Email del 24 de febrero 2019

Francisco de Goya. Nadie se conoce (1799)

Querida:

Tengo cierta información que jamás he compartido con nadie. Sobre todo porque Nadie, que es como llamamos a Carlos, no existe. Sí, ya sé que lo que te acabo de relatar puede parecer un lío enorme, pero no lo es en absoluto. ¡Trataré de desenmarañar el embrollo! Al principio Carlos era una anchoa del Cantábrico, la última de su lata, pero cuando me la comí junto a unos calabacines macerados con alcaparras, heredó automáticamente el nombre una mención relativamente imprecisa sobre el miedo cerval que una amiga pronunció en una valiente disertación en un conciliábulo secreto. Pero como esa referencia no debía ser conocida por ningún sujeto que no perteneciese a la Orden Hermética del Hipogeo de la Asnilla, se decidió rebautizar a la alusión como don Nadie. Con el tiempo el tratamiento de respeto desapareció y don Nadie se quedó simplemente en Nadie. Obviamente como Nadie no era mucho más que algo semejante a nada, cuatro de nosotros decidimos dotarlo de una apariencia ficticia, así que determinamos que su cuerpo debía tener la forma de un tubo de Pitot y su cabeza aspecto de manómetro diferencial hidrostático. Sin embargo, por algún motivo, nos olvidamos de imaginar sus piernas y sus brazos, aunque ese inocente descuido no repercutió en exceso sobre su probada y eficaz inexistencia.

Con el paso del tiempo sucedieron dos cosas: la primera y menos importante fue que yo me afeité el bigote, pues estaba harto de que cada vez que comía tallarines se me quedasen pegados al labio superior dos o tres de ellos. La segunda, y quizá la única imperativa para que este texto avance un poco, fue que Nadie desapareció cuando más necesaria era su no presencia. Trataré de explicarte lo que realmente aconteció sin florituras o adornos innecesarios. Todo comenzó el segundo viernes de abril de ese año, o puede que del siguiente, ahora no me encuentro en condiciones psicológicas para hilar tan fino. Nadie ese día no se levantó satisfecho, más que nada porque algo que no existe es incapaz de mostrar emociones. El resto del día Nadie tuvo verdaderos problemas para seguir siendo lo que desde luego no era, sobre todo cuando debía ser visto caminado de lado a lado por las ventanas. Por si fuera poco, cuando parecía que los que vigilaban a Nadie desde la calle empezaban a convencerse de que este era un tipo muy poco convencional, llamó a la puerta el ventanero y se llevó una ventana para repararla tranquilamente en la soledad de su poco iluminado taller (sic).

Afortunadamente todo se arregló un poco cuando pudimos convencer a los individuos que nos espiaban de que Nadie era realmente alguien (o algo) por medio de la adulteración auditiva. Por desgracia no me está permitido extenderme más sobre esa variedad de engaño desarrollada por un ingeniero sordo e insensible, así que pasaré directamente al día en que por fin se descubrió el pastel. ¡Todavía lo recuerdo todo! Estábamos los cuatro conspiradores reunidos ante la mesa y una señorita de aspecto muy tuteable desenvolvió con cierta reverencia el papel que envolvía una caja abierta por arriba. De repente frente a nosotros se hallaba una tarta de crema de queso, turrón, merengue y chocolate con la siguiente información nutricional (para una cantidad por 100 gramos) escrita a mano en una tarjeta depositada en el centro:

Calorías 980
Grasas totales 421 g
Ácidos grasos saturados 19,8 g
Ácidos grasos poliinsaturados 11,5 g
Ácidos grasos monoinsaturados 16,7 g
Colesterol 95 mg
Sodio 568 mg
Potasio 99 mg
Hidratos de carbono 256 g
Fibra alimentaria 0,5 g
Azúcares 85,9 g

Estaba claro que querían acabar con nosotros de una manera muy sutil. Pero como los cuatro éramos viejos en el arte de no dejarnos engañar por las sutilezas, decidimos comernos solamente tres cuartos del gigantesco y apetecible pastel. El resultado: Amadora Sandemetrio y Elpidia Llagaria ingresadas graves vomitando espumarajos de color verde «Midori Mojito» por la boca, y Froilán Arrubal y yo ingresados al borde de la muerte, pero con fuerzas suficientes para ser capaces de canturrear Me siento satisfecha de ser tu amante en do menor, con la nariz.