Email del 23 de enero 2018

Rene Magritte. The musings of the solitary walker (1926)

Querida:

Tienes razón, últimamente solo escribo sobre la senectud en sus diversas manifestaciones, pero, seamos serios, a mi edad no creo que pudiera escribir sobre la nubilidad. Y si por alguna insólita e irreflexiva razón me atreviese, no creo que pudiera ser demasiado objetivo. Tengo 56 años, pero me pesan como si tuviera 735 o 736. Y eso que bebo agua Font Vella todo los días e intento pensar en positivo. Incluso tengo todas las paredes de la casa empapeladas con mensajes tipo: «sonríe», «la vida es bella», «hoy es un día para tener un gran día» o «recuerda ocultar el cadáver y deshacerte de las pruebas». A menudo pienso en la ventana de mi habitación. No es que sea diferente al resto de ventanas de mi casa, pero es la que me pilla más cerca para saltar por ella o para vomitar encima de la gente que camina por la calle. Lo que todavía no he llegado a entender es por qué pienso en esa ventana y no en media docena de mujeres en microkini. Quizá es que ya no me interesan las mujeres con tanta ropa encima, o puede que sea un tipo de conjuntos. Sea lo que fuere, en estos instantes de mi vida solo me interesa una cosa: el aguachirle. Cuando me trago cuatro o cinco litros en menos de cinco minutos, ya no me importan ninguna de las pequeñas cosas que hacen que me sienta inseguro, inestable y terroríficamente sexy cuando no voy ajumado. Pero no nos equivoquemos, vaya o no vaya tajado, el resultado siempre es el mismo: singultus.

Hace un par de días, cuando caminaba meditabundo por el Saler, un pescador me llamó «ternerito». Cuando me acerqué a él con el propósito de partirle el cráneo en varios pedazos del mismo tamaño, pudo verme mejor y entonces me dijo que le perdonara, que se había equivocado, que me había confundido con «otra». Eso le salvó de una muerte segura, pero no de que media hora después, aprovechando su ausencia le quemara la barca, el coche, la casa, el chalet de montaña y su bar preferido con todos sus clientes dentro. Y si no prendí fuego a toda la dehesa y sus pueblos circundantes es porque me quedé sin cerillas. Recuerdo que cuando caminaba de vuelta a mi barrio pensé que había sido un día perfecto y me puse a tatarear la canción del mismo título de Lou reed. Sin embargo, me equivocaba, pues cuando llegué a mi casa tenía una nota pegada con celo en el marco de la puerta que decía:

«Soy la oreja negra. Tienes tres días para pintarme de blanco»

Bueno, amiga, ahora debo meditar sobre ciertos sucesos que me impiden dormir de lado. Y no creo que sean flatos. Mañana volveré con más lamentos. Si no dispongo de lamentos intentaré conseguir sollozos o gimoteos.

Te aprecia, aunque casi nunca se acuerda de ti:

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