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| Honore Daumier. The beautiful Narcissus (1842) |
Amiga:
Cuando medito sobre mi pasado siempre llego a la misma conclusión. Supongo que esperas leer cuál es la conclusión, pero no te la voy a contar. Mis conclusiones a menudo suelen ser peligrosas para todo aquel que las lee o las escucha. Podría meter unas cuantas en una cajita y enviárselas a alguien al que odie profunda y sinceramente para que le estallasen en el rostro, pero no sería más que un acto de bondad eutanásica y yo no estoy en esta letrina de mundo para maltratar o asesinar alimañas. Supongo que a estas alturas de lectura te preguntarás, y no sin cierta razón, ¿cómo es posible odiar sinceramente? Lo es. Estoy en condiciones de asegurarlo, pero no lo haré porque mis aseveraciones suelen acabar en tragedia para la gente que suele rodearme. Quizá por ese motivo ya solo me rodea el cinturón de polipiel. ¿Debería cambiar de forma de ser? Por supuesto que sí, pero no me apetece. Lo bueno que tiene vivir enclaustrado entre paredes es que no escuchas demasiadas gilipolleces. Solo las que salen de las bocazas de los vecinos y que, a veces, traspasan los ladrillos. El silencio me llama. En ocasiones incluso me silba y me piropea. Y eso que no soy muy proclive a vestir con shorts muy ajustados, pero es lo que tiene ser tan increíblemente atractivo. Esa es otra de las razones por las que no me atrevo a salir a la calle. La última vez que lo hice la policía tuvo que detener a varias mujeres, hombres y transexuales que intentaban copular conmigo por todos los medios posibles. No quiero volver a sentirme un hombre objeto. Prefiero objetar cualquier opinión o intención de cualquier ser o cosa (todavía soy incapaz de diferenciar entre ambos conceptos) que tenga las suficientes agallas como para atreverse a soltármelas en la cara. Aún recuerdo a la ultima persona que me leyó la cartilla. Y lo que hice con ella solamente medio minuto después. Tampoco te lo voy a relatar. Ni siquiera voy a intentar hacer un pequeño resumen, pues acabarías vomitando hasta el primer Nutribén de pollo y jamón con verduras.
Y ahora que lo pienso, si no voy a contarte nada, ¿para qué cojones te escribo? Que soy alto, guapo, fascinante y bestialmente brioso ya lo sabes. Quizá no sepas que además soy hipersexual y un poco lopezista-perezista. Claro que ser atractivo en un mundo repleto de tipos y tipas con caras de percherón o de patamocero no es nada especial. Lo que en realidad me hace extraordinariamente singular es que por fuera sea tan magistral y por dentro tan espectral. Y por debajo tan ventral y uretral.
Greg
PD:
Te voy a contar lo que me sucedió ayer por la tarde: me encontraba matando mosquitos con la palma de la mano derecha cuando un vecino que me contemplaba por la ventana me gritó «deja en paz a los machos, solo pican las hembras». Y en cierto modo le hice caso, pues dejé en paz tanto a machos como a hembras y me dirigí a su casa. Cuando me abrió la puerta con una sonrisa bobalicona dibujada en la cara, le metí 32 puñaladas con una rosquilleta integral, por lo que no pude acabar con su vida. Cuando me miró atónito preguntándose para sí mismo por qué lo había rosquilleteado, yo le contesté que tenía suerte de que con las prisas y el cabreo me hubiese equivocado al coger un cuchillo, pero que si era tan amble de esperarme sin cerrar la puerta, volvería y se daría cuenta de lo que soy capaz cuando alguien se inmiscuye en mi vida. Nunca he soportado que me digan lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer, ni siquiera hacia que lado del retrete debo apuntar cuando orino. Yo soy el único dueño de mi existencia y jamás me meto en la de nadie. Por algún motivo que no llego a comprender, cuando eso sucede, quiero decir, cuando alguien me toca las pelotas, reacciono clavándoles en el estómago lo primero que tengo a mano. Una vez le clavé un plug anal a un obispo, y este, en lugar de defenderse golpeándome con el báculo o huir corriendo se lo quedó y se negó a devolvérmelo aduciendo que él se encargaría de destruir semejante trebejo mefistofélico (sic).
