Email del 11 de diciembre 2015

M.C. Escher. Whore’s superstition (1921)

Querida:

La fusión de los sensaciones y de las circunstancias -ya sean propicias, adversas o incluso modificables- no sólo son lógicas, sino necesarias para que las experiencias que perfilan el carácter funcionen. No existe ninguna forma de perpetuar una idea o un proyecto sin ayuda de ciertas condiciones indispensables cuyo deber es sencillamente afectar de la forma más convencional posible. Cuando éramos jóvenes, casi siempre nos desmoralizaba el hecho de que algunas, o la inmensa mayoría de personas a las que teníamos afecto, poseyeran versiones diferentes sobre lo que realmente implicaba el vocablo «amor». Yo, desde luego, no voy a indagar en los aspectos metafísicos de ese cúmulo de sentimientos que unen a las personas, sobre todo porque estoy completamente convencido de que existen pocos seres que realmente hayan experimentado esas sensaciones irracionales de una forma incondicional y desinteresada.

Entonces, ¿Si no voy a despotricar ni reflexionar sobre dicho tema, para que diantres he manchado una hoja de Word nuevecita? La respuesta es muy simple: no tengo ni puñetera idea, por lo tanto voy a tratar de llegar al cupo de líneas autoimpuesto de una manera más o menos ajustada y sin llegar a meterme de lleno en el meollo de ningún asunto. Podría relatar mis estólidas experiencias juveniles con los corotos, o quizá lo que me sucedió una noche intentando introducir algo introducible en una botella de Fanta naranja, pero creo que sería perder el tiempo. Lo que verdaderamente me apetece es mandar a la mierda a un montón de gente. Si tuviera las suficientes agallas escribiría aquí debajo cada uno de los nombres de esos inútiles y la razón por la que pienso que, escatologicamente hablando, son porquería, deyeccion y boñiga. Si fuera tan valiente como a veces creo que soy, incluso se lo escupiría en sus mismos rostros, pero no puedo. Soy una furcia viciosa y decadente y debo seguir comerciando con mi carne. Soy una puta infecta de la peor calaña y debo tragar lo que me quieran meter en la boca. Dejo que me empalen por detrás a cada minuto de cada día y cuando por la noche regreso a la bendita oscuridad de mi habitación, me limpio la sangre con agua mientras dibujo sonrisas desesperadas.

En esta sociedad que trabajosamente hemos creado, sólo se puede ser íntegro dentro del crematorio. El resto del tiempo, debemos consagrarlo a poner en práctica las lecciones que nos han enseñado. Y ahora me voy, necesito que mi protector, que también es mi chulo, me pegue una buena paliza.