Email del 25 de marzo 2012

Alex Colville, Horse and train, 1954

Hola:

Tengo un problema. Puedo acariciarlo, puedo situarlo delante de mí y contemplarlo con lógica y distancia. A veces, cuando me inquieta lo guardo dentro de una jaula, pero a menudo no me queda más remedio que enfrentarme a él. A diferencia de otras preocupaciones, esta tiene ojos, nariz, boca, en definitiva, un rostro que me subyuga mientras se arrastra por mi conciencia. Cuando hace frío lo tapo, cuando hace calor lo desvisto. Sé que de alguna forma su hechizo me consume, pero no puedo estar demasiado tiempo sin sentir su mirada gélida y terrorífica hurgando orgullosa en mi memoria Lo acepto como parte del precio y no me importa demasiado la lenta agonía que me desgasta y me marchita. Por las mañanas se incrusta en mis recuerdos, por las noches danza en mis sueños. No puedo acudir a ningún lugar sin saber que de alguna forma le pertenezco, porque está dentro de mí y no puedo expulsarlo, ni siquiera dominarlo. Cuando lloro se regodea, cuando río me injuria. No necesito respirar porque él alimenta mis pulmones, no necesito ropa porque él calienta mi carne.

El invierno ha terminado, se ha esfumado de la misma manera y con el mismo ímpetu que lo hizo el año pasado, pero la sensación que me produce su alejamiento es completamente nueva. Ahora, un baño de luz clara y difusa ilumina mi rincón, recarga mis emociones y monopoliza mis sentidos. Pero el problema respira en mi nuca, me susurra a los oídos, lame mis heridas como la lengua de un niño lame un caramelo barato, y al mismo tiempo provoca otras nuevas; las inventa; las transforma, las altera a su conveniencia.

Contemplo en lo que me estoy convirtiendo. No puedo dejar de sentir una especie de satisfacción taladrando las ruinas. Quizá nunca debí cruzar esa línea. El éxtasis contamina mi orgullo, infectado y repleto de pústulas y abscesos que definen la forma pero no el efecto. Mientras planeo el movimiento, las aspas de mi pasado reciente modifican la oscilación, la colman de significados secretos y protegen la farsa en que se ha convertido el proceso. El borde resbala; la voluntad puede desplomarse en cualquier momento. Podría sujetarla con cinta adhesiva, pero ¿serviría para algo?

Soy un sonámbulo y mientras camino dormido, aspiro grandes bocanadas de vida y de muerte. Estiro las manos con la ilusión vana de tocar las paredes de la prisión que laboriosamente he fabricado. Estoy sólo: lo noto cuando grito y nadie tranquiliza mis lamentos, lo percibo cada vez que me acuclillo, desnudo mi espalda y no siento los azotes. El espejo está roto; voy a fabricar un cuchillo con uno de sus trozos. Las venas de mi cuello palpitan, se dilatan, esperan la señal. El problema ha vencido. Su victoria no es más que el principio.

Un saludo.