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| Damien Hirst. Home sweet home |
Querida:
¡Es increíble lo bien que le hace a uno regresar a su antiguo hogar! En cuanto cada mueble o cada objeto comprendió que volvía para quedarme comenzaron de súbito el bullicio y los aplausos. Cuando el jolgorio finalizó, mi sofá favorito me expresó lo triste que se había sentido estos últimos diez meses sin tener que soportar mis posaderas -y alguna ventosidad- encima. Sin embargo, la nevera me gritó que aunque era una bendición que estuviera otra vez de regreso, no me iba a perdonar haberla tenido en marcha vacía, con la excepción de un tarro de mayonesa rancia. Añadió refunfuñando que, según las especificaciones de la empresa que la construyó, debería haber sido descongelada y limpiada por lo menos dos veces durante todo este tiempo y que no se hacía responsable de un buen funcionamiento hasta que no la llenara de viandas de todas las clases y botellas de agua de Lanjarón o Bejis. Nada más prometer que así sería me asaltaron los muebles con estanterías donde descansa mi extensa colección de películas, música y libros y me abrazaron hasta casi cortarme la respiración. Enfadada, aunque con cierto grado de comedimiento, una de ellas me cuchicheó al oído «ninguna vicetiple rubia de bote es canjeable por lo que nosotras y lo que descansa en nuestras baldas te proporcionamos. ¿Cómo has podido hacernos ésto?»
Cuando abrí la ventana del comedor escuché una voz que provenía de alguna parte por encima de mi cabeza. Se trataba de una persiana enrollable que con aire de falso cabreo me preguntó si era capaz de saber lo que se siente estando enrollada durante tantos meses, sola, en la misma posición y contemplando cómo las persianas y los estores de los vecinos eran enrollados y desenrollados varias veces cada día. Cuando le pedí disculpas y le prometí que no volvería a suceder pareció tranquilizarse y me obsequió con una bonita rotura en el recogedor abatible de plástico (Nota: Llamar urgentemente al persianero). Más tarde, cuando entré en el aseo me esperaba una buena bronca. Tanto el lavabo como el inodoro se negaron en redondo a dirigirme la palabra. Me costó más de media hora de súplicas y caricias que entraran en razón. Al final, cuando los ánimos se habían relajado bastante, la ducha me comentó que largarme sin despedirme, que es lo que yo había hecho, y lo que es peor, sin echarles un chorrito de lejía o de esos maravillosos limpiadores que se comercializan en cualquier supermercado, les había sumido en una gran depresión, pero que ahora que estaba de vuelta, lo mejor era perdonar y prepararse para el nuevo futuro abarrotado de esperanza que nos esperaba.
-He escuchado que tenías un perro -farfulló la almohada nada más recostar mi cabeza sobre ella.
-Sí, así es. Todavía lo llevo en el corazón. Es una bolita blanca de lana y se llama Mac. Mañana pienso tatuármelo en el pecho.
-Pero antes tendrás que depilarte esa maraña de pelos canosos, ¿no? -me preguntó con cierto aire insolente.
-Lo haré -dije- no me importa en absoluto.
-¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
-No existen las preguntas indiscretas, sólo las respuestas son indiscretas -contesté.
-¿Eso que has dicho está sacado de una película?
-Cierto, ¿y qué? Todo es una película.
-Y esa frase es de una canción.
-Eres una almohada repelente, pero has hecho un buen trabajo desde que te compré en una superoferta hace un par de años. Ahora lo único que quiero es dormir y soñar. Quiero revivir los buenos instantes. Necesito volver a jugar a la pelota con Mac o me derrumbaré. Ya hablaremos más adelante, cuando me recomponga. ¡Buenas noches!
