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| Jackson Pollock. Galaxy (1947) |
Querida amiga:
Desde mi más tierna orfandad (pues de una manera u otra siempre me he sentido huérfano) he creído que la existencia, tal y como nos ha sido regurgitada, no era más que una jodida mierda. Sin embargo, ahora que soy mayor, en lugar de cambiar de opinión, no solo me reafirmo sobre mi primera y objetiva valoración subsistencial, sino que añado el bonito y comercial vulgarismo «puta», que a su vez interpreta el papel de adjetivo travestido en adverbio y autentifica mi fobia a todo lo que esté relacionado, de una forma u otra, con esas formas asquerosas llamadas seres humanos que caminan sobre dos piernas y se creen con el derecho de opinar sobre todo lo que les venga en gana. ¡La vida es una jodida puta mierda! ¡La jodida puta mierda es una vida! Podría traducirlo al siamés para que la totalidad de mis seis o siete lectores comprendiesen lo que realmente quiero expresar, pero ahora tengo que comenzar el excremental segundo párrafo.
EXCREMENTAL SEGUNDO PÁRRAFO:
Yo también me tiro pedos. Desde luego, los míos no son tan sonoros y barriobajeros como los tuyos, pero creo que mejoro con el tiempo. Si le preguntas a la gente, estoy seguro de que un tanto por ciento muy elevado te responderá que ellos no se tiran pedos, pues están por encima del bien y del mal, y que si alguna vez algún gasecillo solitario y deprimido sale expelido de sus reales anos, es más por consideración a su propia raza (raza humana o superior) que al mero hecho de otorgar cierto sentido a las inquietudes de las bacterias intestinales que anidan en sus tractos digestivos. Lo volveré a repetir: ¡yo también me tiro pedos! Y cada vez que lo hago interpreto complicadas piezas clásicas de cámara cuando el aire sale expulsado del plebeyo orificio con el que comienza o termina, según se mire, mi cada vez más ajado culo. Hace un rato he interpretado el Concierto para piano y orquesta 1 de Pyotr Tchaikovsky y ayer estuve un rato atascado con la soberbia, aunque extremadamente difícil, Opus clavicembalisticum. III. Fuga quatuor vocibus de Kaikhosru Sorabji.
Lo que intento expresar con este texto es que no intento expresar nada. Básicamente porque todo es Nada. Excepto yo, que soy parte de un pequeño Todo y una insignificante Nada. Tú también formas parte de la Nada, aunque creas que sin tus hallazgos el Todo se queda un tanto traspuesto. Lo que no entiendo es por qué, si todos vosotros no sois nada, todavía tenéis esa infinita capacidad tocapelotas que permite que mi depresión crezca y se hinche como un soufflé de elote. Supongo que es lo que alguien consideró alguna vez como misterios insondables o facturas de guerra. En realidad ya no me importa. ¡No me importa nada! Ni siquiera yo. Porque en lo más profundo de mi ser estoy totalmente convencido de que no falta mucho tiempo para que todo estalle. ¡Joder, nunca he visto explotar a un planeta! Y me hace mucha «ilu» experimentar la sensación de cómo algo se divide en otros muchos algos de diferentes tamaños dentro de la propia concepción de un único ser. Y que cada uno de esos pedacitos de lo que unos pocos segundos antes era un despotricador anhedónico furioso se fusionen con las partículas micrométricas de polvo estelar, más o menos elemental, que traviesas retozan por la Vía Láctea.
G.L.P. (De Gregorio López Pérez, pero también de GiLiPolla. Aunque gilipolla contenido, por supuesto).
