Email del 4 de septiembre 2013

Zdislav beksinski. Untitled

Hola:

De entre todos los seres repulsivos que he tenido la indignidad de conocer -y créeme, he conocido a unos cuantos- hay uno que encabeza claramente la siniestra relación. No sé su nombre. No puedo ponerle un rostro porque nunca lo he tenido delante. Ni siquiera soy capaz de adivinar su sexo. Pero sé que existe. Puedo notar su presencia, que me incomoda. Puedo escuchar sus carcajadas argentinas, irreales, ficticias. A veces noto cómo mueve los objetos, quizá en un vano intento de que abandone la casa -mi casa- gritando como lo haría una niña de cuatro años que ha descubierto a su perrito muerto. Pero no lo va a conseguir. Temo su presencia más que cualquier otra cosa, pero también tengo miedo de lo que hay, de lo que vive y se reproduce fuera de lo que algunos llaman «mi cubil». No voy a moverme. Nunca saldré de mis límites. Tengo que acabar con él. Tengo que acabar con él. Tengo que acabar con él.

«Este hogar es sagrado
así como cada una de las estancias que lo componen.
No lo mancilles con tinieblas y oscuridad
ni faltes al respeto que cada pared merece»

He colgado esa especie de oración compuesta bajo el terror que me produce saber que no vivo solo. La he enganchado con una chincheta en el tabique más cercano a la puerta de entrada, que también es la puerta de salida. Cada vez que pase por allí y la lea me sentiré reconfortado y biológicamente orgánico. Supongo que Él la arrojará al suelo pronto, pero yo volveré a recolocarla todas las veces que haga falta, porque no se puede sobrevivir sin incrementar cada esfuerzo. Ahora estoy delante de una ventana abierta. La luz que entra desde fuera me anima y envalentona. Desconozco a qué hora volveré a convertirme en una gallina. Supongo que sobre las siete, que es cuando empieza a anochecer. Hasta entonces soy un osado, un valiente. Y puedo ser capaz de exprimir el magma de ese espectro o aparición, o como diantres pueda ser llamado, o definido, temido, odiado, maldecido, rechazado…

Acabo de tener una estupenda idea. Me hubiera gustado tener algunas más, pero mi cerebro está atenazado por el pánico, pues muy pronto oscurecerá. Imaginemos que ese ser, esa especie de pesadilla concreta y definida transformada en sensación paralizante, sólo existe en mi cabeza, oxidada por la herrumbre que proporcionan tantos años de soledad y odio. Si fuera así, ¿acaso alguien o algo va a salvarme del final que se prepara? Yo soy el único resultado de mi Todo y de mi Nada. Tanto la totalidad como la carencia son infinitas, pues yo no les impongo ninguna restricción. Por esa razón he decidido anticiparme a lo que tiene que ocurrir, simplemente porque está escrito en alguna parte.

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