Email del 19 de mayo 2018

Edward Hopper. Sunlights in cafeteria (1958)

Querida:

Los sábados y domingos suelo ir a las diez de la mañana (en punto) a tomarme un café con leche a una cafetería-panadería. No tendría sentido ir a una cafetería-panadería a decapar la pintura vieja de una puerta de madera de roble o nogal. Desde que tomo café allí (nota: el día 23 de junio de 2008) jamás he llegado ni un minuto antes o después de las diez, quizá por esa razón me llaman amablemente «el puñetero de las diez» (¿o es «el putañero de las diez?). Pero no quiero hablarte de las cosas que hago, ni de cómo las hago y dónde las hago, sobre todo porque a menudo ni siquiera las hago y me conformo con imaginar que las hago. Si quieres que te diga la verdad, te escribo para hacer tiempo hasta las diez menos diez en que saldré hacía esa cafetería-panadería y pediré un café con leche, o quizá un té chai, con un croissant de mantequilla y sacarina. La sacarina para el té chai, por supuesto. Me cuesta nueve minutos y 34 segundos llegar hasta la puerta. Una vez allí suelo esperar a que mi reloj-cronómetro toque la hora y entonces entro. A menudo cuando entro me da la impresión de que salgo, pero eso es algo que solo (sin tilde desde 2010) yo noto, porque el resto de clientes siguen a lo suyo, que no es ni más ni menos que atiborrarse del mayor número de calorías en el menor tiempo posible, mientras charlan los unos con los otros y se cuentan las últimas mentiras recién manufacturadas. Es extraño, pero cuando salgo del establecimiento nunca tengo la impresión de que entro, sino de que permanezco. Creo que debería contárselo a mi psicólogo, pero como no tengo psicólogo se lo trataré de contar a mi abuela, que es la única que verdaderamente me entiende, quizá porque lleva varios años muerta. O puedo seguir notando esa sensación de permanencia mientras no permanezco. Me lo pensaré algún día. Puede que ningún día. ¡Soy tan inestable!

El sábado de la semana pasada llegué a la cafetería-panadería ocho minutos antes, pues salí de casa nueve minutos antes. Perdí un minuto intentando llegar a una conclusión sobre por qué cojones había salido nueve minutos antes. Cuando llegué a una conclusión que me dejó satisfecho me dirigí hacia la cafetería-panadería y permanecí ocho minutos en la puerta completando la secuencia esquemática de Tai-chi chuan que comienza con el movimiento » La raya en la crin del caballo salvaje», continúa con «Clavar la aguja en el fondo del mar» y termina con la postura del Supremo Infinito. ¡Oh, Om namo bhagavate vasudevaya! Cuando salga de la cafetería-panadería me dirigiré a otra panadería, sin cafetería, y compraré dos panes integrales. No tendría sentido ir a la otra panadería a comprar aguacates o limones. Llegados a este punto es posible que te preguntes por qué razón no compro el pan en la cafetería-panadería. A menudo me hago yo mismo esa pregunta. Y otras muchas que no vienen al caso. Quizá tenga que ver con que la panadera de la panadería sin cafetería me dijo una vez que tenía la cara más triste que había visto en sus cinco reencarnaciones. No sé. Tampoco me importa. Todo sucede porque tiene que suceder. Si los sucesos no sucedieran nada tendría sentido. Ni siquiera este texto obligado por las circunstancias. Tampoco parte de mis emociones parapetadas bajo toneladas de nihilismo, aunque si quieres que te sea asquerosamente sincero no puedo concebir el sufrimiento que implica estar vivo sin la ayuda del sarcasmo y el cinismo. Lo he intentado en numerosas ocasiones, pero siempre he acabado tirado en el suelo lloriqueando. No es que esté harto de la existencia, sino que estoy hasta los huevos de todo lo que implique pertenecer a la tribu humana, que es completamente diferente. Preferiría convertirme en cualquier cosa que permanecer como esencia troglodita. Daría todo lo que tengo por tener más de lo que tengo, porque todo lo que tengo es mucho menos de lo que deseo tener. Y sin tener lo que debería tener no puedo dejar de sentirme alejado de todo lo que necesariamente implique caminar a dos piernas, espatarrado por el sudor de los vaqueros baratos comprados en Alcampo y con el lamentable orgullo de sentir que pertenezco a un error biológico terrorífico.

Greg «Inter urinas et faeces nascimur» López