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| Vincent van Gogh. Two rats (1884) |
Hola:
«-¿Así que todo fue un accidente? Un jodido accidente, ¿no es así? -preguntó el inspector al tipo que estaba tirado sobre el suelo y sollozaba desconsoladamente.
-Le juro por mis hijos que fue un accidente. Yo no quería que todo terminase de esa manera. Mi intención era matar un solo mosquito, pero se me fue la mano y acabé con la vida de dos mosquitos.
-Se comprometió a matar a un mosquito. Uno no es lo mismo que dos. Conozco a los tipos como usted. He lidiado con ellos desde el comienzo de mi carrera, cuando solo era un policía de barrio. ¡Míreme a los ojos! No se va a salir con la suya. Pienso acusarle y encerrarle.
-Estaban tan juntos. No pude hacer otra cosa. ¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!
-Naturalmente que estaban juntos. Es la época de apareamiento. Pero a usted eso le da igual. Quería matar varios mosquitos de la manera que fuese. Luego pensaba esconder los cadáveres del resto y dejar un cuerpo para que pasase el control. ¿Se cree que somos imbéciles?
-¡Es cierto! ¡Lo hice! Lo hice a propósito. ¿Y qué? ¿Me van a condenar por eso?
-No. Usted conoce las normas. O por lo menos, debería conocerlas. No será condenado por eso. ¡Pero le condenaremos por cualquier otra cosa! Todo el mundo debe ser condenado.
-Usted forma parte de todo el mundo.
-Yo ya fui condenado tres veces. Ahora le toca a usted. Desconozco cuántos años deberá cumplir, pero le aseguro que cuando salga de la cárcel su vida será diferente.»
El pasaje anterior pertenece a un relato corto titulado Supuración, que junto a otros cinco relatos, entre ellos Yo sodomicé a Mojo Jojo o Esmegma y satori conforman el volumen Narraciones orinientas que acabo de enviar a mi editor. En realidad mi editor falleció hace ocho años pero yo sigo remitiéndole todo lo que escribo. Es una cuestión de honestidad. La tipa que dirige su empresa en la actualidad me envía toneladas de cartas, emails y paquetes certificados recordándome en 18 idiomas que mi valedor ya no se encuentra en este mundo, y que a ella mis textos le recuerdan a las arrugas epidérmicas que suelen aparecer alrededor de los anos de ciertas especies de paquidermos. Pero no me importa. Yo no escribo para ella. Ni siquiera para cualquier tipo de público. Yo escribo para mí. Si intento que se publiquen mis trabajos es porque tengo dos cajones llenos de sobres y sellos a los que necesito dar salida.
Escribir es relativamente sencillo, por supuesto, siempre que uno no sea una especie de cruce entre chimpancé y calzoncillo. Lo verdaderamente complicado es tejer una historia que, aunque tenga o no sentido, se pueda leer sin llegar a desencajar la mandíbula de un bostezo. Supongo que mucha gente estará en contra de las dos afirmaciones anteriores, pero me importa una vaina extraterrestre pluricelular lo que puedan pensar. Ya tengo suficiente con controlar mis impulsos parasiticidas o a las anchoas cerebrales que dirigen mis cotarros, como para tener que preocuparme por pensamientos ajenos y totalmente alejados de la realidad. Mi realidad (o por lo menos, la única que me interesa).
Un rasgo común a todos los escritores (y escribidores), pertenezcan a un sexo u otro, es su incapacidad casi total para emitir valoraciones objetivas sobre las propias mierdas que escriben. Porque no existe en el mundo ningún autor que entre un trabajo y otro, más o menos correctos, no garrapatee verdaderas bazofias vergonzantes. Exceptuándome a mí. Pues soy capaz de escribir historias vergonzantes concatenadas. No necesito presentar mis textos malos disimulados entre los que yo -o cualquiera- pueda llegar a pensar que son buenos. Por esa razón creo que merezco un lugar en la historia. O mejor, la historia merece un lugar en mí. O tanto la historia como yo merecemos un lugar en otro lugar. Pero existen tan pocos lugares. Casi todos los lugares son el mismo lugar o una imitación perfecta del lugar que todos quieren que sea su lugar. Mi lugar es un nido de ratas. Por él corretean las más lustrosas mientras el resto se tienen que contentar con cequetas y azarbes. Y mientras todo lo que creemos que debería significar el vocablo «creación» se alimenta con los detritus de la ignorancia y el desconocimiento, mi hígado empeora de una manera alarmante.
Heno de Pravia es el aroma de mi hogar. Pero si has leído atentamente el párrafo anterior habrás advertido que mi hogar es una acequia. Si alguna vez me entero de que Heno de Pravia es el aroma de tu hogar, o del hogar de otros, entonces, Heno de Pravia dejará de ser el aroma de mi hogar y buscaré otra marca para que aromatice mi acequia. Pero si por alguna extraña coincidencia, Heno de Pravia también es el aroma del hogar de Elvira Lindo, en lugar de cambiar de producto, quizá me atreva a pedirle que venga a vivir conmigo a mi acequia. Con la bendición de su cónyuge, of course.
Greg Pez
