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| Albrecht Durer. Hands of an Apostle (1508) |
Hola:
En caso que nos sintamos tentados a conjeturar sobre si la memoria eidética fue o no la causante de sus desgracias, deberíamos echar un vistazo a los sucesos acaecidos en su habitación el mismo fatídico día en que se descerrajó un tiro en el cráneo, redactados en un aturullado texto de 18 páginas que en estos momentos se encuentra en poder del titular del Juzgado de Instrucción número 9. Según algunos, no todos, simplemente unos pocos del total impreciso, estos hechos nunca debieron ocurrir; pero si hacemos caso a la mayoría, es decir, la casi totalidad de los pocos que opinaron, el suicidio estaba prácticamente «cantado» desde el momento en que recibió la misiva que cambiaría su existencia. Que dicha carta estuviera en blanco, no parece contradecir las ideas de los unos y los otros, por lo cual ha surgido un nuevo grupo, formado por personas que opinaron en su día y que tras diversas circunstancias cambiaron de criterio. Esa congregación, llamada por los que ya no juzgan ni valoran como «Los cientifistas desposeidos», están convencidos de su imparcialidad extrema y sólo pretenden prescindir de elementos ideológicos una trama compleja pero previsible.
-En realidad nadie está libre de culpa -sugirió un tipo con bigote acartonado y blanco, con pelos tan lacios como una sílaba adormecida y que pretendía ser el jefe del resto de individuos que participaban en la conversación.
-Creo que te equivocas. Yo no me siento culpable. Jamás pretendí su muerte, aunque si he de ser sincero… -exclamó una voz susurrante que provenía de un hombre muy corpulento-. Si he de ser sincero me alegro de que la pesadilla haya concluido.
-Estoy de acuerdo con vosotros, pero si alguna vez, a alguno de los que estáis aquí reunidos, se os ocurre comentar mi pensamiento a terceros, lo negaré rotundamente -vociferó un bizco que manoseaba con impaciencia un billete roto.
-Entonces queda todo dicho y hecho. Por lo que a mí concierne, esta reunión no ha tenido lugar.-consintió la voz que ordenaba y hacía cumplir las órdenes.
Si la ilusión natural de cada uno parece ser una necesidad biológica, entonces ¿para qué sirve vivir en este mundo? ¿Qué ganamos con sentir que pertenecemos a la raza humana? ¿Raza humana? Me reiría si no estuviese tan feliz por haber cometido el crimen perfecto. Posiblemente tenga que rendir cuentas a alguien, alguna vez, en cualquier lugar, pero mientras todos se afanan por encontrar y juzgar al culpable, yo me siento como se sentiría un Dios despreciado. Porque la verdad es que cada uno de mis Yoes, hasta el más benigno, sabe que la unidad no existe. Sólo el caos absoluto posee el nivel de gradaciones y de estados capaces de ensamblar cada átomo de maldad. Sólo la conclusión primigenia, sólo el atisbo, la sospecha, el temor a parecer falsos culpables nos hace traspasar las rectas. Y mientras, nuestra nobleza y honradez corre despavorida gritando a quien quiera escuchar las palabras de solemnidad que celebran la gloria de los desprotegidos con las cuales se debe humillar al hombre.
