Email del 22 de diciembre 2018

Jean-Honoré Fragonard. L’Escarpolette (1767)

21.12.2018

Recuerdo perfectamente el día en que debuté como despotricador, pero sin embargo no me acuerdo desde cuándo soy anhedónico. Puede que desde siempre. ¿Qué importa eso ahora? Nada es demasiado importante, ni siquiera fundamental, trascendental o cualquier otra jodida mierda de vocablo que termine en «al», como por ejemplo «nefando». He llegado a un punto en que nada me llama la atención, ni siquiera salchichonear, mi acción y reacción favorita y el verbo más apreciado de todos los que comprenden el idioma castellano (o español). Salchichonear, por si lo desconoces, significa lo mismo que quesear pero sustituyendo el derivado lácteo por tocino y magro porcinos.

22.12.2018

Una cantidad infinita de segundos me esperan detrás de una puerta. El problema es que no tengo puertas. Solo tengo un número indeterminado de callos en el talón del pie de mármol que alguien me regaló cuando sí tenía puertas y que me sirve de golpeador craneal cuando me vuelvo comprensivamente psicótico y recibo injerencias externas.

23.12.2018 (es decir, mañana).

23 mujeres desnudas se han peleado por mí mientras yo me peleaba con 23 hombres desnudos por alguna de esas 23 mujeres desnudas. La ganadora de esas 23 mujeres desnudas se ha largado con uno de esos 23 hombres desnudos y yo me he quedado con 22 mujeres desnudas y 22 hombres desnudos. Al cabo de un rato los 22 hombres desnudos se han emparejado con las 22 mujeres desnudas y yo me he vuelto a quedar en pijama y solo otra vez. Me siento triste. Creo que voy a imaginar que todos los capullos y capullas que ayer salieron en la tele festejando que les había tocado la lotería enferman de almorranas y mueren dolorosamente. O enferman y no mueren, que es peor. O no enferman y mueren, que debe ser terrible. O no enferman ni mueren y algunos de ellos adquieren costumbres serendípicas…

G

P.D.
Como no tenía ganas de escribir he transcrito las dos primeras entradas de mi diario personal. En cuanto al texto del día de mañana, he de dar las gracias (una vez más) a Doraemon por haberme proporcionado uno de sus inventos del futuro.