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| Edvard Munch. Dance of life (1899-1900) |
Querida:
Si has leído, o mejor, si has visto la trilogía ESDLA, habrás observado que la vara de Gandalf -por lo menos en las secuencias de Minas Moria- lleva incrustada en la parte superior una bombilla Osram de 60 vatios. Yo esta mañana también he tenido una bombilla flotando sobre mi cabeza. Es una lástima que no haya apuntado esa maravillosa idea, pero a veces me fío de mi memoria y suceden ese tipo de catástrofes. ¡No sé para qué diantres me compré el cuaderno Moleskine! Ahora mismo descansa debajo de la pata de una mesa vieja que cojeaba. Yo también cojeo, aunque es debido al peso del lado derecho de mi cerebro que, como en cualquier ser humano, controla la parte izquierda de mi cuerpo. ¿Me imaginas caminando con un cuaderno Moleskine o incluso Rhodia Webnotebook debajo del pie zurdo? Una vez caminé con una compresa pegada debajo de un zapato. No recuerdo en estos instantes si era del derecho o del izquierdo. El asunto sucedió hace muchos años. Tampoco recuerdo la marca de la compresa y cómo llegó a pegarse a mi suela, pero te juro por mi reencarnación anterior que todo lo que te he contado en el pasado, lo que te cuento en el presente y lo que pueda llegar a contarte en el futuro es verdad. Excepto cuando te cuento alguna mentira, hecho que sucede bastante a menudo. Según un estudio de mi antepenúltima expareja publicado en Scientist Spanish, miento más que respiro. ¡Y se supone que respiro entre 1000 y 1200 veces por hora! Por lo cual debo mentir entre 1201 y un número indeterminado de veces en 60 minutos. Pero tampoco considero que mentir sea falsear la realidad. Una mentira es una verdad desenredada, corregida y metodizada. Y salpimentada. Y amasada con rítmicos movimientos de las caderas, tipo Elvis, ya sabes… ¿Qué cojones vas a saber, si ni siquiera yo sé qué es lo que estoy escribiendo? A veces se me va la olla. Según el mismo estudio de mi ex, se me va la olla tres veces cada diez minutos, con lo que tenemos un total de 567.923 veces cada 75 años. Una cantidad considerable, pero muy baja comparada con las cifras alcanzadas por Karlos Arguiñano, por poner un ejemplo. Además, ¿que yo sea un sujeto inestable, mentiroso y totalmente corroído por la envidia me resta puntos como persona? Yo creo que no, por esa razón nunca pude llegar a comprender al hijo de mi antepenúltima ex, la del estudio en Scientist Spanish, cuando proclamaba berreando que yo, junto a Calígula y Atila el Huno, formábamos la gran triada perfectible y defectible de la especie Homo sapiens.
No obstante, todo se vuelve confuso cuando medito sobre el miedo que tengo a la vida y a la muerte. Aunque mi determinación es inquebrantable, a menudo me niego a sentir algo por alguien. El problema de sentir algo por alguien es que si siento algo por alguien, perderé todo lo que tengo y acabaré quedándome solo con ese alguien y sin el algo, que al cabo del tiempo suele salir disparado por cualquier resquicio o hendidura. Y no quiero acabar mis días y mis noches con un alguien -sin algo- que come bombones a todas horas mientras se rasca el culo con gran deleite y vomita sobre mí lo mucho que me quiere, sobre todo cuando atraco bombonerías y le consigo bombones. Los bombones, hasta donde yo sé, no tienen ese algo. Ese algo que quizá ni existe y no es más que una etiqueta utópica que nos sirve para no perder el hilo de nuestras propias imperfecciones existenciales. Yo te quiero, tú quieres a otro. Ese otro está coladito por otra, que a su vez se acuesta con otro y otra al mismo tiempo. Uno de esos otros y otras, no importa cuál, tiene una relación seria con otro y ese mismo otro sueña con tener sexo anal con otra. Todo en esta vida son «otros» y «otras». Y entre un «otro» y otro «otro», otro «otro» saca partido a cada una de sus míseras circunstancias. Y al final solo queda ese recuerdo transmutado, ese conjunto de apariencias adulteradas, ese caminar a todos los lados sin saber que cada lado es el mismo lado.
Greg
