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| Pablo Picasso. Figure (1927) |
Amiga:
Yo y yo y yo y el resto de yoes estábamos muy unidos. Afortunadamente todas mis personalidades tenían un talante compatible y yo disfrutaba con cada una de ellas. Un día intenté contar el número de esos otros yoes que vivían en mi interior y la cifra resultante me dejó un poco mareado y descompuesto. Así que me dirigí al aseo e intenté vomitar un poco, pero me fue imposible porque Greg XXII, mi personalidad número 22, comenzó a increparme por ser un cuerpo «blandiñoño», y no tuve más remedio que demostrar mi gallardía escupiendo sobre el espejo y manoseando mis partes intimas por encima del pantalón con una fuerza tan inusitada que a partir de ese momento desarrollé una cistitis crónica.
De pequeño me fascinaban los testículos. Bueno, no todos los testículos, sino los míos, que me colgaban como una pareja de padres ahorcados y me dificultaban el movimiento. No es que fueran demasiado grandes, sino que en aquella etapa de mi vida no tenía claro en qué posición debían estar cuando me ponía los calzoncillos. Has de tener en cuenta que las perneras se desarrollaron unos años más tarde y hasta entonces, las gónadas podían ir a cualquiera de los dos lados o perfectamente ajustaditas en el centro. Mi personalidad LXVII carecía por completo de dídimos, lo cual no le importaba en absoluto. Una vez le pregunté cuál era la razón de su falta de hombría y su respuesta fue una pedorreta criptomnésica.
A muchos de mis conocidos y amigos no les gusta la idea de que, sin saberlo, quizá estén alojando en sus interiores un número indeterminado de yoes. Les aterroriza llegar a la conclusión de que no son los dueños de sus cuerpos y sus mentes. Uno de ellos, Casimiro Sandemetrio, incluso me dijo en una ocasión que si descubría alguna vez algún rasgo de desdoblamiento de personalidad se haría monja. Cuando le recordé que para ser monja era necesario ser mujer, me contestó que entonces se haría mujer. En cierto modo esa respuesta me recordó a XXXV, la personalidad más psicótica de cuantas influían en mí y en mis actos. La llamaba «forma Henry Howard Holmes 35 sin bigote» y tenía una apariencia extraña, pues más que un humano parecía un hongo. No me lo estoy inventando, tenía forma de hongo nuclear. ¿Has visto alguna vez un hongo nuclear? Entra en YouTube y podrás ver algunos de los años cincuenta y sesenta.
Pero no sé por qué te cuento mis intimidades. Quizá porque confío demasiado en ti. Al fin y al cabo eres la mujer más cipotuda que he conocido y eso, seguramente, impide que me distancie de ti como hago con el resto del mundo. No es que me gusten los penes, pues prefiero los panes (sí, ya sé que es un chiste malísimo), pero hay algo en nuestra relación que me recuerda al pizzo siciliano. Y yo prefiero la pizza napolitana (otro chiste de pena). Ahora voy a dejarte, el tipejo XIX se ha hecho de vientre encima. Y su encima es mi encima. También es mi debajo y mi en medio.
Greg
