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| John Everett Millais. Ophelia (1852) |
Querida:
Tú sabes -ya que te lo he contado en numerosas ocasiones- que desde que tengo uso de razón, o mejor, desde que comprendí que todo lo que somos o nos permiten ser es una jodida patraña, he vomitado puntualmente y sin una sola excepción una vez cada día. Hace unos minutos he tirado la última papa de este año que pronto, afortunadamente, se irá a tomar por el puto culo. ¿Qué se supone que espero del próximo año? Nada. Nunca he esperado nada en lo que estén relacionados de una u otra manera los seres humanos. Me importa una mierda bipolar lo que me pueda llegar a suceder en los trescientos sesenta y pico días que se avecinan. Lo único que de verdad me haría cambiar el carácter sería que la estupidez se extinguiera por completo, pero claro, eso no va a suceder, es demasiado fácil escabullirse y el género Homo sapiens es campeón universal en huida libre. Puedo asegurarte que ni ayer ni hoy he asistido a ninguno de los dos o tres ensayos de fin de año que se han efectuado en la madrileña Puerta del Sol. ¿Te lo puedes creer? Ahora ensayan las campanadas y la deglución desencadenada de esa pequeña fruta cardiosaludable llamada uva. ¿Qué será lo próximo? Me aterra pensarlo. ¿Qué está sucediendo con la gente? ¿Cómo es que cada vez se prostituyen con mayor alegría y regocijo a las maquiavélicas ideas de los políticos, ayuntamientos, corporaciones y Estado? ¿Acaso les introducen soma o calfaburras en el agua, tanto en la corriente como en la embotellada? Cada día entiendo todo menos. No me importaría en absoluto desaparecer, aunque en realidad, hace ya años que estoy desaparecido. Quizá por esa razón mi cociente mental sigue en sus guarismos de siempre y todavía no he tenido que comprar una falsilla para poder escribir mi nombre y apellidos.
Greg
