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| Brendan Monroe, Observations of Light and Matter. 2012 |
Querida:
Son las cinco de la madrugada y todavía estoy medio drogado de sueño. Parece ser que mis años de dormir bien y de un tirón acabaron para siempre. Me siento como una especie de lechuza semi-profesional, así que no tengo otro remedio que matar las horas hasta el alba con algunas de mis ensoñaciones prefabricadas. No trato de justificar la decisión de continuar con esas ensoñaciones como único fin de asesinar las horas que paso en vela, pero sí como un ejercicio de serenidad autocomplaciente, una forma de sustituir el desasosiego que produce dar vueltas y más vueltas en la cama mientras escucho los ronquidos del vecindario, que, ajenos a sus desgracias y, sobre todo, a las que subyugan al país, me producen esos celos y envidia que en esos momentos me corroen. Ellos, todos, duermen, pero a mi no me sirve ni siquiera contar corderos u ovejas.
En la inmensa leontina de pensamientos accidentales a los que me relega el insomnio, hay uno que destaca sobre el resto con una fuerza y un vigor tan insensato que agita mi cordura como lo haría un cachorro de perro con su juguete de trapo. A veces, puedo dirigirlo hacia los rincones de la esperanza, pero la mayor parte de las veces no puedo rendirme cuando me sujeta con esa fuerza descomunal que poseen las ideas irreflexivas y me transporta a mi pesar hacia el territorio de la locura impetuosa e inconsciente. Y es durante ese viaje hacia ningún lado cuando el recuerdo de los placeres inocentes corroe como ácido nítrico la lógica del contrato, de la promesa, del pacto o de sus fragmentos, que en otro momento y en otro lugar juré cumplir, pero que ahora no es más que una diana situada estratégicamente para que no pueda errar el tiro, un crucigrama con anotaciones en los márgenes que nunca trataré de descifrar, una llave escondida entre los intersticios de una puerta agrietada.
Recuerdo perfectamente el sonido de las voces mudas que me acompañaron en mi infancia. Y recuerdo mis devaneos con la soledad, translucida, sólida y flexible, como un paso razonable hacia una madurez que me esquiva disfrazada de círculo de simulación, de abulia e inercia, de eternidad y burla. Pero no me entiendas mal, no busco tampoco esa quimera inoportuna y precipitada llamada satisfacción o bienestar o felicidad o como diantres quieras llamarla y que tantos infortunios acarrea al necio que por todos los medios intenta atraerla. Sólo busco lo que sé de antemano que no voy a poder encontrar, pues me resulta incongruente cualquier forma de coherencia trabajosamente elaborada con el único y servil fin de conseguir un final completo, elaborado a la carta, pero anestésico e inoportuno, que sostenga por si sólo al mortífero aunque delicado y autocomplaciente instinto de sobrevivir a cualquier precio.
Hay momentos en los que una sensación reconfortante me incomoda, pues percibo la inquietante presencia de un observador invisible apretando con esa fuera inusitada que caracteriza a los planteamientos defectuosos y que de alguna forma rodea los movimientos que eficazmente trato de evitar, pero las experiencias almacenadas en mi cerebro y el dolor encarcelado en mi carne han fundido en cristal esos sueños de vida y muerte que se retuercen en las entrañas y trasforman lo que alguna vez fue parte de la zona afectiva y piadosa en cinismo, rabia, secretos y adicción. Ya nada importa demasiado. Mi empatía está en coma. Abrazo la enfermedad como panacea ensordecedora. Mis brazos están sedientos de vacío e infinito. Ya nada volverá a ser igual. ¡Es demasiado tarde para cambiar!
Saludos afectuosos.
