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| Vincent van Gogh. Still life – French novels and rose (1888) |
Amiga:
Estoy escribiendo cinco versiones de una misma novela que, básicamente, trata sobre apariciones monstruosas, ventanas de madera y degeneración caucásica. En realidad el argumento es el mismo, lo único que cambia es la construcción y el número de desatinos. Cuando la termine pienso publicar las cinco en un mismo volumen que irá acompañado de un carrito metálico para poder transportarlos y de un desodorante, puede que Fa o quizá Axe. Te dejo los cinco primeros párrafos del primer capítulo de cada uno de los cinco libros. Me gustaría mucho que me dijeras cuál te ha gustado más, cuál te ha gustado menos, cuál te ha dado ganas de vomitar y cuál crees que con toda probabilidad pasará a la «historia de la infamia». Ya puestos, también me gustaría que me dijeses qué pantalón debo ponerme hoy y por qué razón no debo esnifar más sildenafilo machacado.
Primera versión:
Creo que eran cerca de las cuatro de la noche cuando me acerqué a la ventana. Entonces la vi. Se movía de una forma extraña, muy similar a como lo haría una anciana de 347 años que padeciera sarcoma del tejido blando y a la que le faltara una pierna. Al principio creí que estaba imitando a la bisabuela de Jackie Chan, pero al enfocar el cristalino bien fui capaz de ver su rostro, que en esos momentos me pareció similar al de una serpiente de cascabel de Valladolid (Crotalus vallisoletanus).
Segunda versión:
Creo que eran cerca de las dos del mediodía cuando me asomé a la ventana de la cocina. Entonces divisé una serie de desplazamientos extraños al otro lado. Dichos movimientos me recordaron al trote de un semidiós cuando baja a la tierra para fulminar a cualquier primogénito que no esté debidamente circuncidado. Durante siete minutos con nueve segundos estuve tratando de dilucidar si todo lo que veía era real o fruto de la mistela de Mercadona, que es la más barata del mercado. Cuando llegué a una conclusión, el movimiento de la «cosa» se había transformado en un pasodoble y enseguida supe que en realidad no estaba en casa, sino en los lavabos de un tablao flamenco.
Tercera versión:
Creo que eran las once de la noche, porque a esas horas siempre me duele el segundo metacarpiano de la mano derecha y la quinta falange distal de la mano izquierda. Hace años me los mordió una vaca mientras trataba de hacerle una foto erótica y desde entonces se han convertido en mi reloj nocturno particular. Cuando llegué a la ventana ya eran las once y uno, porque tardo justo un minuto en desplazarme de la salita al comedor. Cuando abrí la ventana pude ver a un monstruo de color verde cuyas patas verdes no eran tan verdes como su cabeza. Tenía una cola verde que terminaba en punta y su lengua verde era tan repugnante como el glande rosado de un perro grande.
Cuarta versión:
Creo que no era ni la una cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando abrí entró corriendo y completamente asustada Faustina Vazquez Somoza, mi vecina de origen colombiano. Faustina padece artrosis de cadera y cierta miopatía metabólica que le impide caminar a mas de 0.00000001 por hora. Sin embargo se introdujo a tal velocidad que mi hermoso bigote Chevron acabó encima del televisor Telefunken. Cuando le pregunté qué es lo que le sucedía solo pudo santiguarse, orinarse, abotagarse, amoratarse, enzurronarse, ensimismarse y enroscarse. Al tratar de desenroscarla, su menudo cuerpo se transformó en una especie de gancho abierto de quijada, mientras sus huesudas manos señalaban a la ventana. Cuando me acerqué y la abrí, pude ver una sombra gris que se deslizaba de derecha a izquierda, mientras de lo que parecía una boca infernal, salían guirnaldas satánicas que cuando tocaban el suelo se convertían en sapos con forma de bizcochos ligeros y que exhalaban un sonido más parecido al que emitiría un hongo mucilaginoso que al de un batracio.
Quinta versión:
Creo que eran las siete porque siempre que miro el reloj del comedor son las siete, seguramente porque está roto desde julio de 1963. Ese día mi madre se lo tiró a la cabeza a mi padre por haber intentado bajarle las bragas mientras fregaba unas sartenes antiadherentes y un tazón semiesférico con asas. Mi madre odiaba que mi padre le metiera mano cuando fregaba, pero a mi padre eso le ponía a cien y siempre que podía intentaba llevarla al catre cuando se acercaba a la pila de mármol. Después de recibir una sonora bofetada y el relojazo en la cara, mi padre se dirigió a la ventana a fumarse un cigarrillo para tranquilizar a su ego machista y, de acuerdo con sus memorias, le pareció ver en la acera de enfrente un trozo de la acera de debajo. Asomó la cabeza para intentar ver la acera de debajo y vio la acera de enfrente junto con trozos de la acera de debajo y fragmentos desprendidos de otra acera, seguramente la de la calle Coontraalmirate Mistral que está sita a 237 metros de cualquier otra acera.
Es posible que cuando termine las cinco versiones escriba una rumba para una amiga. Repito, solo es posible. Nadie conoce el futuro. Yo conozco el pasado porque me lo han contado en numerosas ocasiones, pero el futuro, amiga mía, es otra cosa. Lo único que sé es que mi futuro está por venir, pues si no estuviera por venir, claramente no sería futuro. No conozco a ningún futuro que haya pasado. Ni ningún pasado que esté por llegar. Algunos creen que el pasado es prácticamente una mentira y por esa razón confían en el futuro y en la bono-loto, pero yo creo que no existe el futuro, ni siquiera el pasado y que todo lo que fue y será no es más que una cena que me ha sentado fatal. Por eso cuando termine las cinco versiones y la rumba me haré trapicheador de bicarbonato sódico.
