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| Craig La Rotonda, Anathema |
Hola:
Acabo de hacer una tontería: he bajado al kiosco y me he comprado un paquete de tabaco. Sé que de estos 20 cigarrillos no voy a pasar, pero ahora me siento idiota y culpable, aunque al mismo tiempo que experimento nuevamente la sensación de imprudencia estoy disfrutando de la nicotina y el alquitrán sobre mi cerebro y pulmones. Podría abrir el cajón donde guardo mis cilicios mentales y provocarme esa sensación de dolor que me purifica al mismo tiempo que me degrada, pero voy a intentar no ser otra vez mi propio enemigo, ese demonio que juzga y alaba mis errores y recrimina mis aciertos, perfora mi cordura y descompone la sensatez transformándola en pequeñas partículas de lodo y porquería. Estoy fumando ¿Y qué? ¿Acaso no tengo derecho a maltratar mi cuerpo y mente de la forma en que libremente elija? Me hago daño porque necesito sentirme útil, necesito acariciar el despropósito como parte de la autoafirmación espontánea que mueve los hilos de la idiotez suprema y que, de alguna manera, destapa esa caja de Pandora repleta de tormentos y angustias, de desorden y miedo, de deseos retractados e imágenes que se desvanecen.
El paso del tiempo es una sensación imaginaria que me incomoda. Huyo para no encontrarme. Pero mientras me sacudo de encima los métodos y sus porcentajes, el vacío y sus consecuencias crónicas intuyen mis movimientos y arrastran lo que deberían ser principios inalterables hasta el borde del precipicio. Entonces, cuando esto sucede, las líneas que serpentean por mis heridas perciben la presencia de la desesperanza y de la irreflexión, transformando el resentimiento trabajosamente acumulado en éxtasis sagrado y penitencia abstracta e irreal. La imprudencia es mi mejor amiga, mi verdadera aliada. A veces la sujeto con las manos y la contemplo embelesado; limpio la suciedad que se acumula en el gozne de la cerradura y la vuelvo a guardar. Mientras la escondo, trato de pensar como serían mis pocas horas luminosas si no existiera o si por algún motivo no pudiera usarla cuando me conviene.
Quizá debiera justificar los errores como parte de lo que llamamos enriquecimiento personal, pero entonces sólo estaría fingiendo la lógica y no sufriéndola como despropósito absoluto. Es posible que en todo este proceso de autodestrucción insoportable, en el que la distorsión y la autocomplacencia desencadenan deseos injustos, aparezca un movimiento indefinido atrincherado tras un deseo de supervivencia; incluso es factible que la estela que se retuerce entre la contagiosa sensación de falso triunfo dé paso a la inconfundible pero reveladora sensación sorda y muda que siento al obstruir las puertas del verdadero equilibrio; ese que palpo a ciegas cuando creo que sus tentáculos asfixiantes no rodean la solemnidad del poder que rige mis errores y mis aciertos, mi destino, mi eternidad derrotada.
Mientras te escribo esta serie de frases incoherentes e infantiles, el remolino sensorial del conocimiento se encuentra en el punto más bajo de la escala. Intento tragar aire, pero los parásitos de los recuerdos flagelan cada una de las sensaciones racionales, alterando el Libre Albedrío y mutando la sabiduría adquirida en todos y cada uno de estos años, en negación, miseria y alarma.
Un saludo
