la vida (¿se puede morrear sin lengua?). ¡Ahora están muertos! ¿Sabes lo duro que puede ser para un mescalinoso ambiguo (AKA positivista desorientado) darse cuenta de repente de su terrible equivocación? Sin embargo, a la gente de mi calaña, que vemos todo tan negro como la canción de los Rolling Stones, y que estamos preparados para afrontar las verdades resquemadas sin sentir un atisbo de grandeza subliminal recorriendo nuestras espinas dorsales, lo único que nos puede avasallar es… ¿Qué es? Porque no se me ocurre nada. Pero nada de nada. Y me gustaría ser capaz de llegar a alguna conclusión. Y no esta maldita oclusión mental que me aprisiona justo en estos momentos en que debería ser capaz de proclamarme el nictógrafo más mezquino y cínico salido de una incubadora neonatal marca Dräger.
Hace años me introduje cinco centímetros de un lápiz por la nariz. Quería llegar hasta el cerebro, pero lo único que conseguí fue que se me quedara atascada la goma de borrar entre el seno esfenoidal y el epitelio columnar de las amígdalas faríngeas. Tuvieron que operarme en siete ocasiones. Quizá te preguntes por qué razón hice esa imbecilidad. Trataré de contestarte: porque me apetecía. Todo lo que hago, lo hago porque me apetece. Y porque soy dueño de mí mismo. Y porque quiero despilfarrar eso que algunos llaman «libertad individual». Y porque también soy dueño de lo que no hago. Y de lo que puede que haga alguna vez si encuentro al público apropiado.
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