Email del 18 de mayo 2018

(Autor y título desconocidos)

Amiga:

Como escribidor profesional, siempre sé hasta dónde puedo llegar porque tengo claro cuál es mi jodido límite. Los escribidores nos diferenciamos de los escritores, además de por la poca calidad de nuestros textos, por habernos fijado un límite infranqueable. Todos los escribidores que he conocido que se han atrevido a traspasar dicho límite han acabado escribiendo maravillosamente bien y, más tarde o más temprano, convertidos en verdaderos escritores y creadores, con lo cual, han dejado de ganar dinero y han tenido que cambiar el supermercado de El Corte Inglés por Mercadona, Consum o DIA. De entre todos los escribidores, seguramente yo soy el único que también compro y robo en esos establecimientos, más que nada, porque soy tan pobre como un escritor. Y te aseguro que jamás he querido comprar o robar la comida y los cosméticos en El Corte Inglés. ¿Te imaginas lo que dirían mis amigos y conocidos si se tropezaran conmigo en dichos grandes almacenes? Hay que continuar con el mito. Hasta ayer, toda la gente que coincidía conmigo en Mercadona, Consum o DIA, se limitaba a darme consejos adquisitivos o me chivaban los últimos chismes del barrio. Digo hasta ayer, porque he decidido morirme de inanición. Si la palmo por algo tan elemental y básico como no comer, mi último texto puede llegar a convertirse en un éxito de ventas. Se titula La armonía cromática de mis testículos y es un thriller pornográfico. Quizá es el único texto pornográfico donde no sale ningún personaje, solo mis testículos, los cuales se limitan a contemplar el movimiento de la existencia mientras recitan poesías, mantras y textos basados en sus propias ensoñaciones. He dedicado el libro a Martin Klaproth y a Glenn T. Seaborg, aunque todos los beneficios, si los hubiere, serán legados a los 49 clubs de alterne que he visitado desde el día que descubrí qué es y para qué sirve un club de alterne.

Te habrás dado cuenta de que últimamente siempre tengo a mis testículos en la boca, bueno, quiero decir, en fin, tú ya me entiendes, ¡siempre estoy escribiendo o hablando de ellos! Quizá sea por la edad, o puede que por mi incapacidad para escribir o hablar sobre los polisacáridos no amiláceos. Si supiera más sobre polisacáridos no amiláceos o incluso sobre monosacáridos u oligosacáridos, te aseguro que no escribiría o hablaría sobre testículos, propios o ajenos. Ahora en serio: escribo y hablo tanto sobre mis testículos porque, primero, son míos y se han portado extraordinariamente bien durante todos estos 56 años; segundo, mantienen su forma primigenia y no han crecido ni disminuido de tamaño; tercero, aunque padezco en silencio de criptorquidia en el derecho y el izquierdo es claramente ectópico, nunca he tenido que rascármelos, agarrarlos o vacilar de mi hombría delante de ningún futbolista o torero.

Después de la anterior explicación, y para terminar con el email, me gustaría, como hago siempre, pegarte un párrafo del texto. No es ni el mejor ni el peor, sino uno elegido al azar. Al releerlo mientras trato de copiarlo, siento que he tocado ese límite del que te hablaba antes y que separa a un simple escribidor de un correcto escritor. Afortunadamente no lo he traspasado. Y me congratulo de no haberlo franqueado porque El Corte Inglés más cercano a mi barrio se encuentra a unos 4 kilómetros de distancia.

«Aunque él no lo sabía, mi hermano estaba sometido a vigilancia por parte del Centro Nacional de Inteligencia Testicular. Por esa razón tuve que convencer al cerebro para que proporcionara un dolorcillo sutil en la túnica albugínea y en la cola del epidídimo. Mientras los dolores amargaran a mi hermano, supuse que harían lo mismo con los esbirros de los servicios de inteligencia de las gónadas, pero me equivoqué y los detectives se pusieron en contacto con el representante oficial autorizado responsable de las sediciones septales, mediastínicas o extratesticulares y le contaron que todo era una estúpida representación programada para denostar a las instituciones reproductoras.»


Greg