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| Victoria Contreras. El naufragio (1990) |
Amiga:
Estiré la parte superior del cuerpo y luego inspiré. Volví a la posición inicial, pero me olvidé por completo de expirar, por lo que mi cara adquirió una bonita tonalidad rojiza y a mi profesora de yoga no le quedó más remedio que hacerme el boca a boca. Mientras ella intentaba resucitarme, yo vi pasar por delante todos los calzoncillos que había usado en mi vida. No me preguntes por qué. Unos ven pasar sus existencias y yo vi pasar mis calzoncillos. No existe ninguna explicación coherente. Cuando recuperé la consciencia pedí perdón por mi indisposición y por los posibles inconvenientes que esta pudiera haber ocasionado al resto de alumnos y me largué de allí. Cinco minutos más tarde me encontraba sentado en el interior de un bar mirando a través del cristal todo lo que sucedía en la calle. Y vi lo de siempre, ya sabes, manchas en el vidrio a un lado y gente caminando sin rumbo fijo al otro. Mientras intentaba llegar a alguna conclusión sobre el episodio de los gayumbos noté que alguien me miraba. Era un tipo con aspecto de mantis religiosa desgalichada que estaba acomodado en un taburete situado a un lado de la barra. De repente el curioso se acercó a mi mesa y me pidió permiso para sentarse junto a mí. Cuando se lo concedí comenzó a disculparse.
-Perdone que siendo un extraño haya querido sentarme con usted. Y más con tantas mesas vacías.
-No importa. ¿Qué es lo que quiere?
-Nada. Yo no quiero nada de usted. Quizá es usted el que desea algo de mí.
Llegados a ese punto estuve en un tris de mandarlo al sagrado carajo perpendicular, pero decidí continuar escuchando lo que tenía que decirme.
-¿No se acuerda de mí, verdad?
-No. ¿Debería recordarlo?
-Yo creo que sí, ya que usted me insultó hace 37 años.
-Señor, yo he insultado a mucha gente desde que aprendí a insultar. Y además me consta que lo hago maravillosamente. ¿Qué es lo que le dije? ¿Que era un hijo de puta? ¿Que su cara me recordaba a la mierda espesa de jabalí facoquero?
-No, no, no. Nada de eso. Usted me insultó al rechazar acostarse con mi mujer.
-Creo que se equivoca, amigo. Jamás he rechazado acostarme con ninguna mujer en toda mi vida.
-¡Ah! Entonces… Entonces, debo haberle confundido con otro. Le ruego que acepte mis disculpas.
¿Entonces? ¡Entonces! Sí. Entonces el tipo se levantó y salió por la puerta. Mientras se alejaba intenté devolver a mi sorprendido rostro la expresión de calma habitual. ¡Estaba claro que el día todavía no había terminado! A decir verdad quedaba un poco más de la mitad. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Pagué mi consumición y salí del bar con destino al domicilio de Rita Gilabert. Hacía un par de semanas que no la veía y tenía ganas de encontrarme con ella y preguntarle cómo le iba todo. El taxista que me recogió no paraba de hablar. Yo le contestaba con monosílabos y muecas infrahumanas hasta que llegó un momento en que en lugar de largar y largar comenzó a sollozar. Detuvo el coche en un lateral, salió y se arrodilló junto a un árbol, creo que era un sicomoro. Dejó pasar unos dos minutos sin hacer ningún movimiento y de repente comenzó a comportarse como un perro loco. ¡Créeme! Sé lo que digo porque en una ocasión tuve un perro que enloqueció. ¿De qué manera se comporta un perro loco? De la misma manera que una persona demente, pero husmeando con la trufa en lugar de usar las manos para autolesionarse. Como no quería que me pegara un mordisco me alejé lo más rápidamente posible y caminé hasta la casa de mi amiga. Una vez allí me quedé atrapado en el ascensor durante 15 minutos y cuando el conserje logró sacarme de la cabina, mi humor era asquerosamente espantoso. Ya en casa de Rita me senté en uno de sus mullidos sillones mientras ella me preparaba una tila.
-Llevo un día muy malo. Bueno, más que malo yo diría que extraño.
-Llevas un día muy malo. Bueno, más que malo tú dirías que extraño.
-No estoy para coñas, Rita.
-No estás para coñas, Greg.
-Has de saber que casi la palmo en clase de yoga, que he visto calzoncillos y que después un tipo me ha acusado de no acostarme con su mujer.
-Relájate, Greg. Estás en mi casa, hombre. ¡Aquí no puede suceder nada!
¡Exacto! ¡Nada! Nada más acabar la frase escuchamos un ruido que en un primer momento me recordó al que hace un hipopótamo con obesidad mórbida cuando cae de cabeza desde un décimo octavo piso. Nos asomamos por la ventana y contemplamos un autobús empotrado en otro autobús que a su vez estaba empotrado en otro autobús.
-¿Cómo es posible que tres autobuses choquen?
-No lo sé, Greg, pero es la primera vez que algún vehículo colisiona en la calle desde que vivo aquí. Y ya llevo 25 años residiendo en este domicilio.
-¡Soy yo! ¡Es eso! ¡Soy yo! ¡Ahora lo sé! ¡Está claro!. Creo que una fuerza sobrenatural se ha introducido dentro de mi cu…
-¿Dentro de tu culito? ¿Quieres decir que algo se ha metido dentro de ti por ese bonito culito que tienes? ¡Basta ya, Greg! Es solo un puto accidente de tráfico.
-¿Un puto accidente de tráfico? Acaban de chocar tres autobuses entre sí. ¿No te das cuenta? ¡Soy un asesino! ¡Un asesino por poderes sobrenaturales! Soy la iniquidad pers…
-Creo que debí ponerte tres cucharadas más de tila. Y eso que es un té de tilo fortísimo. A ver, no creo que haya muerto nadie. Y mucho menos que tú seas el causante.
-Soy malo. Soy malo. Mi padre y la madre de mi padre tenían toda la razón. ¡Soy malo! ¡Soy malo! ¡Ruin! ¡Apestosamente ruin!
-¡Basta ya! Me recuerdas a mi abuela cuando sufría un ataque de neurosis histérica.
-¿Pero no te das cuenta? El día de hoy. Todo raro… cosas… yoga… calzoncillos… el tipo ese… su mujer… el taxista canino… el ascensor… los autobuses…
-¡Y las tortuguitas! ¡No olvides las tortuguitas!
-¿Qué tortuguitas? ¿Pero qué tonterías estás diciendo?
-No digo nada. Simplemente quiero que te calmes. Me estás poniendo nerviosa. ¡Siéntate ahí! ¡Tranquilízate! Y no quiero escuchar ni una palabra.
-Pero Rita…
-¡He dicho ni una puta palabra! ¿Acaso ya no entiendes el castellano?
Supongo que me relajé demasiado porque acabé durmiéndome. Cuando desperté un par de horas más tarde me encontraba fuerte como un roble centenario. Lo primero que hice fue asomarme por la ventana. Ni rastro del accidente. En ese momento entró en el salón Rita.
-¡Por fin te has despertado! ¿Cómo te encuentras ahora, asesino psicópata a distancia?
-Me encuentro fuerte. Me encuentro superbién. Me encuentro con la moral «tan altaaaa como laaaa lunaaaa, ay ay, comoooo laaaa lunaaaa, comoooo laaaa lunaaaa.»
-Así me gusta. Preciosa canción. Muy, muy bonita. Voy a prepararte un café cargado.
-No, no. Es muy tarde. Me voy volando. Todavía tengo que asistir a una reunión.
-Vaya, ¿tú eres de los que se reúnen?
-Sin coñas, Rita.
Me despedí de ella con un besazo excesivamente sonoro y bajé por las escaleras a una velocidad increíble para un tipo de mi edad. Caminé durante 40 minutos hasta que al fin llegué al edificio donde solíamos reunirnos varios amigos todos los martes de la primera semana de cada mes para beber hasta perder el conocimiento. Cuando accedí al interior la mayoría de ellos ya estaban por los suelos, pero afortunadamente Fede y Roberto aún eran capaces de mantenerse en pie, por supuesto apoyándose el uno sobre el otro. Me preparé un ron cuádruple y me quité los zapatos para estar más cómodo, pero me clavé algo en el dedo de un pie y este empezó a sangrar profusamente. Busqué por todo el piso pero no había ni un jodido botiquín, así que metí el dedo sangrante en la boca de uno de los que estaban tirados por el suelo y completamente alcoholizados. La idea fue fantástica porque en un periquete dejé de sangrar.
-Qué suerte tiene Fede de ser mu-mudo…
-Roberto, Fede no es mudo.
-¿Fede no es mu-mudo?
-No, Fede no es mudo.
-¿Y por qué no dice nada?
-Porque su cogorza es infinitamente superior a la tuya.
-¿Por qué le has metido el pie-pie en la boca a Bernardo?
-Porque me sangraba.
-¿Y tú-tú? ¿Tú?
-¿Yo?
-¿Tú?
-Roberto, déjame tranquilo. Llevo un día horripilante. Espero estar pronto en las mismas condiciones que tú, amigo mío.
-¿Yo? ¿yo?
Pero por algún motivo no terminé por los suelos. Y eso que me bebí cuatro rones cuádruples y seis ginebras séxtuples. ¿Qué podía hacer? Decidí irme a casa y acostarme. Aunque pueda parecer insólito no me sucedió nada malo durante el trayecto. Eran más o menos las 11 de la noche cuando abrí la puerta de casa. Y lo primero que vi fue a una mujer de unos 70 años depilándose el, ejem, el, bueno ya sabes, el potorro, y un chihuahua con cara de acelga a su lado, repantigado cómodamente. Resulta que me había equivocado de puerta. Lo que no puedo entender es la razón por la que pude abrir esa casa con mis llaves. Pero bueno, ¿qué importa? La señora, a la que no conocía ya que solo llevaba una semana residiendo en ese domicilio se quedó petrificada al verme y, sobre todo, al ser pillada infraganti en una postura tan comprometedora. Yo también me quedé helado al contemplar su petrificamiento y lo que estaba haciendo hasta que la interrumpí. Ambos empezamos a chillar al unísono y no terminamos hasta que algunos vecinos llegaron alarmados por los gritos. Al ver a tanta gente, la señora que se trataba de depilar el, ya sabes, intento tapar sus partes agarrando al chihuahua y poniéndoselo delante, cosa que no le hizo demasiada gracia al perro pues le dedicó a su dueña una bonita meadita caliente y entrecortada. Te juro por San Crispino que nadie sabía qué hacer.
-Perdone señora, yo…
-Guarro. Marrano. ¡Váyase al infierno!
Salí tan disparado como me permitieron mis pobres piernas. Cuando llegué a la relativa seguridad de mi hogar me tumbé en el sofá, pero este, que ya era tan viejo como yo, se quebró por la mitad. Ni siquiera lo pensé. Me dirigí al dormitorio y me lancé como un campeón de salto de trampolín sobre la cama. Esta, que era más resistente, seguramente porque era de Ikea, no se rompió pero la lámpara que colgaba del techo comenzó a incendiarse. En pocos minutos el fuego alcanzó toda la finca y parte de los edificios contiguos, por lo que todos los vecinos y propietarios tuvieron que salir a la vía pública con lo puesto. Y cuando digo todos, me refiero a casi todos. El señor Jonás Barbanegra y su mujer Petronila Cienfuegos acurrucados bajo una manta bastante ajada. El señor José Belenguer, viudo de 98 años aplastado sobre su tacatá de uranio enriquecido. La señora Flor Amparo, su hija Maximina y el gato de ambas, Lucerito Tracatrá. El tipo de la puerta cuatro junto a otro tipo, posiblemente su amante bandido. Los señores Marcelinos (la señora Marcelina y su consorte el señor Marcelino). Y por supuesto, la señora desnuda de cintura hacía abajo, con el chihuahua haciendo de culotte de Women’secret.
-¡Ha sido ese tipo! ¡El fuego empezó en su casa! ¡Ha sido ese tipo! ¡Ha sido ese tipo!
-Señores, les juro que…
-¡Ha sido él! ¡Ha sido él! ¡Ha sido ese tipo!
No me quedó más remedio que admitir mi responsabilidad. Después de disculparme gimoteando sentí un mareo y caí al suelo. Antes de perder por segunda vez el conocimiento en el mismo día, volví a ver pasar por delante todos los calzoncillos que había usado en mi vida. ¡Y algunos pares de calcetines!
Greg
