Email del 13 de diciembre 2015

Theodor Severin Kittelsen. Creepy, crawly, rustling, bustling (1900)

Nos vimos por última vez hace 319 años. En esa época, el se hacía llamar Alonso Solís y Torregosa. Recuerdo como si fuera ayer la conversación que mantuvimos y la forma en que la luz que se filtraba por la cortina de una ventana incidía sobre su rostro. Fue allí, en medio de la nada y del todo, donde decidimos dejar de vernos en el tiempo. Su reciente papel de médico del rey Carlos II no le había otorgado la pompa que esperaba. El monarca seguía sin tener descendencia y las promesas se volvieron en su contra. Mientras trataba de llegar a una conclusión, yo decidí viajar hacia delante. Mi destino era cualquier año del siglo XXII. No me importaba la edad ni el sexo. Lo único que necesitaba era que mi nuevo Yo fuese maligno. Quería experimentar las sensaciones que provocan la perversidad y la depravación. Sin embargo había un problema: el subternancio no funcionaba correctamente y la traslación tendría sus riesgos. Pero antes de continuar con la narración, permitidme explicaros que es un Subternancio…

En un principio iba a llamarse Ubersetor, pero pronto nos dimos cuenta que al pronunciarlo poníamos unas caras muy raras, como de alguien que traga semen con cuidado para que no se caiga al suelo ni una sola gota, así que decidimos cambiarlo a lo primero que se nos ocurriera. Y lo primero que se nos ocurrió fue Subternancio, que es un vocablo bastante horripilante y feo. Pero creo que me he adelantado. He explicado cual era el nombre de la máquina que inventamos para trasladarnos por los siglos, pero he omitido descuidadamente exponer el cómo y el por qué, y esto no es digno de alguien que está convencido de que es superior al resto, o a las tres cuartas partes de la fracción que queda de un todo, o al fragmento indeterminado que se asocia a la generalidad o al conjunto. ¿Pero a que venía ésto? ¡Ah, si! La verdad es que tengo serios problemas con la memoria. Puede que la culpa sea de los malditos cócteles a base de Seroquel, Geodon, Abilify, Clozaril y Eszoplicona con los que me atiborraban en el frenopático. No sé…¿debería? ¡Es todo tan sumamente enrevesado.

Alonso era alto. No tanto como un tapir, pero más que un lebrel irlandés. Su rostro era opaco, por esa razón había que mirarlo entornando los ojos. Sus orejas tenían forma de asa y los lóbulos inmensos que colgaban como dídimos denotaban materialismo y superficialidad. Cuando preguntaba algo solía echar la cabeza hacia atrás mientras que con la mano derecha se rascaba la pierna izquierda. A veces, sobre todo cuando contemplaba sus lúnulas agrisadas, se echaba a llorar y yo tenía que convencerlo de que a pesar de la edad y de sus múltiples circunstancias, éstas todavía eran blancas y que si él las veía de color ceniza era, seguramente, debido a un leve problema ocular. Recuerdo una tarde en que se empeñó en morder unos zapatos. Los zapatos llevaban pies dentro, y los pies iban unidos a un cuerpo. El cuerpo era inmenso y estaba rodeado de filamentos delgados y algo parecido al vello amedulado y sin pigmento. No sé… ¿debería? Las palabras no sirven de mucho si no hay alguien dispuesto a escucharlas.

Dios tiene escamas y cuernos. Cuando le atosigan con un palo, arroja fluidos por la boca. Yo lo he visto. Puedo jurarlo. Y cuando de entre las luces del ocaso que rielan resplandecientes surja una garra externa, será el momento de empezarlo todo. Y cuando su unguis queratinoso toque nuestra inmarcesible carne impía y profana, será el instante de terminar lo que hemos empezado. Porque no se puede acabar si antes no se ha comenzado. No se puede maltratar si antes no se ha mimado. Y cuando todo lo que hemos temido se transforme ante nuestros cansados ojos en júbilo y exultación, sabremos que la mitad de nada sigue siendo demasiado poco.