Email del 17 de agosto 2018

Rembrandt. A bust of an old man (1633)

Querida:

A veces pienso en el tiempo que he dedicado a intentar comprender de qué va todo esto. Para ser exactos, 55 años, pues la primera anualidad de mi existencia la dediqué a patalear. No me entiendas mal, todavía pataleo, pero ahora lo hago con la seguridad que proporciona la ajadez y la erudición reflexiva. Si tuviera que definir con un vocablo lo que para mí significa existir creo que utilizaría el término «uf», pero no el «uf» que sirve para definir la millonésima parte de un faradio, sino el «uf» interjectivo que expresa alguna impresión repentina e imprevista o una sensación trascendente y con serias consecuencias. Claro que también podría ponerme en plan erudito y determinar que todo lo que hemos sido y somos, no es más que una colección de despropósitos inútiles que solo sirven para que (algunos) seamos capaces de tomar conciencia de la gravedad que supone razonar. Yo, desde luego, ya hace años que no razono, o mejor dicho, razono menos tiempo, pues prefiero dedicar varias horas de cada jornada a beber Coca-cola y zampar Bollycaos. Llegados a este punto supongo que te preguntarás por qué estúpida razón hago eso. Pues porque no tengo una pistola. Si tuviera un arma de fuego, todo sería más sencillo. ¡O puede que no!

Hablando de dedicar, ayer dediqué parte del día a tomar conciencia sobre mi contribución a la historia de la memez humana. El resultado fue 2-0. En el intermedio perdí un poco la concentración y me costó bastante entrar de nuevo en el partido. Al final logré clasificarme para los cuartos de final y actualmente estoy negociando el traspaso de un nuevo cerebro. Supongo que te tendré informada de las negociaciones. Aunque la verdad es que nunca se me ha dado bien mantener a alguien informado, ya sea de negociaciones como de transacciones, purgaciones o putrefacciones. ¡Y es que soy tan poco dado a demostraciones! Por favor, ¿alguien podría argumentarme las ventajas de las satisfacciones? ¡Soy un tipo tan anhedónico! Y tan patognomónico, malencónico y plutónico. Debería darme pena, pero por el contrario me produzco júbilo, algazara y satisfacción. Y aunque estoy convencido de que soy un ejemplo a seguir, prefiero que nadie me siga, pues no troto ni trocho de una manera demasiado elegante.

Y aunque camino por la senda de las eternas insatisfacciones, siempre tendré en cuenta que gracias al espermatozoide campeón que fui, mis progenitores tuvieron un instante de gozo sexual y quizá un pequeño orgasmo. Luego ese pequeño orgasmo se trastocó y solo sirvió para producirles grandes y terribles dolores de cabeza. Actualmente, pese a que todavía conservo la cara de gameto dominador, prefiero mantenerme al margen. Por supuesto, en ocasiones, también soy capaz de mantenerme al borde, al costado, en la frontera o incluso al límite.

Greg