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| Jackson Pollock. Number 7 (1949) |
Estoy negociando con la sensación de asco. Ella no se compromete y yo le permito algunas bagatelas. De esta manera nos evitamos someter a plebiscito si se queda en mi interior, o por el contrario debe procurarse otro cuerpo. Puede que algunas personas no comprendan la importancia que representa para mí poder sentir repugnancia. Y me gustaría dejar claro que mis palabras no forman parte de una percepción ingenua o de una monumental boutade, sino de una necesidad absoluta. Por supuesto, convendría clarificar que el fundamento de la necesidad puede estar sujeto a diversas explicaciones. Aunque no será ahora, ni seré yo quien esclarezca el asunto, pues todavía tengo que pelar los pimientos. ¡Siete kilos de pimientos! ¡No entiendo nada! Hace un rato he ido a una frutería a comprar kiwis, pues van muy bien para alguna de mis funciones corporales excrementales, y he acabado comprando los pimientos, pero también siete lechugas, siete berzas, siete calabacines, siete escarolas y seis -solo les quedaban seis- endibias. ¡Y no he comprado los kiwis! Y cuando me he marchado me han dicho «Adiós», «Adiós guapo» o «Adiós supermegaguapo» siete empleadas del establecimiento. Una de ellas de unos setenta y siete años.
Tengo siete propuestas. Pero también tengo siete picores diversos. Las propuestas son secretas, sin embargo, los picores son un incordio. Me gustaría tanto que cada propuesta se largara con uno de los picores y los incordios se aliaran con la sensación de asco de la que hablaba en el primer párrafo. Por cierto, me niego a que este texto esté formado por siete párrafos. Pero una cosa es «no querer» hacer algo, y otra «no poder dejar de querer» hacer algo. A primera vista, ambas locuciones pueden parecer más o menos semejantes, pero si nos fijamos bien repararemos en que (sobre todo los elementos humanos mayores de siete lustros) necesitamos volver a visitar con urgencia a nuestro oftalmólogo favorito.
La loba tenía cinco lobitos, no siete. Trimalcio tenía tres tristes tigres, no siete tristes tigres que traviesos triscaban trigo en un trigal. Y ese tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, tenía tres ovejas en una cabaña, no siete ovejas en una jodida cabaña. Y punto. ¡Las cosas son como son! El número siete forma parte de mi enfermedad mental privada y exclusiva. Yo tengo los derechos y si a alguien le fastidia, que la tome con el ocho o el nueve. Está claro que no son tan dinámicos como el siete, pero con un poco de inteligencia emocional se puede hacer que el ocho parezca el nueve y que el nueve se asemeje al ocho. Pero si el ocho se parece al nueve, para qué queremos el verdadero nueve? Aquí hay algo que no funciona…
La sensación de asco me acaba de enviar una notificación firmada por la totalidad, menos siete, de sus componentes neuronales. En ella me indican que si vuelvo a saltar a la pata coja por la calle delante de más de siete testigos, acabarán por largarse de mi cuerpo y transformarse en una divisibilidad insatisfecha dispersa.
