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| Lucian Freud. Eli (2002) |
Amiga:
Sofi y su perra Ro pasean por la calle. La dueña es esquizofrénica y matará a alguien en un futuro no demasiado lejano. Ro es una suicida en potencia y se traga las piedras y algunos cantos rodados. Mientras caminan hacia arriba, una cuesta hacia abajo les espera en la próxima esquina. Las paredes de los solares se estremecen cuando pasan, pero eso a ellas no les importa. Sofi y su perra Ro recorren las aceras. La humana colecciona sus propias mentiras y las guarda envueltas en papel de celofán en una cajita de cartón que lleva sus iniciales escritas en la tapa. El animal intenta agradar a los clientes de su propietaria, porque es la única forma que conoce de comprar sus caricias y al mismo tiempo evitar palizas.
Sofi y su perra Ro dialogan. Pero no lo hacen para sentirse vivas, sino para escupirse los lamentos la una a la otra. Mientras gimen y se consuelan, una especie de luz de color indefinido las rodea. Sofi grita y maldice a sus santos. Ro gruñe mientras recuerda a sus hermanos muertos. Todos fueron asesinados en el rio. Los santos de Sofi la han abandonado. Como todos, la han abandonado. Los espectros de los cadáveres de los cachorritos opacan el brillo de la mirada de Ro, que está congelada como un iceberg.
Sofi y su perra Ro están perdiendo la partida. El ama ha apuñalado hasta la muerte a quién en otro momento fue su amiga y confidente. Mientras se le escapa la vida, Ro derrama una lágrima por las piedras y cantos rodados que ya nunca podrá meterse en la boca. Sofi se ha tragado varias cajas de pastillas. Ahora se mira al espejo, pero su forma humana no tiene contornos. Carece de forma. La sustancia está regresando al lugar que pertenece. Por eso, mientras cae al suelo y un ruido sordo y físico certifica que ya ha muerto, algunas de las sombras que un día reunió se han parapetado tras una mancha, que no es otra cosa que pura inexistencia.
Un abrazo
