Email del 7 de julio 2021

 

William Blake. The lovers whirlwind (1827)

Mi psicólogo conductista siempre me repite que la realidad produce irrealidad. Mi frutero paquistaní no para de insistir en cada ocasión que entro en su tienda que debería dejarme asesorar por él o por su empleado bahawalpurí. Mi estilista y asesor de imagen reitera una y otra vez que mis hombros caídos y mi cutis untuoso le repugnan y le producen arcadas, pero que me soporta porque pago bien y en efectivo. ¡Siempre es lo mismo! Cuando era pequeño mi madre me susurraba que yo era el nene bueno de mamá, pero cuando ella estaba trabajando, mi padre, que detestaba realizar cualquier actividad física, me ponía firmes mientras me gritaba que yo era el nene malo de papá. En una ocasión incluso Django, nuestro perro mestizo ratonero me ladró que guaaa grrrr guau gaaaa grrrrao que más o menos quiere decir que «un día se iba a ciscar en mi boca». 

Desde entonces me defiendo de todo lo que me hace daño haciéndome el muerto. Por supuesto, dicha conducta tanatósica no implica que siempre me salga con la mía, sobre todo cuando la policía que vive en mi cerebro se amotina ante mis apocamientos y no me deja otra alternativa que emular un repentino estado catatónico para convencerlos de que realmente soy una pena de tío. Eso cuando soy, porque a menudo no soy, por lo tanto no puedo pertenecer. Y si no pertenezco ni siquiera a un club de futbol o a una asociación vecinal, entonces, ¿para qué intento por todos los medios trascender mi propio Yo?

Sí, es verdad. Hace cuatro años pacté con todos los «conmigo mismo», que me ofrece el desdoblamiento de personalidad, que nunca hablaría de esa maldita red de falsedades autodestructivas repleta de objetivos simbólicos llamada «amistad», «cariño» o incluso «amor». Y aunque me juré a mi mismo que encontraría esa paz de mente que he estado buscando toda la jodida vida si me ataba unos cuantos kilos de plomo a los pies y saltaba al interior de la bañera marca Roca, descubrí que el valor nominal de cada uno de mis mensajes era equivalente a ese precioso número que expresa una cantidad inexistente.

Greg «Adipocira» López