Email del 12 de octubre 2014

George Stubbs. A foxhound ringwod (1792)

Hola:

Cuando mi perra tenía un año de vida se acostumbró a que cada noche, antes de dormir, le leyera una o dos proposiciones de la «Ética» de Spinoza. Y por los ronquidos de satisfacción que salían de sus pulmones, te puedo asegurar que le encantaba. Supongo que no comprendería gran cosa; bueno, no es de extrañar, yo tampoco me enteraba ni de la mitad, pero disfrutaba de la cadencia sosa y con un ligero acento macarra de mi propia voz. Me acuerdo de una noche en especial. Le leía la proposición XXX, titulada «El entendimiento finito en acto, o el infinito en acto, debe comprender los atributos de Dios y las afecciones de Dios, y nada más», cuando Tita, que es como se llamaba mi perra (en honor a Tita Cervera) me soltó un ladrido lastimero. Al principio creí que me había equivocado al pronunciar algún vocablo y comencé de nuevo a leer la demostración. Cuando llegué al corolario, mi perra, mi amiga, se había incorporado y me miraba con ojos tristes. Le pregunte en idioma perruno -que domino a la perfección- que era lo que le atormentaba, a lo que ella me respondió en un correcto castellano: «Tú, tú me preocupas».
-¿Yo te preocupo?
-Sí. Como sigas leyendo a ese gilipollas te vas a volver más idiota de lo que ya estás -respondió mientras se rascaba un costado con una de sus grandes patas.
-Tita, no sé qué quieres decir. Creía que te gustaba Spinoza -le contesté asombrado.
-Y yo creía que tú eras ateo.
-Soy ateo. No entiendo qué tiene que ver con que lea a Spino…
-¡Spinocojones!
-Pero Tita…

A partir de esa noche seguí leyendo a «ese gilipollas» y ella nunca volvió a quejarse. Es posible que la razón fuera que murió dos semanas después a la respetable edad (para un cánido) de 13 años. Desde entonces me siento incapaz de releer a ese autor. Si quieres que te sea sincero, me siento incapaz hasta de quitar el polvo que se acumula en sus obras. ¡Echo tanto de menos a Tita! Tita Cervera Spinoza.

Nunca he comprendido a la gente que no tiene o ha tenido alguna vez en su vida a un perro. Tengo una amiga que tiene cuatro hijos e intenta convencerme de que sólo por el hecho de ser humanos, y sobre todo, sangre de su sangre, están por encima de cualquier mascota. ¡Joder! Ese pensamiento es una completa estupidez. Comprendo que cualquier mujer quiera sentir lo que realmente significa ser madre. Comprendo que para llevar a cabo sus fines, convenza a un pobre desgraciado para que la fecunde. Lo que no puedo entender es lo de la sangre. ¿Lazos sanguíneos? Me reiría si no estuviese tan atareado intentando descifrar lo qué quiere decir Martin Heidegger en su «Introducción a la investigación fenomenológica». En nuestro planeta mueren cada día unos 20.000 niños de hambre. ¡Veinte mil! Y yo tengo que escuchar 20.000 imbecilidades al día sobre los lazos de sangre que unen a la madre y al hijo. Y tengo que morderme la lengua el mismo número de veces para no arrojarme sobre la emisora o emisoras de tantas idioteces y estrangularlas con un calcetín. No puedo (ni quiero) comprender la diferencia que existe entre un hijo natural, uno adoptado o un perro, o un gato, o incluso una pequeña boa. El amor no debería ser tan parcial. Quizá las putas religiones tengan algo que ver con dicha preferencia, tan arbitraria y sin sentido como un escupitajo. Ser madre es ser esclava. Pero si has de convertirte en prisionera de tus propios sentimientos…¿qué más da a quien se los arrojes?

A lo largo de mi vida, o mejor, en todo lo que llevo viviendo, he llegado a numerosas conclusiones. Algunas han sido demenciales y he tenido que pagar un alto precio, pero otras se mantienen intactas en mi cerebro, o donde quiera que se guarden las conclusiones. Entre éstas últimas, el sentimiento maternal es una de las que más poco han variado. Ser madre (o padre) implica no ser egoísta. No ser egoísta implica idiotez absoluta. La idiotez absoluta implica no crecer espiritualmente. La espiritualidad es un invento demoniaco, pero necesario para crecer por dentro. Necesario para conocerse a sí mismo. En el mundo hay demasiados psicópatas. La culpa es del amor incondicional equivocado y de los lazos de sangre erroneos. Ninguno de mis perros o gatos o boas ha intentado joder nunca a nadie, a propósito. ¡Nunca! Y no conozco a ningún perro, gato o boa que haya intentado chantajear emocionalmente a su cuidador, que también es su amigo.

Supongo que las madres que lean este texto saldrán despavoridas a la tienda de artículos esotéricos mas cercana a comprarse un muñequito y unas agujas. Me importa una mierda. No creo en el vudú. Sólo creo en el individuo, y no siempre. Ser madre, ser esposa, ser marido no es abrazar, besar y preparar cociditos.

He dicho. Que así quede escrito.