Email del 23 de septiembre 2020

 

José Clemente Orozco. The dismembered man (1947)

Algunos de mis comportamientos inconscientes, como por ejemplo el rechinar constante de los pocos dientes que todavía permanecen en su lugar, o la discontinua sialorrea que invariablemente termina por empapar cada uno de mis baberitos bordados a mano, se deben por entero a una especie de desasosiego psicológico producido por la angustia existencial. ¿Te he hablado alguna vez de la doctora Velasco? La recuerdo sobre todo porque tenía un rostro semejante al de una cucaburra ventrirrufa. Pero también la recuerdo porque me obligaba a lamerle los pezones. Y en ocasiones a penetrarle el culo con los dedos. Si alguna vez me negaba a obedecer sus órdenes ella me lanzaba el lubricante anal Durex Play Eternal con base de silicona a la cabeza. Una vez, mientras dormía a mi lado con mi dedo índice todavía incrustado en su ojete, pude sentir parte de sus heces moviéndose como si intentaran transformarse en algo irreal. Sin embargo cuando saqué el dedo, este se encontraba perfectamente limpio e higienizado. ¡De hecho olía a Blighia sapida! ¡O quizá a Blighia unijugata! Y como yo adoro los ackees me pasé la media hora siguiente relamiendo desde la yema hasta la articulación con gran deleite. Cuando la doctora se despertó, lo primero que hizo fue subirse las bragas, luego se sentó a mi lado y me contó una extraña historia sobre las reacciones primales, en la que los conceptos biológicos de la sintopía, la simpatría, la alopatría y la parapatría se sumían en un desequilibrio biogeográfico. O por lo menos eso sentí en aquella ocasión. Cuando le contesté que me importaban un pimiento sus historias sin sentido se desabrochó la blusa y me dio a elegir entre vomitarle en las tetas o acabar descuartizado en la bañera. Yo, por supuesto, elegí la última.