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| Gene Davis. Split beat (1965) |
Querida:
Una de las interpretaciones probables de un visaje es el prurito o la excoriación. Ahora bien, esta afirmación no puede ser tomada demasiado en perspectiva, si el ente emisor de dichas irritaciones no se avía tal y como las disquisiciones higiénicas aconsejan. Tú y yo sabemos que la rebeldía insubordinada constituye el rasgo fundamental de la especie sapiens (del género Homo), que en ocasiones sustenta teorías, conjeturas y especulaciones. ¿Recuerdas todas las malditas especulaciones que la chusma descerebrada propagaba (y sigue propagando) sobre los Fruittis Mochilo, Gazpacho y Pincho? ¿Recuerdas los problemas que atrajo sobre la aldea donde vivían esas maravillosas frutas, legumbres, plantas y frutos secos, el jodido volcán? No puedo quitarme de la cabeza a Kumba, Fresón y Alcachofo. Pero tampoco puedo quitarme de la cabeza la «Regla de la Totalidad». Si todas las líneas de un conjunto piramidal infinita son teoremas, entonces, ¿la distrofia en forma de poliedro que padezco desde hace años en el músculo piramidal es un puto teorema o proposición? No encuentro ninguna coherencia. Pero tampoco soy capaz de demostrar ninguna incongruencia. Es posible que una mínima generalidad sea pertinente, pero el cálculo de las probabilidades arroja demasiadas variables fácilmente evidenciables. Imagina que edifico un pensamiento con forma de esquema Ponzi, es decir, piramidal. Y sigue imaginando: ahora agarro el peluche de Gorilón y lo sitúo en el vértice. ¿Te imaginas lo que sucederá a continuación? Exacto. ¡Absolutamente nada! Porque resulta que me he equivocado y el peluche que tengo no es el de Gorilón, sino el de Monus. Recomencemos de nuevo. Imagina que sitúo el peluche de Monus en el vértice de la pirámide. ¡Olvídate de Ponzi! ¿Qué crees que sucederá a continuación? Pues que entrará corriendo mi sobrina Amparo López y se llevará el muñeco, que para eso es suyo. Entonces yo me quedaré con la cara arrugada y hasta puede que dibuje algún pequeño gesto de cabreo, pero sin pruritos o excoriaciones.
Las mañanas se me hacen eternas. A veces intento cubrirlas con los vestidos de las tardes. Eso ayuda a mi cerebro a creer que pronto llegará la noche. Y con ella ese manto paralelo denominado opacidad irreversible. No es que las noches sean mejores que los días, o por lo menos que las mañanas, pero el silencio lo ilumina todo. Excepto cuando los borrachos y las borrachas entonan juntos viejas canciones sobre amores rotos y esperanzas difuminadas. Hoy todo es exacto a ayer, excepto en que soy 24 horas más viejo. Ayer fue una repetición exacta de anteayer o del resto de días que comprenden cada mes, cada año, cada lustro o década, desde que llegué a la terrible conclusión de que todos los días y todas las noches no son más que una forma de describir un conjunto de sensaciones, reales o no, que nos impiden darnos cuenta de lo que somos. ¿De lo que somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? Somos cualquier cosa que se nos pase por la cabeza en cualquier instante. Y eso ya es suficiente. Aunque desde pequeño siempre me habían explicado que nunca es suficiente. Todo es suficiente. Pero nada también es suficiente. Incluso repletos de insuficiencias, podemos llegar a comprender el alcance de cada una de esas pequeñajas suficiencias que aparecen cuando menos se las espera. Aunque luego, siempre acaban cobrando un impuesto.
Acabo de alargar el cuello y he reparado en que la meta ubicada más adelante no es más que un nuevo principio. Quizá por eso mis sensaciones son muy diferentes a las que me devoraban hace unos pocos minutos. Desde luego, estas nuevas percepciones son tan avasalladoras como las anteriores, pero por lo menos sé que son manufacturadas por mi cerebro con el único propósito de que no me rinda. O quizá para que calle la boca durante unos minutos y deje de quejarme. Pero si callo la boca y dejo de quejarme, significa que no existo. Existir implica berrear. Existir es una forma sutil de informar a la eternidad de que ya estoy hasta los huevos de tanta gilipollez. Podría dejar de existir, pero no sé cómo hacerlo sin provocar demasiado dolor a mis progenitores. ¡Todo es suficiente! ¡Todo es suficiente! Incluso los malditos chantajes emocionales. Me gustaría conocer lo que se esconde dentro de la inexistencia, pero no quiero hacer daño. Por no hacer daño me hago daño a mí mismo. Es curioso cómo funciona todo. Hay que sufrir para que otros no sufran. Hay que dejar de sentir para que los que te rodean puedan sentir a placer. Hay que tragar y tragar para que todo siga como lo dispuso la rueda del tiempo.
A primera vista… O mejor, después de leer el primer párrafo, cualquiera pensaría que soy imbécil. Después de leer el segundo y tercer párrafo cambiaría de opinión y manifestaría que soy un estúpido niñito adulto megalomaniático que, como lo ha tenido todo en esta vida, necesita lloriquear para hacerse escuchar. ¡Menos mal que nadie va a leer el quinto párrafo! Porque nunca me han gustado los quintos párrafos. Ninguno de mis libros o textos tiene quintos párrafos. Todos pasan directamente del cuarto al sexto. Y sin embargo, nadie ha reparado en esto. Son capaces de llegar a conclusiones precipitadas sobre las deficiencias de mi intelecto, pero no han llegado a darse cuenta de mi profunda fobia a dicha fracción. Por eso siempre me he sentido solito. Y quizá por esa razón llegué a creerme un Fruittis más: el pimiento pocho Gregorión. Y si alguien alguna vez se toma la molestia, quizá pueda llegar a darse cuenta de los paralelismos ocultos entre tanta fruta con insondables sentimientos.
Gregorión.