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| Adriaen Brouwer, Inn with drunken peasants, 1625 |
Hola, querida:
Te escribe la piltrafa humana, o lo que ha quedado de ella tras pasar más de media noche escuchando pasodobles valencianos y salvajadas por el estilo. Resulta que como todos los años por estas mismas fechas (desgraciadamente) se celebran las fiestas de mi barrio, ya sabes, esos típicos festejos que a los inteligentes nos hunden en un estado semi-comatoso pero que a los que participan en ellas les hace olvidar por unos instantes lo memos, subnormales e intolerantes que son y el asco que se dan a sí mismos. El problema es que las putas verbenas se celebran a unos 20 metros de mi casa, por lo que el sonido llega directamente y en forma de flecha electrificada a mi cerebro; allí se parapeta tras la corteza somatosensorial primaria, se hace fuerte, y ya no me abandona durante horas o incluso semanas. Estas celebraciones pseudomusicales y claramente fascistas -pues yo tengo derecho a dormir y no a ser obligado a tragarme sus demonios y sus miserias- suelen durar hasta las 4 o las 5 de la madrugada, pero los berridos infecciosos de la mayor parte de asistentes, totalmente defraudados porque el festín sólo ha durado 10 horas, son claramente audibles hasta que sale el sol (a veces, hasta que se pone).
Serian las 7 más o menos y mi estado era tan lamentable como el de un zombi al que han impedido alimentarse de vísceras durante un siglo, cuando decidí vestirme y bajar a un bar a tomarme un café americano cuádruple. Mientras trataba de buscar uno reconfortante y más o menos limpio, un tipo con cara de plátano maduro y aspecto de uxoricida convencido, me abordó por la calle y echándome directamente el aliento en la cara me preguntó si yo era Carmen, la hija de Aparicio y Matilde. Como en ese momento no me encontraba para imbecilidades de borrachos profesionales le contesté que sí, que yo era Carmen, pero que si le asombraba mi peinado o la falta de él era debido a que 18 Cheyennes afectados de polidipsia psicogénica me habían arrancado el cuero cabelludo hacía media hora, posiblemente con el propósito de impermeabilizar sus tipis o fabricar pelucas para sus squaws calvas.
-¿Sssssqu qué? -preguntó el tipo mientras se rascaba una oreja con la rodilla.
– Squaws, mujeres indias.
– ¿Indiossss? ¿Hay indiossss en el barrio?
– Sí, ejem -repliqué yo aguantando la respiración -pero ahora, si me disculpa, me esperan en casa de mi futuro asesino.
– ¿Assssessssino? volvió a preguntar desconsoladamente; pero ya no obtuvo respuesta, pues yo había desaparecido a la velocidad de los neutrinos.
No hace falta explicarte como acabó mi excursión callejera ni lo reconfortante que sentí el chute de café directamente en la vena cerebral magna, aunque casi me provoqué un aneurisma al bombear la cafeína con la plantilla del zapato. El caso es que por fin me encuentro despejado, aunque un poco nervioso y deprimido; creo que estoy en condiciones de pegarme un tiro sin que me tiemble la mano. Y es lo que voy a hacer a menos que la mosca que ahora me putea posándose en mi cara sin el menor recato desaparezca o sufra un ataque meningítico severo. La verdad es que si lo medito, el tiro debería descerrajárselo al concejal de fiestas de mi ciudad, y de paso a su secretaria por ser tan diligente a la hora de aprobar ciertas celebraciones. Ya sabes que cuando empiezo a disparar soy como William H. Bonney y la única forma de detenerme es contarme un chiste sobre verduras rancias u obispos troilistas. De momento voy a ducharme con un nuevo gel que me he fabricado yo mismo siguiendo la recomendación de una web naturista y que según uno de sus partidarios, y cito textualmente, «suaviza el cutis hasta un punto en que resulta desconcertante».
Saludos
PD:
A veces cuando me aprieto con fuerza el talón derecho me duele el codo izquierdo.
