Email del 3 de febrero 2019

Sir Lawrence Alma-Tadema. Entrance to a roman theatre (1866)

«Res, non verba».
(Cantón el Viejo)

Este párrafo consta solo de palabras (169 para ser exactos) y carece por completo de hechos. Pero, ¿por qué me río ante esta deliberada falta de circunstancias? No podría responder a esa cuestión. A veces me río y no sé por qué me río. En otras ocasiones me carcajeo, me desternillo o me descuajaringo por algún estúpido motivo. Y cuando intento analizar la razón de dicha hilaridad, pocas veces llego a una conclusión que me satisfaga plenamente. Reír es como azufrar. Azufrar es un ridículo sinónimo de sulfatar que a su vez significa impregnar, por lo tanto reír es como impregnar, empapar, mojar o aguachinar. Quizá por esa razón cada vez que me río la gente se aleja despavorida de mi lado. ¡Supongo que a nadie le debe gustar ser anegado en saliva! Y más si ese nadie resulta ser un «alguien» como yo, es decir, un sujeto alevoso e iracundo, que disfruta -tal vez excesivamente- cada vez que un físico teórico eminente pronostica el cercano final de lo que conocemos como civilización.

«Etiam capillus unus habet umbram suam».
(Publilio Siro)

Una sombra nunca puede producir otra sombra a menos que hayamos mezclado varias dosis de dietilamida de ácido lisérgico, dimetoxianfetamina y lisinato de ibuprofeno. En cuanto al cabello… bueno, desde que perdí los míos nunca he vuelto a hablar de esos mamonazos y hoy no va a ser una excepción. Por lo tanto, y para que el párrafo alcance por lo menos una extensión de cinco o seis líneas, voy a tratar de escribir sobre cualquier cosa. «Cualquier cosa» era un tipo vivaracho. En realidad se llamaba Norberto pero le agradaba que la gente se dirigiera a él con su apodo escolar. Cierto día, mientras se tomaba una bebida de cualquier cosa en un bar conoció a «Cualquiera de las cosas» o Serafina, como fue bautizada por sus progenitores. Ambos hicieron migas rápidamente hasta que un descuidero hambriento se las robó en un descuido. Cuando repararon en el hurto, ni siquiera se molestaron lo más mínimo y él volvió a pedir lo mismo mientras ella prefirió que el camarero la sorprendiera gratamente. Pero el camarero no pudo impresionarla gratamente, ni siquiera satisfactoriamente, pues sufrió un repentino angor pectoris y falleció tirado en el suelo como un vulgar mocho Vileda.

«Vitanda est improba siren desidia».
(Horacio)

Sin embargo yo adoro haraganear. Mis amigos dicen que, aunque soy uno de los más grandes haraganes que han conocido, vagabundeo francamente mal y merodeo todavía peor. Algunos van incluso más lejos y se pierden por el camino. Otros están convencidos de que mejoraría con un buen entrenamiento. Pero yo digo que si he nacido para aprender, lo haré sin la ayuda de terceros ni cuartos, quintos, sextos, séptimos, octavos, novenos (bueno… lo dejaré aquí). ¡Recordad! Nadie daba un duro por mí la primera vez que ganduleé, sin embargo he llegado a las cotas más altas que un vago competente y capacitado puede alcanzar sin llegar a ser profesional.

«Non omnis moriar».
(Quinto Horacio Flaco)

Morir del todo se me antoja una mentecatez y una patochada. Lo mejor sería no morir nunca, pero si no existiese otro remedio, entonces lo mejor para la raza humana sería morir por fracciones corporales o etapas temporales, pues de esa manera ralentizaríamos el fallecimiento durante dos o tres semestres. Aunque si la cuestión radica en A (vivir) o B (morir) yo prefiero la C y sugiero la D. Nunca me ha gustado que me den a elegir entre varias opciones, sobre todo si ambas son de una previsibilidad tan elementalmente despachurrante y tan mínimamente desconcertante. Todo esto me lleva a pensar en Jonás Martinez -que tras 50 años ejerciendo como guarnicionero decidió dejar de vivir sin pasar por todo lo que implica la muerte- o en Jonas Martinez, sin ninguna relación con el anterior, que no decidió nada, sobre todo porque era un conejo de la raza Lapin Chèvre que ejercía de mascota familiar en un domicilio particular de la calle Sta. Nicanora de Eleusipo.