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| Réné Magritte, «The Reckless Sleeper» (1928) |
Hola:
Esta noche he tenido un sueño realmente extraño y preocupante, pero no voy a contártelo, sólo se lo relataré a mi psicólogo y a mi forense, pero puedo adelantarte que trataba sobre escolopendras modificadas genéticamente que se alimentaban de globos oculares humanos con trastornos glaucomatosos. Está claro que no ha sido un sueño especialmente agradable, pues me he levantado sudoroso y compungido; incluso ha habido un momento en que he pensado que seguía soñando todavía, sobre todo cuando he intentado afeitarme con el cepillo de dientes eléctrico. ¿Para qué sirven los sueños? En mi caso para desayunar tres cigarros seguidos, aunque me imagino que su fin primordial será que nos planteemos por unos instantes el sentido de nuestras existencias. ¿Cuál es la razón que tenemos para vivir? ¿Quizá prepararnos para morir? Si es así ¿Por qué no nacemos muertos? Nos evitaríamos un montón de facturas y, lo que es más importante, nos libraríamos de tener que robar ropa de diseño cada principio de temporada o estación. Alguien dijo una vez que soñamos unicamente para lubricar el cerebro y que éste no se atrofie, pero yo estoy convencido de que soñamos exclusivamente para poder movernos en la cama y sacar partido a toda la extensión del colchón de látex.
Si los humanos soñamos, ¿cómo será el sueño de los animales y de las plantas? ¿Soñarán los perros con huesos y palmaditas en la cabeza?, ¿Soñarán los cocodrilos porosos con cadáveres flotando en el estuario y libres para ser devorados? Una begonia, por ejemplo, ¿soñará con abono nitrogenado? Nadie que no haya sido animal o vegetal puede responder a estas preguntas, lo cual me lleva a replantearme otras cuestiones que no deberían dejar indiferente a ningún ser: ¿Por qué no se fabrican Valiums en formato de gominola? ¿Es eficaz un Tranxilium si nos lo introducimos por el recto? ¿Cómo es que a día de hoy ningún chef perteneciente a la corriente renovadora ha inventado el soufflé de Clonazepam?
Si quieres que te sea sincero -ya sabes que a veces puedo llegar a serlo- no me seduce la vida y eso es algo que saben todos los que me conocen, pero tampoco me convence demasiado la muerte. Morir implica tener que vivir, aunque sólo sean cinco minutos y en algunas ocasiones, cinco minutos pueden ser una eternidad. Imagínate lo largos que pueden hacerse esos minutos al lado de un imbécil, o sentado en la silla del odontólogo escuchando sus memeces mientras te escarba en la boca con un osteotomo de punta fija de acero inoxidable y te hace preguntas estúpidas que te es imposible contestar. O por poner un ejemplo extremo, imagina que alguien te obligue a tragarte cinco minutos del film de Ozores «Los bingueros» sin posibilidad de cerrar los ojos o dirigir la mirada a otra parte.
Lo ideal sería que tuviéramos el poder de manufacturar nuestros propios sueños: hoy quiero soñar con Milla Jovovich acariciando un solomillo de ternera y mañana con Santiago Segura eyaculando sobre la cabeza de Rosy de Palma. ¡Eso sería ideal!, pero lamentablemente no es posible, aunque algunos cenutrios estén convencidos de que es algo factible.
Me gustaría acabar este pesadillesco texto con una frase corta de William Butler Yeats que creo que define con exactitud cínica todo lo que yo no he conseguido en todos los párrafos anteriores: «Pisa con suavidad porque estás pisando mis sueños»
Besos (reales)
