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| Piero Manzoni. Mierda de artista (1961) |
Amiga mía:
En el edificio de enfrente viven varias ancianas. Según mi espía Pepe Walsingham, de las 30 puertas que tiene la finca, 27 están ocupadas por una o varias abuelas. Por supuesto, no tengo nada en contra de los ancianos, pues yo casi lo soy, pero también soy un gamberro de cojones y me gusta desnaturalizar el aburrimiento que se enclaustra en mis días y mis noches. Ayer por la tarde, provisto de un reproductor de última generación y unos altavoces amplificados me dirigí a esa finca y me escondí en la azotea. Allí esperé a que el reloj marcara las ocho y cuando eso sucedió presioné la tecla Play mientras subía los altavoces al máximo. De repente todo el edificio, y supongo que algunos edificios colindantes, escucharon una voz de hombre perfectamente modulada gritando:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo!»
Como no sucedía nada, esperé cinco minutos y volví a apretar la tecla, esta vez con tanta presión que estuve a punto de cargármela:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cincooooooooo!»
No sucedía nada. O bien las viejas estaban más sordas de lo que yo había esperado o les parecía normal que alguien gritara a esas horas que le gustaba tocarse la minga. Así que lo volví a intentar. Afortunadamente tenía varias grabaciones diferentes:
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y dieeeeeeeez!»
Nada.
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cuartoooooo!»
Silencio total.
-«¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y veinteeeeee!»
De repente una voz de anciana respondió:
-¿Las ocho y veinte? Muchas gracias.
En realidad lo que acabas de leer nunca sucedió, pues ni tengo espías ni soy un tipo excesivamente gamberro. Me lo acabo de inventar porque no se me ocurría qué contarte, más que nada porque nunca me ocurre nada diferente. Mis días son una repetición exacta de jornadas anteriores y mis noches la perfecta definición del vocablo «insomnio». Creo que debería meter la cabeza en una fresadora y enviar la viruta sanguinolenta a nuestro Creador y Todopoderoso por correo ordinario. Pero existen varios problemas: ¡ni existe Dios, ni tengo fresadora! Aunque creo que en la nevera todavía deben quedar algunas fresas que compré para taponar una vagina. Y después poder destaponarla con la boca. Bueno, tú ya me entiendes. Pero es que la existencia es tan terriblemente aburrida… A veces cuento cucarachas. Eso me reconforta. En ocasiones las cuento en francés, pero siempre acabo haciéndome un lío con el «soixante» y el «soixante-dix». Otras veces intento contrarrestar la apatía contando en castellano las petequias de las caras de los cadáveres que veo en mi imaginación. O contando en valenciano las señeras que cuelgan de los balcones de mi calle. O contando en inglés del uno al tres y del tres al uno. O contando en italiano las líneas horizontales que cruzan mis recorridos arriba y abajo cuando camino por el pasillo. O imaginando que cuento aunque no cuente. O contando objetos que no existen. O contando enfermos que tosen en la sala de espera del médico de Atención Primaria que depende de la Seguridad social. O desviándome del procedimiento estándar y en lugar de contar, simplemente computar o enumerar.
Una mosca rolliza camina por mis moretones. A veces se detiene en las intersecciones, pero otras sigue una línea recta indefinida y totalmente invisible y se pierde por la cara oculta de alguna de mis extremidades. Cuando eso sucede, aprovecho para rascarme con mucho cuidado la nariz y espero a que el díptero vuelva a asomar su cuerpo. Sus alas brillan con la luz del sol que se filtra por las cortinas. Su cara, de color impaciente, nunca permanece quieta mucho rato. Sus patas me producen cosquillas y sus canciones silbantes, quizá incluso zumbantes, se disparan como cohetes y explotan formando racimos zigzagueantes. No tiene nombre. Cuando me dirijo a ella simplemente hago un ruidito con la boca. Me pregunto qué vehículo tendrá la mosca. Y si tiene, por qué razón transita sobre mi piel. También me pregunto cuantos padres y madres tendrá la mosca y si realmente todavía confía en ellos. ¿A cuántos seminarios habrá asistido la mosca? ¿Sabrá contar embustes la mosca? ¿O imaginar que todo lo que le sirve para desplazarse no le pertenece? ¿Comete errores las mosca? ¿Es capaz de identificar a su futuro asesino? ¿A qué lado miran las moscas cuando se hacen una foto de carnet? ¿Pueden llegar a perpetuar las mentiras las moscas? ¿Rezan a sus muertos las moscas? ¿Son capaces de doblarse lo suficiente como para chuparse sus propios sexos las moscas? ¿Retienen las sensaciones? ¿Disfrazan las ilusiones? ¿Se juntan en corporaciones?
Imagínate que existe una mierda, una gran mierda, flotando en el cielo. Imagina que esa mierda siempre está sobre tu cabeza y te protege de los elementos. Si eso sucediera, ¿cambiarías tus percepciones sobre las mierdas? ¿Serías capaz de adoptar una mierda y llevártela a tu casa? ¿Y presentársela a tu amante, a tu familia y a tus vecinos o nombrarla heredera? ¡Basta de preguntas ya!
Greg
