febrero 2019

Email del 14 de febrero 2019

Max Ernst. Father Ubu with son (XX cent)

-Nunca serás nada en la vida…
Así se expresaba mi padre cuando me tenía delante. En realidad muy pocas veces podía «negativizarme» porque yo intentaba que nuestros horarios coincidieran lo menos posible; aún así, en ocasiones me escribía sus dañinos mantras en papeles que me dejaba pinchados en el tablón de corcho de mi habitación. Una vez clavó uno de ellos sobre el ojo de una imagen de Sri Krisna; como por aquel entonces yo atravesaba por una época muy mística aquello me pareció una ofensa a mi inteligencia emocional y decidí vengarme introduciendo varias cucarachas vivas en su cama. Lamentablemente -por alguna razón que nunca comprenderé- aquel día mis padres habían decidido intercambiarse las camas y las habitaciones, por lo que mi madre comenzó la noche echando espumarajos por la boca y la concluyó sedada en un hospital, donde permaneció ingresada durante varias semanas.

Después de ese suceso tan lamentable, me disfracé de alfombra persa y permanecí de esa guisa hasta que cumplí los 18. A partir de entonces me lié con una tipa que me doblaba la edad pero que me enseñó los tejemanejes del vudú Kabye. Una noche en que me encontraba solo, elaboré un muñeco con el aspecto de mi progenitor y le clavé 17 alfileres repartidos estratégicamente por todo el cuerpo. Al día siguiente me enteré de que mi padre estaba sano y salvo en Alemania, pues por cuestiones de trabajo había tenido que dejar Valencia. Cuando le pregunté a mi ligue por el alcance en kilómetros del efecto de los maleficios «vuduses», me contestó que unos 500, todo lo más 501 o 502, puede que en condiciones favorables 503 (sic).

Pasaron algunos años y yo me dejé un bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes. Luego volvieron a pasar otros tantos años y me afeité el bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes. Cierto día en que me encontraba tumbado en la cama meditando la conveniencia o no de dejarme otra vez un bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes, recibí una llamada de teléfono…
PAPÁ: ¡Gori! ¡Gori! ¿Eres tú?
GORI (O SEA, YO): No, se ha equivocado. Ha llamado al depósito de cadáveres. ¿Con quién hablo, por favor?
PAPÁ: ¡Hostia puta! ¡Perdone! Me he equivocado…
YO: Espere. No cuelgue. Ya que ha llamado me gustaría preguntarle si la hostia de su exclamación era con hache o sin ella, porque fonéticamente me ha parecido que carecía de ella.
PAPÁ: No entiendo una mierda de lo que me habla. Me he equivocado. Quería llamar a mi hijo, un tipo que no vale nada. Adiós.

Al cabo de dos minutos volvió a sonar el teléfono…
PAPÁ: ¡Gori! ¡Gori! ¿Eres tú?
GORI (O SEA, YO): Claro que soy yo. ¿Quién querías que fuese si has llamado a mi casa?
PAPÁ: ¡Me cago en la puta de bastos! ¡No tienes ni idea de lo que me acaba de pasar!
YO: Pues no. Todavía no he aprobado la catequesis de adivinación, magia y letras.
PAPÁ: ¿Cate qué?
YO: ¿Qué quieres, papá?
PAPÁ: He llamado a la morgue.
YO: Me parece muy bien.
PAPÁ: No, no, no. Me equivoqué. Te llamaba a ti. Y se puso un tipo raro que me pregunto algo sobre un hacha de guerra o algo así.
YO: Bueno. Estás muy mayor. La última vez llamaste al zoológico por error. Hoy a la morgue. Vas mejorando poco a poco. Pero dime, ¿querías algo de mí?
PAPÁ: ¡Ah, sí! ¡Coño! ¡Me había olvidado! Solo quería recordarte que nunca serás nada en la vida. ¡Adiós!

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Email del 12 de febrero 2019

Betty Tompkins, Dick Painting #3 (2015)

Querida:

He retirado la nariz del fuego. Creo que ha sido un acierto. Ahora voy a sumergir una oreja en lejía. Es posible que con dicha acción arruine mi sonotone, pero no me importa en absoluto. ¡Necesito experimentar! ¿Qué otra razón puedo tener para haber sobrevivido a la totalidad de mis familiares y amigos si no es examinar la eficacia de cada uno de los apéndices de mi extraordinario cuerpo? Mañana pienso introducir el pene en el enchufe de la luz. Si no recibes noticias mías o algunos pedazos de miembro viril carbonizados en el transcurso de una semana, tendrás que buscarte otro animal de compañía.

G

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Email del 11 de febrero 2019

Craig LaRotonda. The invitation (20th century)

Hola:

¿Recuerdas mi ensayo Los jihos de tupa? Pues los máximos cabecillas de la editorial creen que el título puede ser confundido con «Los hijos de puta». Por lo tanto, en lugar de sollozar al editor y a su madre, una grandísima jiha de tupa de la peor calaña, he decidido guardar el texto en el cajón de mi despacho junto a otros manuscritos y originales rechazados por una u otra razón. Es probable que dentro de un año o dos pegue fuego a dicho cajón conmigo en su interior, pero antes tengo que descubrir la manera de autodescuartizarme para poder entrar adentro sin necesidad de convertirme en una estrella ordinaria -aunque en ciernes- del gerontocontorsionismo estrafalario.

Cambiando de asunto, hoy he dedicado parte de la mañana a rememorar. Sin embargo, cuando alguien me ha recordado que rememorar no es adherirse a algo como una rémora he dejado de mala gana el sofá y he bajado a la calle. Es curioso, si viviera en el infierno, quiero decir, en el verdadero infierno tal y como lo perciben los religiosos, en lugar de bajar a la calle, hubiera tenido que subir a la calle. Y si en lugar de vivir en el infierno o en mi casa (ambos lugares indistinguibles) no habitase en ninguna parte, no tendría que preocuparme por si resulta más «cool» subir o bajar o incluso permanecer en esa especie de horizonte aparente en la que actualmente yace estancado mi Aquí y Ahora.

A menudo pienso en Orozco y Samuel, los calcetines que mejor interpretaron su preestablecido rol en mis pies. Hace más de cuatro décadas que desaparecieron en la lavadora y todavía los recuerdo con cariño. Miro sus fotos y la tristeza me invade. Miro a la tristeza y sus fotos me invaden. Miro las invasiones y tanto sus fotos como la tristeza me reinvaden. Todo es oscuro en mis días y mis noches. ¿Sabes? No me importaría en absoluto desaparecer para aparecer de nuevo cuando nadie se lo esperase. Estoy harto de ver cómo los pocos amigos que todavía me quedan se mueren uno tras otro. Aunque no sé si es mejor que la palmen todos de golpe o en perfecto orden según sus enfermedades mortales. Hace bastantes años ya perdí a cinco de golpe en un accidente de circulación. Supongo que desde ese instante todo empezó a importarme un pito.

A mi lado hay un Ficus lyrata que me mira. Sin embargo yo solo tengo ojitos para la Dieffenbachia. Cualquier día me la comeré entera y gracias al potencial de su veneno me convertiré en piltrafa inmortal. Lo de inmortal es un chiste malo, porque no creo que nadie me recuerde cuando deje de dar saltitos continuados para proclamar mi existencia. Tampoco es que me importe demasiado. En estos momentos lo único que realmente me importa es obtener una respuesta válida para esa pregunta fundamental que continuamente enseña las patitas por debajo de la puerta de mi sesera y que no voy a transcribir en este texto, básicamente porque nadie nacido de útero materno puede ser capaz de responderla.

Ggggreg

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Email del 10 de febrero 2019

Jackson Pollock. Galaxy (1947)

Querida amiga:

Desde mi más tierna orfandad (pues de una manera u otra siempre me he sentido huérfano) he creído que la existencia, tal y como nos ha sido regurgitada, no era más que una jodida mierda. Sin embargo, ahora que soy mayor, en lugar de cambiar de opinión, no solo  me reafirmo sobre mi primera y objetiva valoración subsistencial, sino que añado el bonito y comercial vulgarismo «puta», que a su vez interpreta el papel de adjetivo travestido en adverbio y autentifica mi fobia a todo lo que esté relacionado, de una forma u otra, con esas formas asquerosas llamadas seres humanos que caminan sobre dos piernas y se creen con el derecho de opinar sobre todo lo que les venga en gana. ¡La vida es una jodida puta mierda! ¡La jodida puta mierda es una vida! Podría traducirlo al siamés para que la totalidad de mis seis o siete lectores comprendiesen lo que realmente quiero expresar, pero ahora tengo que comenzar el excremental segundo párrafo.

EXCREMENTAL SEGUNDO PÁRRAFO:
Yo también me tiro pedos. Desde luego, los míos no son tan sonoros y barriobajeros como los tuyos, pero creo que mejoro con el tiempo. Si le preguntas a la gente, estoy seguro de que un tanto por ciento muy elevado te responderá que ellos no se tiran pedos, pues están por encima del bien y del mal, y que si alguna vez algún gasecillo solitario y deprimido sale expelido de sus reales anos, es más por consideración a su propia raza (raza humana o superior) que al mero hecho de otorgar cierto sentido a las inquietudes de las bacterias intestinales que anidan en sus tractos digestivos. Lo volveré a repetir: ¡yo también me tiro pedos! Y cada vez que lo hago interpreto complicadas piezas clásicas de cámara cuando el aire sale expulsado del plebeyo orificio con el que comienza o termina, según se mire, mi cada vez más ajado culo. Hace un rato he interpretado el Concierto para piano y orquesta 1 de Pyotr Tchaikovsky y ayer estuve un rato atascado con la soberbia, aunque extremadamente difícil, Opus clavicembalisticum. III. Fuga quatuor vocibus de Kaikhosru Sorabji.

Lo que intento expresar con este texto es que no intento expresar nada. Básicamente porque todo es Nada. Excepto yo, que soy parte de un pequeño Todo y una insignificante Nada. Tú también formas parte de la Nada, aunque creas que sin tus hallazgos el Todo se queda un tanto traspuesto. Lo que no entiendo es por qué, si todos vosotros no sois nada, todavía tenéis esa infinita capacidad tocapelotas que permite que mi depresión crezca y se hinche como un soufflé de elote. Supongo que es lo que alguien consideró alguna vez como misterios insondables o facturas de guerra. En realidad ya no me importa. ¡No me importa nada! Ni siquiera yo. Porque en lo más profundo de mi ser estoy totalmente convencido de que no falta mucho tiempo para que todo estalle. ¡Joder, nunca he visto explotar a un planeta! Y me hace mucha «ilu» experimentar la sensación de cómo algo se divide en otros muchos algos de diferentes tamaños dentro de la propia concepción de un único ser. Y que cada uno de esos pedacitos de lo que unos pocos segundos antes era un despotricador anhedónico furioso se fusionen con las partículas micrométricas de polvo estelar, más o menos elemental, que traviesas retozan por la Vía Láctea.

G.L.P. (De Gregorio López Pérez, pero también de GiLiPolla. Aunque gilipolla contenido, por supuesto).

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Email del 7 de febrero 2019

Paul Cézanne. Murder (1870) 

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Onofre.

El churrero castañero y detective aficionado García Pérez se arrodilló para ver más de cerca la cara del cadáver. Estaba claro que no era ni Sánchez Estellés ni Martinez Guarner. ¿Entonces de quién era el cuerpo acribillado que yacía en el suelo? Fernando Doménech, también conocido como Fernandín, dirigió una mirada suplicante al churrero.
-Fer-nan-dín, no pongas esa ca-ra. ¡Te aseguro que yo tampoco en-tien-do nada!
-Pero García, Doña Carmina, es decir la mujer de Vicente Blasco dijo que ella mató a Carlos Escriche y este cuerpo no es Carlos Escriche.
-Sí, pero Amalia Cas-ta-ne-da, la mujer de Sánchez Es-te-llés también juró sobre la Bi-blia que el muerto era su marido.
-Bueno, Estefanía Guarner sigue afirmando que el muerto es su hermano, pero me he informado y es
hija única.
-¿Quién de-mo-nios es este fiambre?
El churrero castañero se incorporó y se encendió dos cigarros al mismo tiempo. Mientras intentaba llegar a una conclusión satisfactoria, Fernandín acercaba su nariz y aspiraba algo de humo. De repente, una tos seca, más parecida a la de un chacal enfermo que a la de un churrero castañero, resonó como un trueno por toda la estancia.
-¡Ya sé quien es el mu-er-to!
-¡García Pérez!
-No. Gar-cí-a Pérez soy yo. El muerto es Anselmo Onofre.
-Pero señor García, Anselmo Onofre era el amante de Amalia Castaneda…
-Y también el amante de doña Carmina, de Vi-cen-te Blasco, de Car-los Escriche, de San-chez Estellés, el marido de A-ma-lia Castaneda .
-Pero, pero, entonces…
-Efectivamente, Fernandín. Tú también te a-cos-ta-bas con Anselmo Onofre. Pero al contrario que los otros, tú lo hacías por amor. ¡A-mor!
-Señor García Pérez, por fa…
-Churrero cas-ta-ñe-ro García Perez.
-Señor churrero castañero García Perez, por favor, no se lo contará a nadie, ¿verdad? Si mi mujer, Fabiana Abril, y mi hija, Victoria Doménech, se enteraran sería horrible para ellas. Además yo no he hecho nada.
-Tranquilo, Fer-nan-dín. De mi boca no saldrá tu nombre. Toma…¡guárdate esta li-bre-ti-ta en el bolsillo.
-¿Para qué quiero una libreta señor García?
-Señor churrero cas-ta-ñe-ro…
-Señor churrero castañero García Pérez, ¿qué quiere que haga con esta libretita?
-En la última hoja hay un nú-me-ro muy largo. Es mi cuenta ban-ca-ria. Bastará que in-gre-ses en ella la cantidad que hay escrita en la primera pá-gi-na durante los siguientes 12 meses. Si lo haces bien te aseguro que nadie se enterará de que dis-fru-ta-bas lo indecible tirándote al fallecido.

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Email del 6 de febrero 2019

Piet Mondrian. Composition A (1923)

TRES IDEAS PARA SER DESARROLLADAS EN CUATRO GUIONES CON LA INTENCIÓN DE SER FILMADAS EN CINCO CORTOMETRAJES.

1- (Narrador-protagonista en primera persona).

Hace apenas una hora, mientras caminaba ensimismado pensando en lo difícil que resulta pronunciar el gentilicio que se usa para identificar a los habitantes de la Alpujarra, me encontré con Alicia y un pequeñajo que iba agarrado -y al mismo tiempo colgando- de su mano, en la que destacaba claramente una alianza de oro -pegada con alguna especie de pegamento de amor eterno de mierda- sobre su dedo anular.
ALICIA: ¡Greg! ¡Greg! Hacía lo menos 10 años que no te veía. ¿Cómo estás, cariño? Acércate que te dé un beso, joder, que no te voy a pegar nada.
YO: Hola Alicia. ¿Cómo te va? ¿Quién es esa cosa, quiero decir ese crío…?
ALICIA: Es mi hijo, Gaby. Tiene dos añitos. Gaby, dile hola a Greg…
GABY: Holaaaa Gegg.
YO: ¿Para qué sirven los hijos?
ALICIA: ¡No has cambiado nada! ¡Te veo igual!
YO: Y pensar que tu hijo…
ALICIA: Tengo dos más. Un niño y una niña…
YO: Y pensar que tus hijos dentro de 15 o 20 años serán asesinos, violadores, putas o sacerdotes…
ALICIA: Bueno, Greg, me alegro de haberte…
YO: O con un poco de suerte solo desgraciados que intentan sobrevivir…
ALICIA: Hasta otra, chico. Cuídate mucho…
YO: Da igual que te vayas. Lo que tiene que ser, será. Está escrito en la rueda por la cual se deslizan los nueve círculos del tiempo. Jajajajajajaja. Yo soy el principioooo. Soy el principioooo.

Mientras intentaba regresar al punto de partida, que no era otro que mi casa, me metí en un horno y pedí un croissant.
DEPENDIENTA: ¿Un qué? ¿Te refieres a un cruasán, no?
YO: ¿Desde cuándo eres bizca?
DEPENDIENTA: ¿Cómo dices?
YO: ¿Cuántos años tenías cuando hiciste daño a alguien por primera vez?
DEPENDIENTA: Si no sales de mi horno llamaré a la Policía.
YO: Llámala. Yo soy el principio de todo. También puedo ser el final. Si me pones el croissant y dejas de opinar sobre mi forma de pronunciar una palabra francesa evitarás que invoque y te envíe al séptimo demonio de la perversidad.
DEPENDIENTA: Tú… tú estás completamente loco… ¡Socorrooooooo! ¡Socorrooooo!
YO: Nadie puede escucharte. Mira lo que voy a hacer. «Potemtum tuo mondi de Infernooooo, et non potest septen Imperooooor Rex maximus, dudponticius glorificamus et in modos copulum adoramuuuuus te. Septen omnipotens in nostri mondiiiiii».
DEPENDIENTA: ¡Socorrooooooooo! ¡Ayúdenmeeeeeeee!
YO: A partir de mañana, el demonio número siete, adalid de la perversión infinita y morador de todas las piadosas entrañas, te perseguirá hasta el último día de tu vida. Jajajajajajaja. Yo soy el principioooo. Soy el principioooo.

Cuando salí de ese horno…¡Pero qué digo! Solo era una jodida panificadora… En el mismo instante en que salía por la puerta llegaba un coche conducido por dos maderos de aspecto enfermizo. Uno de ellos me apuntó con el cañón de su arma mientras el otro me gritaba que me tumbara en el suelo con las manos a la vista.
YO: ¿Cómo osáis darme órdenes? Oh séptimo dios del sulfuro eterno, maldice a estos dos imbéciles.
POLICÍA 1: ¡Tírese sobre el suelo, señor! ¡No volveré a repetirlo!
YO: Malditos son los que intentan darme órdenes porque agonizarán sepultados por la pezuña de la cabra del infierno.
POLICÍA 2: ¡Hostia puta! Este tío está fatal. ¿Qué hacemos? Mira, le están saliendo cuernos. Tengo miedo, compañe…
YO: Jajajajajajaja. Yo soy el principioooo… Soy el principioooo…

Me los comí. Me tragué a ambos. También a la dependienta de la panificadora. Hubiera preferido un croissant. Cuando regresé a casa, las tinieblas rodeaban mi barrio y las ratas ocupaban cada centímetro de suelo transitable. Mientras me inclinaba para dar las gracias al séptimo resquebrajador inclemente, supe que todo era todo, aunque a veces no era todo. Y me puse un ejemplo: si los alpujarreños creen que son todo y que han visto todo, deberían intentar diferenciar ese todo del que hablaba antes del todo que no es todo. Ni siquiera algo o los restos de…

2- (Segunda persona).

Estuviste con él hasta el final. Sin embargo, también estuviste contigo. Porque estar sin ti, dentro de ti, es algo que no podrías soportar. Ahora ya sabes que sé. Sabes que sé lo que eres y lo que fuiste. Lo que siempre has querido ser y lo que no podrás, de ninguna manera, ser en el futuro. Y aunque sabes que podrás salir de esta, desconoces lo que se oculta al otro lado de la línea. Por favor, cierra el pico. Sé lo que vas a decirme. Vas a decirme que has atravesado tantas y tantas líneas desde que… ¿Desde que naciste? ¿Desde que supiste lo que eras? ¿Desde qué jodido desde? ¿Desde cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué?

Estuviste contigo desde el principio. ¡Siempre estás contigo! Incluso cuando no estás en el mismo espacio y bajo la misma delimitación. Tus ojos están contigo. Tu boca está contigo. Tus arrugas… ¡Tus arrugas no están contigo porque te las eliminaron en el quirófano. Tus pechos no son los mismos porque te los rellenaron en el quirófano. No sé si en el mismo quirófano. Quizá en otro. No sabes cómo se rieron… ¡No sabes cómo se rieron todos cuando se enteraron de que volviste al quirófano a que te implantaran un nuevo clítoris! No sabes cómo me reí cuando todos los que se rieron de tu operación de clítoris me dijeron que también pensabas operarte el ombligo. ¿Has pensado en volver a pasar por cualquiera de los quirófanos anteriores para que te alisen el cerebro?

Estuviste con él hasta el final. Estuviste contigo desde el principio. ¿Dónde cojones estás ahora? La verdad es que es una pregunta retórica. Me importa poco dónde te encuentres… quiero decir que me importa una puta mierda sobre qué camilla de qué quirófano estés en estos instantes. ¿Quieres que te lo explique en siamés?

3- (Tercera persona equisciente).
Una calle céntrica de cualquier ciudad. La cámara se acerca a un gran edificio. De uno de los portales sale un hombre. Va vestido con corrección pero sin ir a la moda. Camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros y se introduce en otro portal. Fundido en negro. El hombre sale del portal, camina unos metros e intenta introducirse en otro portal, pero se da cuenta de que ya no quedan portales, pues el edificio ha terminado. De repente, ese tipo siente que de alguna forma ha sido engañado por la existencia. Se arrodilla sobre el suelo de cemento de la acera y gime como nunca nadie ha sido capaz de gemir desde que una vez, hace cientos de miles de años, un mono se irguió para intentar coger el sol.
-¡Maldito! ¡Maldito! ¡Oh, mi Dios! ¿Por qué me has abandonado? ¡Yo te maldigo! ¡Yo te maldigo!

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Email del 5 de febrero 2019

Jean-Pierre Norblin De La Gourdaine. Writer old man (18th-century)

Querida amiga:

En el primer capítulo de ¿Qué coño es un nematocisto?, el último cuento en el que estoy trabajando, Martín Martín, el protagonista  asexuado y apotemnofóbico, es descubierto mientras acaricia una pechuga de pollo fileteada por Martín Martín, su hermano gemelo y enemigo circunstancial. Cuando Martín Martín le suplica a Martín Martín que por favor no cuente lo que acaba de contemplar, Martín Martín le promete no hacerlo siempre que él se comprometa a preparar la cena durante los próximos 40 años. Al principio Martín Martín intenta negociar la cantidad a 39 años y medio, pero al ver que Martín Martín es inflexible claudica no sin antes maldecir a los ascendientes de Martín Martín, que por una extraña coincidencia son también los suyos.

En el segundo capítulo, Martín Martín se casa con Gutiérrez Gutiérrez, una chica bastante poco atractiva que tiene una hermana que es una monada. Unos días después, Martín Martín le mete mano a la Gutiérrez Gutiérrez equivocada y esta se lo cuenta a su hermana. Cuando Gutiérrez Gutiérrez le pide el divorcio, Martín Martín le jura que el que se ha comportado como un puerco lascivo ha sido su hermano. Gutiérrez Gutiérrez le dice que le cree pero al mismo tiempo se cita esa misma tarde con el otro Martín Martín y ambos mariposean, abejean y gorrionean durante 152 minutos. Al llegar a casa 17 minutos más tarde, Martín Martín le pregunta a Gutiérrez Gutiérrez por qué ha llegado tan tarde. Gutiérrez Gutiérrez le contesta que había cola en la clínica ginecológica pero que no se preocupe, que todo en sus partes funciona perfectamente. Entonces Martín Martín le dice que su hermano todavía no ha llegado para hacerles la cena y que se le están hinchando las glándulas. Al final llega Martín Martín que se disculpa aduciendo que había una cola larguísima en la clínica andrológica y que les va a preparar una «soupe aux oignons» con la que se chuparán los dedos.

El capítulo tercero no es nada interesante y el cuarto resulta totalmente fallido en su concepción. Afortunadamente el resto de capítulos son tan excepcionales como el primero y el segundo, por lo que no he de preocuparme en demasía. Sin embargo me preocupo. Es decir, me preocupa que no me preocupe lo más mínimo preocuparme. Al mismo tiempo no me preocupa no preocuparme en demasía. Por lo tanto la preocupación anula a la despreocupación y el resultado es un bonito dolor de cabeza. Pero no me preocupa la cefalea porque tengo aspirinas. Lo que realmente me preocupa es lo que la aspirina puede hacer en mi estómago. También me preocupa que el doctor Cárcel Cárcel, mi gastroenterólogo preferido, esté en la cárcel acusado de abusar de unos pececillos de diferentes colorcillos.

G

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Email del 3 de febrero 2019

Sir Lawrence Alma-Tadema. Entrance to a roman theatre (1866)

«Res, non verba».
(Cantón el Viejo)

Este párrafo consta solo de palabras (169 para ser exactos) y carece por completo de hechos. Pero, ¿por qué me río ante esta deliberada falta de circunstancias? No podría responder a esa cuestión. A veces me río y no sé por qué me río. En otras ocasiones me carcajeo, me desternillo o me descuajaringo por algún estúpido motivo. Y cuando intento analizar la razón de dicha hilaridad, pocas veces llego a una conclusión que me satisfaga plenamente. Reír es como azufrar. Azufrar es un ridículo sinónimo de sulfatar que a su vez significa impregnar, por lo tanto reír es como impregnar, empapar, mojar o aguachinar. Quizá por esa razón cada vez que me río la gente se aleja despavorida de mi lado. ¡Supongo que a nadie le debe gustar ser anegado en saliva! Y más si ese nadie resulta ser un «alguien» como yo, es decir, un sujeto alevoso e iracundo, que disfruta -tal vez excesivamente- cada vez que un físico teórico eminente pronostica el cercano final de lo que conocemos como civilización.

«Etiam capillus unus habet umbram suam».
(Publilio Siro)

Una sombra nunca puede producir otra sombra a menos que hayamos mezclado varias dosis de dietilamida de ácido lisérgico, dimetoxianfetamina y lisinato de ibuprofeno. En cuanto al cabello… bueno, desde que perdí los míos nunca he vuelto a hablar de esos mamonazos y hoy no va a ser una excepción. Por lo tanto, y para que el párrafo alcance por lo menos una extensión de cinco o seis líneas, voy a tratar de escribir sobre cualquier cosa. «Cualquier cosa» era un tipo vivaracho. En realidad se llamaba Norberto pero le agradaba que la gente se dirigiera a él con su apodo escolar. Cierto día, mientras se tomaba una bebida de cualquier cosa en un bar conoció a «Cualquiera de las cosas» o Serafina, como fue bautizada por sus progenitores. Ambos hicieron migas rápidamente hasta que un descuidero hambriento se las robó en un descuido. Cuando repararon en el hurto, ni siquiera se molestaron lo más mínimo y él volvió a pedir lo mismo mientras ella prefirió que el camarero la sorprendiera gratamente. Pero el camarero no pudo impresionarla gratamente, ni siquiera satisfactoriamente, pues sufrió un repentino angor pectoris y falleció tirado en el suelo como un vulgar mocho Vileda.

«Vitanda est improba siren desidia».
(Horacio)

Sin embargo yo adoro haraganear. Mis amigos dicen que, aunque soy uno de los más grandes haraganes que han conocido, vagabundeo francamente mal y merodeo todavía peor. Algunos van incluso más lejos y se pierden por el camino. Otros están convencidos de que mejoraría con un buen entrenamiento. Pero yo digo que si he nacido para aprender, lo haré sin la ayuda de terceros ni cuartos, quintos, sextos, séptimos, octavos, novenos (bueno… lo dejaré aquí). ¡Recordad! Nadie daba un duro por mí la primera vez que ganduleé, sin embargo he llegado a las cotas más altas que un vago competente y capacitado puede alcanzar sin llegar a ser profesional.

«Non omnis moriar».
(Quinto Horacio Flaco)

Morir del todo se me antoja una mentecatez y una patochada. Lo mejor sería no morir nunca, pero si no existiese otro remedio, entonces lo mejor para la raza humana sería morir por fracciones corporales o etapas temporales, pues de esa manera ralentizaríamos el fallecimiento durante dos o tres semestres. Aunque si la cuestión radica en A (vivir) o B (morir) yo prefiero la C y sugiero la D. Nunca me ha gustado que me den a elegir entre varias opciones, sobre todo si ambas son de una previsibilidad tan elementalmente despachurrante y tan mínimamente desconcertante. Todo esto me lleva a pensar en Jonás Martinez -que tras 50 años ejerciendo como guarnicionero decidió dejar de vivir sin pasar por todo lo que implica la muerte- o en Jonas Martinez, sin ninguna relación con el anterior, que no decidió nada, sobre todo porque era un conejo de la raza Lapin Chèvre que ejercía de mascota familiar en un domicilio particular de la calle Sta. Nicanora de Eleusipo.

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