Email del 11 de julio 2015

Duy Huynh, Time Flies With Strings. 2009

Hola querida:

Ahora mismo estoy escondido detrás de una puerta, esperando que no regrese o por lo menos se retrase indefinidamente la inconsistente repetición de los días anteriores disfrazada de jornada innovadora u original. Hoy necesito que suceda algo, cualquier cosa. Ya no soporto percibir cómo un desperdigado puñado de segundos comprometedores se unen sin un verdadero motivo y forman una hora amenazante. Si yo no fuera el mismo individuo saturado e insatisfecho que seguramente seré mañana, me gustaría que el tiempo como magnitud física finita que separa y mide los acontecimientos, o por definirlo de otra forma, el flujo sucesivo de microsucesos constantes, pudiera arder en una especie de pira, pues hace un rato, dos ratos o quizá tres, es decir, el instante que equivale a un tercio de un momento completo, he sentido la necesidad de arroparme con un pequeño pensamiento, fugaz y distorsionado, porque tenía frío.

No conozco el lugar del que seré expulsado cuando el orden y el destino, aliados en esa especie de clan corrompido, sometan el conocimiento a la lenta agonía de la demencia más trastocada. No soy capaz de distinguir entre las sombrías razones o la percepción distante (¿fingida?) que criogeniza los recuerdos más relevantes. Pero de una cosa estoy seguro: no entiendo absolutamente nada de lo que sucede a mi alrededor. Nunca lo he entendido. Nunca me ha importado. ¿Nunca?

Mientras miro hacia ningún lado, el «ahora mismo estoy escondido detrás de una puerta» ya no existe, por lo tanto no tengo más remedio que participar en el «hace apenas unos instantes» o incluso algo parecido a «cuando estaba escondido detrás de una puerta», aunque me cueste cierto sacrificio enterrar ese suceso más o menos lejano, restringido y falsamente evocador. Si pudiera volver a esconderme tras la puerta quizá aprendería a asumir los preceptos que por cobardía delego, esas lustrosas concepciones remotas pero evidentes, esos maquiavélicos esbozos que representan cada cara de cada una de las distintas percepciones. ¡Todavía espero que suceda algo!

La regla que prescribe que la sensación de angustia ante la presencia del futuro no es más que un comportamiento común dentro de una sociedad regida por los pensamientos catastróficos, probablemente se basa en la ausencia de estadísticas refutables. O quizá en la seriedad de su postulado, aunque éste sea totalmente desacertado y engañoso. El miedo no puede ser agrupado, ni amontonado o combinado. El miedo no tiene ética, ni conoce la moral. No diferencia el bien del mal y es insobornable. Puede ser alimentado, pero no domesticado. Podemos ocultarlo entre nuestras fobias u obsesiones, podemos acicalarlo y perfumarlo, pero siempre se moverá inquieto porque está vivo.

Y cuando sus desechos pútridos y descompuestos invadan nuestros cuerpos, dejaremos de ser «nosotros» y nos convertiremos en «ellos». Y ellos saben que no tienen un destino predeterminado. Ellos saben que la realidad muta a conveniencia. Ellos saben que las representaciones mentales son sospechosas. Ellos saben que el pasado nos narcotiza. ¡Ellos lo saben todo! Lo saben todo porque no son más que cada uno de nosotros, dispersos como semillas al viento, esperando el momento oportuno. Ellos son parte de la línea y son capaces de alterar los instantes, las circunstancias. Ellos se nutren del desconocimiento y cuando están ahitos emanan enconos uberrimos e instilan dosis eternas de voluntad corrupta que ofusca nuestro poder de decisión.

El miedo es una gárgola que nace en nuestro cerebro y se desarrolla en el hipotálamo y el complejo amigdalino. Cuando ese hecho sucede, las emociones de lucha o huida entran en competición. La partida siempre se desarrolla de una manera amañada, pues las reacciones apuestan por la curva ganadora. Eso nos hace errar y abandonar el envite apresuradamente. Pero nunca somos capaces de reparar en que la apuesta ha sido arriesgada y las contingencias están definidas. Por esa razón la puerta que me protege sólo existe porque yo le insuflo vida. Cuando la traspase, un millón de actitudes racionales golpearán mi dignidad atrofiada y cuestionarán, localizarán, procesarán y sentenciaran cada uno de mis dogmas manufacturados con el único propósito de sintetizar y equilibrar los cambios continuos, no estáticos, casi dinámicos, y de ningún modo, adaptados al comportamiento humano.

Besos y abrazos