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| Mark Beard. The triumph of sodomy |
Hola:
¿Recuerdas mi égloga titulada Conciliábulos, obliteraciones y estados fálicos? Pues aunque hace casi 10 años que la escribí, todavía sigue perturbando a cierto tipo de lectores. Ayer recibí un correo electrónico que… Mejor te lo pego y sacas tus propias conclusiones:
«Señor Gregorio:
No puedo expresarle mi completo desasosiego tras leer su poesía. Decir que ha trastocado mi existencia sería quedarme corta. Por más que lo intento no puedo llegar a comprender la razón por la que existen animales abotargados y furiosos como usted. Ni siquiera soy capaz de entender por qué nadie le ha puesto un bozal, le ha atado las manos a la espalda con una correa de amarre y le ha lanzado al mar. Quizá por el daño que los pedazos desprendidos de su cuerpo infecto pudieran ocasionar entre la fauna marina, ya sabe, peces, cangrejos, tortugas y aves marinas. Por mi parte rezo todos los días para que un cáncer o tumor extremadamente doloroso ponga fin a su paso por este planeta. Y por pedir, me gustaría que entre el diagnóstico de la enfermedad terminal y el bendito, sagrado y obligatorio deceso, un grupo de unos 17 fornidos hombres, inadaptados y de varias razas, le violasen bucal y analmente durante dos jornadas completas mientras un exorcista lanza pétalos de petunias y rosas rojas sobre las sábanas sudadas y repletas de orín, semen y sangre.
María de los Dolores García Flores»
Desde luego, esta señora, María Dolores, no es miembro de mi club de admiradores, pero no me importa. Lo que ella desconoce es la cantidad de veces que he recibido correos parecidos. Y a pesar de todo: sigo vivo, con una salud de hierro y con ganas de escribir una segunda parte a la que titularé Eres una burdégana picia, María de los Dolores.
Cambiando de tema, ayer dediqué parte de la tarde a imaginar parte de la noche que se acercaba. Durante las primeras horas de esa noche de ayer medité profundamente sobre la mañana de hoy, y hoy, es decir, ahora, voy a zurcir unos calcetines. Aunque soy un fan de las patatas calcetineras, en un par de horas tengo sesión con el podólogo y ya me dejó muy claro la última vez que lo visité que debería guardarle el respeto y que la mejor forma de guardárselo era llevar perfectamente zurcidos los calcetines o llevar calcetines nuevos de trinqui. Está claro que por un puto especialista no me voy a comprar calcetines, ni siquiera un camisón o un chubasquero. No me compré ropa cuando vino de visita su santidad el papa Benedicto XVI, ni siquiera cuando acudí al Salón Erótico de Barcelona a ver en primer plano la chirla de Apolonia Lapiedra. A decir verdad solo compro vestiditos para la Nancy que le regalé a la hija de una amiga a la que me quiero beneficiar y que todavía no me he podido beneficiar. Los beneficios llevan su tiempo. Pero sin embargo el tiempo pasa. Entre el preámbulo beneficial y la consumación ganancial, un millón de gatos son atropellados en las carreteras. Algunos de esos atropellos podrían haber sido evitados, pero es tan difícil evitar, eludir, esquivar. Por eso a veces afeito la cara de la nieta del fundador de Cofidis. Ella dice que nadie, ni siquiera Pierre, el peluquero francés de su abuelo, le deja la piel tan irritada como cuando lo hago yo. Y encima dicen que soy un tipo que no hace nada por nadie, que solo piensa en sí mismo y que escribe églogas dolorosas y que rayan la pornografía más descarnada, inmunda y mugrienta.
En realidad, solo quiero que me quieran… y me paguen bien por quererme.
Greg «Manson» López
