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| Carl Spitzweg. The writer (1880) |
Acabo de escribir un relato corto basado en algo que soñé hace algunas noches. La verdad es que más que basarme en él, lo he transcrito tal y como «alguien» o «algo» me lo transmitió por medio de lo que algunos llaman la inspiración hipnagógica. El argumento no es demasiado sencillo, pero creo que después de varias relecturas podrá ser comprendido, al menos, por la gente que utilice más de dos o tres neuronas de su cerebro. Lo único que puedo adelantar es que trata sobre un microbio tartamudo y una línea que divide la parte que corresponde a los muertos de la que pertenece a los que todavía viven. Aunque la narración es un poco espesa, he intentado que los diálogos sean ingeniosos. El problema estriba en que cada uno de los protagonistas, es decir, el microbio, la línea, los vivos y los muertos, hablan en un lenguaje diferente, por lo que me he visto obligado a inventar varios idiomas. Para que los posibles lectores no se pierdan con tal galimatías he incluido cuatro diccionarios reunidos en un apéndice al final de la obra. Otro de los puntos que creo estarán a mi favor es que he escrito el prólogo yo mismo, pero adoptando el punto de vista de una chaqueta de pana con coderas de polipiel.
Para tratar de contentar a todos esos que creen que mi megalomanía es mítica, he diseñado la portada, el lomo y las contraportadas. Sí, en plural. Además de megalómano, soy constantemente tachado de excéntrico, por lo que he intentado congratularme con los que me califican como rarito y de paso saltarme a la torera las normas impuestas; por esa razón, mi volumen tendrá cuatro contraportadas. Entiendo que cerrarlo se hará un poco dificultoso, pero no me importa demasiado. Para los mil ejemplares de la primera edición guardo una sorpresa que estoy convencido deleitara aproximadamente al 98 % de los compradores, pues cuando éstos abran el libro, las letras se desparramarán y si quieren leerlo no tendrán más remedio que recogerlas, ordenarlas y tratar de pegarlas sobre las hojas.
Cualquier ser animado o inanimado que haya intentado escribir más de una línea seguida conocerá lo duro que puede llegar a convertirse el proceso creativo. Para demostrarlo estoy tentado de comenzar cada capítulo con una foto mía sudando. ¡Y son 125 capítulos! Pensar un argumento es complicado, desarrollarlo es exasperante, pero transcribirlo a una hoja de Word se convierte en un ejercicio de masoquismo de tal envergadura que empequeñece cualquier otra forma de expresión artística, incluida la papiroflexia o el asesinato. Muchas veces me he preguntado cual es la razón que me impulsa a seguir escribiendo. La mayor parte de las veces no me he respondido, pero las pocas en que lo he hecho no he llegado a entender la respuesta porque he tosido. Fumar puede ser una ayuda mientras se trata de llegar a alguna parte, literariamente hablando, pero también lleva consigo una serie de contrapartidas a las que no es posible dejar de lado.
Soy consciente de que mi irracionalidad progresiva renacentista está a miles de años luz de la del resto de literatos. ¡Qué importa que meta la pata con algún que otro queismo o alguna coma fuera de lugar! Lo primero que pienso hacer cuando me concedan un sillón en la RAE será poner a fregar suelos y letrinas al resto de académicos y acostarme con sus parejas. No me importa el sexo o la edad que puedan tener. Lo único que deseo demostrar es que estoy por encima de normas o disposiciones. Y que mi genialidad no está supeditada a los constantes dolores de cabeza o las visiones apocalípticas que se desarrollan en mi sesera. Por supuesto tampoco tiene nada que ver el hecho de que mi padre nos pegara a mi madre, a mí, a mis hermanos, al perro, a cada uno de los peces del acuario, a los vecinos, a sus hijos, a sus perros, a cada uno de los peces de sus acuarios, y a veces, incluso se golpeara él mismo.
