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| Utagawa Kuniyoshi. The actor |
Estoy cansado de dotar a mis proyectos de una estructura preestablecida para que puedan seguir siendo factibles. Una estructura estática, casi irreal, sin demasiados razonamientos. Una estructura que hasta ahora se ha sostenido gracias a un impulso. ¡El impulso de la irreflexión y el aturdimiento! Alguien dijo una vez que todas y cada una de las vidas de los seres que pueblan este planeta son una película. Si eso es cierto, entonces, la que corresponde a ese puñado de tiempo que podría ser definido como «los ocho o nueve últimos años» de mi vida debería pertenecer al cine experimental, pues el argumento y, sobre todo, el contenido narrativo, no propone continuidad existencial, emocional o moral, sino que dispone las secuencias de una forma aleatoria con el fin de demostrar o manifestar que todo lo que está esculpido en el celuloide pertenece al territorio inexplorado de la disparidad conceptual y la alucinación hipnopómpica.
En cualquier decisión unilateral, no existe tiempo para la constricción ni el abatimiento. Todo lo que no sea extender una ventana iluminada repleta de nuevos espacios reconstruidos para la ocasión es una pérdida total de energía. No quiero seguir representando un papel que no se ajusta a mis limitados registros. O a los restringidos registros de los actores ocasionales. Yo soy yo y todo lo que no está a mi lado es simplemente decorado y tramoya. He intentado dotar de sentimientos al personaje que me ha tocado interpretar y, francamente, creo que he bordado los numerosísimos soliloquios que los guionistas me han redactado. Quizá no he estado a la altura de las circunstancias en uno o dos diálogos, pero a veces se hace difícil interactuar con actores ciclotímicos que se creen superiores por el mero hecho de que han interpretado en demasiadas ocasiones el mismo rol.
Evidentemente, no trato de echar la culpa a nadie. En todo caso debería ser mía. En primer lugar por haber aceptado una propuesta inaudita e inviable. En segundo lugar, por haber improvisado de una forma histriónica en lugar de haber recurrido a la ruptura del contrato. Ahora, debo finalizar este texto. Alargarlo es inútil. Pero antes de finiquitarlo, me gustaría agradecer la ayuda que me han prestado en todo momento el humo del tabaco y, sobre todo, la bendita soledad forzosa.
