Email del 12 de septiembre 2020

Nicolae Tonitza. The japanese woman (XIX-XX cent)

Tengo una cajita. Bueno, tengo varias cajitas. ¡En ellas guardo las sonrisas de Anselma! 

Anselma tenía cara de japonesa, aunque había nacido en pleno barrio de Els Orriols. Quizá por esa razón siempre la llamamos Konnichi Wa. O puede que fuese porque Anselma nos sonaba a nombre pueblerino y vulgar. En realidad eso no es importante ahora. ¡Anselma falleció antes de ayer! Bueno, antes de antes de ayer. Ahora ya es otro día. El día siguiente al día en que me enteré de su deceso. Y cuando me dieron la noticia ya habían pasado 24 horas de su abandono corporal. Claro, que si como tengo pensado este texto acaba subido a mi blog mañana, entonces todo se complicará, porque el día anterior a antes de ayer es hace tres días, casi cuatro. Podría… podría hacer trampa. No creo que a nadie le importara. Podría decir que Anselma murió hace dos días. O que espichó hace algunos días. O que aunque la muerte es el final de todo, para ella, para Konnichi Wa, solo era una especie de principio elemental. Y todos los principios, ya sean elementales o simplemente secundarios son de alguna manera atemporales. Es decir, existen porque se parapetan en algún recóndito paraje de nuestra memoria. ¡Anselma está muerta! Supongo que si acercara mi nariz a su cuerpo notaría la pestilencia que produce un cuerpo corrompido. Pero Anselma…  Anselma siempre olía bien. ¡Siempre! Joder, juro por mi incapacidad para ser feliz que Konnichi, Konnichi Wa, desprendía un aroma similar al que se obtiene juntando diferentes especies de frutos secos en un tarro de cristal cerrado.

Anselma tenía unas piernas fuertes. Y eso que jamás hacía gimnasia. Ella decía que era por ir aguantando todo el rato al resto de su cuerpo. Yo también soporto al resto de mi cuerpo y mis piernas son de pajarito. Por lo menos eso es lo que decían todas las personas que me las pudieron ver antes de que decidiera que nadie me vería las piernas. Las piernas de pajarito. ¡Anselma! Cuando Anselma miraba directamente a los ojos de alguien solía inclinar la cabeza hacia el lado derecho. Si alguna vez la inclinaba hacia el lado izquierdo era porque se estaba mirando en un espejo. Yo nunca me miro en un espejo. Ni siquiera en los cristales de las ventanas. Odio contemplar la manera en que mi rostro se arruga como una uva seca de la talla 59. Recuerdo el día en que Anselma me contó que había sido penetrada por primera vez. Y recuerdo que a partir de ese instante siempre me recordó cada vez que la penetraban. Nunca me dijo lo que sentía en cada ocasión, si es que sentía algo. Simplemente me lo relataba, como si yo fuese su diario de fornicaciones.

Anselma tenía un pito. Yo también tenía otro pito. Ambos pitábamos juntos cuando nos apetecía pitar. A veces pitábamos en su casa. Otras veces en la mía. Si alguna vez no pitábamos juntos, cada uno pitaba pensando en el otro. Y cuando ninguno pitábamos por la circunstancia que fuese, siempre teníamos claro que la limpieza de los pitos era fundamental. Ella limpiaba su pito con detergente. Yo limpiaba el mío con un paño humedecido en una mezcla al 50 % con agua y vinagre de manzana. Hasta el día en que de la abertura del pito salió un gusano verde. Cuando le conté mi experiencia a Anselma me miró, inclinó la cabeza hacia la derecha, como ya he dicho que hacía siempre, y sonrió.

Tengo una cajita. Bueno, tengo varias cajitas. ¡En ellas guardo las sonrisas de Konnichi Wa!