Email del 4 de marzo 2014

Tiziano. Tarquin and Lucretia (1576)

Amiga mía:

Hace un par de meses presenté un texto a un concurso y ayer recibí una escueta contestación en la que claramente se leía:

«Ojalá usted acabe como la protagonista femenina de su relato.»

La verdad es que me he quedado un poco sorprendido. Ya sé que el concurso versaba sobre la genómica en las ciencias agrarias y mi texto iba por otros derroteros. Demasiado dramático. Pero mejor es que lo leas y me des tu opinión:

«A menudo, las palabras son un mero instrumento de nuestros actos. Cuando intentamos comportarnos de una manera diferente a la que tenemos grabada en nuestro enorme disco duro llamado cerebro, sentimos que algo no funciona correctamente, pero somos incapaces de racionalizar una solución convincente. Por esa razón nos es mucho más fácil dejarnos llevar e inventar excusas. Excusas para nosotros mismos. Excusas intolerables. Excusas que inútilmente trastocarán las bambalinas y el escenario de nuestro sufrido Yo.


ELLA: Intento ser razonable, pero una fuerza exterior me lo impide. Creo que deberías irte para siempre. Necesito volver a estar sola. ¡Hace tanto tiempo que dejaste de ser lo que yo quería! ¿Qué nos impide odiarnos? 
ÉL: Yo nunca podría odiarte. Tampoco llegaría a quererte otra vez. Ya te amé hace tiempo. No puedo volver al pasado. ¡Sí, creo que debo irme! Pero no voy a hacerlo.
ELLA: En cierto modo, hace tiempo que te largaste. Pero ahora te lo pido por el odio que no sientes hacía mí. No puedo estar junto a ti ni un minuto más. Siento una especie de asfixia cuando me miras. Si no te vas… Si no te vas hoy mismo, me encerraré en mi cuarto y representaré mi papel en silencio. No quiero sentirte cerca. No puedo aguantar tus movimientos. Yo tampoco te odio, pero te tengo lástima. Si yo fuera como eres tú, hace años que hubiera tomado el camino más complicado. Tú por el contrario, no dejas de venderte. ¿De verdad, no sientes lástima por ser de esa manera? ¿Nunca has analizado tu comportamiento con los demás? ¿Dejarás alguna vez de adorarte? No eres tan inteligente como crees.
ÉL: ¿Yo me adoro? ¿Y tú? ¿Tienes el valor de lanzarme reproches cuando has sido tú la que ha desencadenado esta falsedad en la que se ha convertido nuestra convivencia? ¿Quién engañó antes? Creo que olvidas tu relación con…
ELLA: Sabía que saldrías por ahí. Es tu amuleto preferido. Si te engañé fue porque tú me lo pediste.
ÉL: ¿Yo te lo pedí?
ELLA: Sí, con tus silencios eternos, tus miradas distantes y esa perfecta indiferencia de la cual te enorgulleces. Eres una mierda. El problema es que lo sabes y te importa poco. Sólo quieres a una persona en este mundo. A ti. El resto somos piezas de un engranaje que con la excusa de «supervivencia» has fabricado para redimir tu egomanía. ¿Sabes? Te engañé, y no lo lamento. Debería haberlo hecho muchas más veces, pero fui idiota. 
ÉL: Siempre lo has sido. Uno no puede cambiar. Tampoco vale la pena hacerlo. Hay que intentar seguir hacia delante. No comprendes nada. Eres una niña malcriada. Tu madre debe estar orgullosa de haber engendrado una masa de inocencia de tu tamaño. Deberías despertar. 
ELLA: Tienes razón. Soy una mentirosa. No sabes de qué forma inusitada te odio.


Hay momentos en los que el conocimiento se escabulle y los actos y las palabras tienden a individualizarse. Es en esos instantes cuando todo se oscurece y la luvia utiliza cualquier resquicio para mojarlo todo. Nos comportamos como dicta el corazón y relegamos el razonamiento. Sin embargo, pensar con el corazón es tan estúpido como bombear sangre con el cerebro. Y cuando buscamos un trapo para secar las gotas que empapan cada porción de lo que somos y de lo que nunca podremos ser, de repente sale el sol. Pero es un sol falso. Ilumina pero no calienta.


ÉL: ¡Sal de la habitación! Llevas tres días encerrada. Ya es suficiente. ¿Pretendes darme lástima? Sé que cuando no estoy sales. La comida de la nevera disminuye. Y esa comida la he comprado yo. ¿Crees que voy a estar manteniendo a un fantasma por los siglos de los siglos? 
ELLA: Saldré cuando te marches para siempre. Cuando esté segura de que no regresas. ¡Déjame tranquila! Eres…eres…
ÉL: Soy lo que tú decidiste. Mejor dicho. Cuando era como tú querías todo funcionaba. 
ELLA: ¡Cállate!
ÉL: Recuerdas…hace dos o tres años. Un día me preguntaste si recordaba cómo nos conocimos. Yo te respondí que no y tú te enfadaste mucho. En realidad me acordaba perfectamente. No puedes llegar a imaginarte el subidón que me produjo escupirte esa negación. Sabía que ibas a reaccionar de la manera en que lo hiciste. Simplemente necesitaba que cogieras un berrinche.
ELLA: ¡Cállate! ¡Cállate! por favor…
ÉL: Es curioso que me hagas callar. Tú que siempre me has echado en cara mis silencios. «Tenemos que conversar más, cielo» ese era tu mantra, tu letanía. Ahora no quiero, no puedo callarme. Vas a escucharme hasta que yo diga basta. Voy a tomarme la revancha. ¿Sabes por qué no hablaba mucho? Porque tu no parabas de largar. Día y noche, sin respiro, sin importarte cómo me encontrara yo. 12 años escuchando un montón de frases inconexas, de criticas y censuras. Y pensar que me casé contigo para escapar de esas mismas mierdas. No sabes que harto estoy de ti, de mis padres, de todo lo que representa esta interminable escena repleta de sufrimiento que es la maldita vida que he llevado. Y llevo. Y supongo que arrastraré hasta el último puto día de mi vida. Te aseguro que antes de irme de esta cloaca de existencia me llevaré a otros conmigo. ¡Dios! En que me habéís convertido. ¿Hacia donde voy? No veo una luz que me indique hacia donde dirigirme. Me gustaría tanto que todo volviera a empezar. No me refiero a mi maldita relación contigo, sino a mi vida. Volvería a tropezarme en los mismos escalones, pero te aseguro que iría preparado. No sé, con rodilleras y casco integral. No me arrepiento de nada de lo que he hecho, pero me aflige no haber podido llegar a hacer más cosas, o por lo menos llevarlas hasta su última consecuencia. Por eso estoy aquí, ahora. Sentado fuera de tu habitación, que alguna vez fue también mía. Apoyado en la puerta de madera que tú elegiste pero pagué yo. ¿Oyes cómo llueve? ¿Oyes cómo llueve? 


Existe un tiempo fijado en el calendario, en el que la razón da paso a la ofuscación y el aturdimiento. Un tiempo en que las casas funden sus ladrillos y el plomo y los convierten en ruinas. Decadencia. Deterioro. Principio de desintegración. 


ÉL: Ya llevas siete días con la comedia.¿No crees que es hora de dejarlo? Me estoy empezando a enfadar. ¿No quieres contestar? Como verás ya no hay nada en la nevera ni en los armarios. Alguna vez tendrás que salir si no quieres morirte de hambre. Supongo que tendrás provisiones. Supongo que saldrás cuando oigas cerrarse la puerta de salida. Supongo que…¿Pero cómo sabrás que estoy o no dentro? ¿Cuál es la diferencia entre estar adentro o afuera. Yo siempre he estado afuera. Siempre he estado lejos. Necesitaba que me encontraras. Tú te rendías tan pronto… Interior. Exterior. Profundo. Superficial. Vasto. Exiguo. Todo es tan complicado. ¿Comprendes ahora el valor del silencio? El silencio sagrado. Secreto. Sigiloso. Prudente. Agrupado en cantidades ridículas. Irrefutable. ¿Estoy fingiendo? Soy un ciego. Soy un sabio. Los cables están sueltos. Noto cómo me desconecto…¿Estás muerta? ¿Estás muerta? Sí, debes estar muerta. Bueno, tú siempre has estado muerta. Desde el principio, y ahora en el final. Yo tampoco como desde hace días. Supongo que nos encontrarán juntos pero separados. ¿Qué más se puede pedir?» 

PD 1:
Dicen que Dios sufrió un montón durante los seis días que duró la creación, pero que el séptimo tuvo un orgasmo. Desconozco de qué forma lo consiguió ya que como divinidad es inmaterial y carece de pene. Sea como fuere, esto viene a confirmar mi teoría de que un orgasmo es posible en cualquier circunstancia.

PD2:
Soy una planta. Como la ventana de mi habitación está abierta, puedo obtener sin dificultad la energía de la luz solar. Necesito transformar la energía lumínica en energía química, de lo contrario mi transformación carecería de sentido y volvería a ser humano otra vez, ya sabes, ese tipo repleto de justificaciones y descontrol. Con un sentido de la emocionalidad rayando la aberración. Soy una planta. Necesito un pequeño contenedor con tierra y turba para que mis raíces subterráneas acaben ancladas en un perfecto manto de rizosfera y humedad. Sólo de esa forma podré acumular y almacenar reservas.