Email del 9 de julio 2015

Andre Petterson, Spent (s.XXI)

Querida:

Hace poco más de un año estuve en el despacho de un tipo que, después de deshacerse en elogios sobre mis dos libros, mi blog y mis «chispeantes diálogos» me pidió que escribiera el guion de una peli porno que pensaba rodar en primavera. Cuando le contesté que aunque fuera pobre tenía unos principios éticos tan firmes como el escroto de Belén Esteban, él me respondió que le importaban un comino mis principios y me enseñó un cheque. Al ver la cantidad garabateada sobre ese pedacito de papel le choqué la mano, me la choqué a mí mismo y se la choqué a la señora de la limpieza, que en esos momentos trataba de quitar el polvo de un frenillo esculpido en madera que servía de pisapapeles.
-Bueno, ¿Y cuál es el título de la película? Necesito tener una idea de la que partir para empezar a escribir algo.- pregunté.
-«El taladrador de la Complutense»- respondió, satisfecho de sí mismo.
-¿El taladrador de la Complutense?
-Sí, «El taladrador de la Complutense»- volvió a contestarme, esta vez despacito, como si se dirigiera a un retrasado mental.
-¿El taladrador de la Complutense?- preguntó la mujer de la limpieza.
-Señora, usted a lo suyo- Escupió a la empleada mientras intentaba fulminarla con la mirada.
-Entiendo… El taladrador, ejem. ¿Escribo sobre un obrero de la construcción que…?
-Gregorio, ¿te puedo llamar Grego? Grego, escribe lo que quieras, pero has de tener en cuenta que deben haber dos escenas de sexo oral, tres de sexo en grupo, cinco de auto sexo, seis de voyerismo, una de orgía, cuatro de lesbianismo, una de lluvia dorada, tres de sadomaso y dos de anal.
-Espere, por favor… tomo nota. ¿Puede repetírmelo?

Cuando ese mismo día llegué a casa y medité acerca de dónde me estaba metiendo, sufrí un repentino ataque de asco. Lo primero que se me ocurrió fue llamarle y rechazar el trabajo, pero cada vez que intentaba agarrar el teléfono, una cifra siniestra y con varios ceros sinuosos y completamente desnudos, transmutaba mi ingenuidad moral en avaricia ciega.

No sé por qué te cuento esto. Quizá para que te des cuenta de qué clase de puta literaria tienes por amigo. Ya no quiero seguir siendo un escritorzuelo. Necesito ser feliz. Un escritor jamás podrá ser dichoso, ni siquiera dopado. Los fruteros, los enterradores, esos sí son felices. Quiero volver al principio. Quiero irme con mi mamá. ¿Sabes? Ella me acariciaba y a su lado nunca tenía miedo. Claro, que luego llegaba papá y ella lo acariciaba a él. Pero no me importaba demasiado porque entonces yo me ponía a acariciar un pañuelo de seda. Me encantaba notar su suavidad sobre mi piel.

El tiempo no perdona. ¡Cómo me gustaría asesinarlo! Los años pasan como si fueran neutrinos y atropellan nuestras ilusiones, que se esfuman avergonzadas. Nos hacemos mayores, pero nunca perdemos la inocencia y el candor que tantas veces nos meten en problemas de difícil solución. Y mientras esto sucede, dilapidamos las horas contando cada una de nuestras lágrimas y poniéndoles un nombre. ¡Está decidido! Voy a alquilar un bajo y a despachar productos fitosanitarios. O quizá togas y vestimentas de la antigua Roma. A la mierda las palabras, las frases, los puntos y las comas.

Un besazo.