Email del 21 de marzo 2012

Bartel Bruyns, Vanitas, 1524

Querida:

Generalmente, cuando paseo por la calle voy completamente abstraído en mis pensamientos más profundos, que a veces son turbadores y desconcertantes, pero esta mañana me he dedicado a contar los ladrillos de la acera. Ha llegado un momento, cuando llevaba 22.763, en que he perdido la cuenta, por lo que he tenido que volver al punto de inicio y repetir todo lo andado hasta entonces. Al final, cansado de tantas matemáticas me he sentado en un banquito de un parque abarrotado por madres infelices con retoños felices, perros desdichados con dueños bienaventurados y ancianos desvalidos con muletas o tacatacs de aluminio cromado.

En un momento dado, mientras observaba fascinado cómo un crio se comía con deleite la tierra, seguramente repleta de cacas de can, la idea de la muerte ha monopolizado mi mente. ¿En qué pensará una persona durante los últimos años de su existencia? Quiero decir… todos esos abuelos que se asolean como lagartos frente a mí, con los ojos dirigidos a ninguna parte y con el paso del tiempo esculpido por innumerables arrugar en sus rostros, saben que el fin está próximo, parece ser que lo aceptan -¿qué otra cosa podrían hacer?-, sus conversaciones parecen muy animadas e incluso un par de veces los he visto reír con tanta fuerza que por un momento he pensado que tendría que ir a recogerles las dentaduras postizas del suelo.

Es posible, es más, estoy totalmente convencido, de que a esas avanzadas edades, nuestro cerebro está preparado, por llamarlo de alguna manera, para convertir la perfección absoluta de la muerte en una especie de mantra letánico subliminal que se introduce de manera espontánea en cualquier atisbo de diálogo o monólogo racional. Pero, aun sabiendo que la fauna cadavérica les espera hambrienta, y sabiendo que al final servirán de conejillo de indias para un forense frio, duro e impasible, ¿cómo es que no sienten ganas de llorar? Derramar agua, glucosa y proteínas por el lagrimal debería ser la consecuencia natural de pensar que sus vidas han sido absurdas o que se han caracterizado por una inexplicable vacuidad proporcional a sus hechos, causas y méritos, y que los pensamientos achacosos y claramente desvirtuados por la longevidad gratuitamente proporcionada por galenos y fármacos se estén cobrando un altísimo y desproporcionado precio.

Cuando una nube ha ocultado el tímido sol primaveral, la mayor parte de ellos se ha levantado y con pasos renqueantes aunque decididos ha emprendido la huida. Y yo he hecho lo mismo. Al llegar a casa y después de cerrar la puerta, me he dirigido desbocadamente rápido al armario de la cocina y me he tomado cuatro pastillas de ginseng rojo coreano y otras cuatro de ginkgo biloba con un zumo de naranja natural y recién exprimida. Tras eructar, me he puesto a hacer flexiones abdominales hasta que una repentina contracción muscular en el gemelo de la pierna derecha me ha recordado que funciono mejor castigando mi cuerpo y mostrándome cínico y distante. Y desde entonces (hace un par de horas) vuelvo a ser el mismo.

Besos