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| Agim Sulaj. Shoe (XX cent.) |
Mis amigos y conocidos están totalmente convencidos de que nunca he escrito nada mejor que el cuento El zapato con botas, la historia de un zapato que hace lo impensable para hacer rico a su dueño, y de paso que una princesa acabe rendida a sus pies. Bueno, en realidad nunca he tenido demasiado aprecio por esa antigualla, pues lo escribí en 1985 y no es más que una copia barata del mundialmente conocido recopilado por Perrault en el siglo XVII titulado El gato con botas. Ese mismo año también escribí el relato infantil Méame, que en realidad se titulaba Menéame, aunque en la imprenta se equivocaron y se distribuyó con ese horrible título que nada tenía que ver con el argumento, el cual trata sobre un juguete tentetieso perdido cuyo único afán en la vida es ser meneado con la cabeza por un niño ciego, cojo, manco y sordomudo. La verdad es que no debería quejarme, pues la primera edición se agotó en dos días, mientras que la siguiente, ya con el título original, solo vendió 23 ejemplares en un periodo aproximado de dos lustros. Siete años más tarde escribí una novela que se titulaba Méame, más que nada para aprovechar la tirada que la lluvia amarilla tenía en esa época, y sobre todo o en parte, por mi experiencia anterior. Desgraciadamente en la imprenta se volvieron a equivocar y salió a la venta como Las aventuras y desventuras del lobito Pancracio y su cuñado Serafín, con lo cual acabé con más de siete mil denuncias por corrupción literaria de menores.
Lo primero que hice cuando salí de la cárcel, ocho meses más tarde, fue sentarme en el banquito más occidental del parque más oriental de mi barrio. Desde entonces solo me he movido de allí en 17523 ocasiones. Sobre todo para orinar, defecar, echar la primitiva o para comprar provisiones.
