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| Lucian Freud. Leigh on a green sofa (1993) |
Querida:
El sofá de mi comedor debería estar en un contenedor de basura, sin embargo, todavía sigue apoyado sobre la pared donde ha permanecido los últimos 35 años. Te escribo esto con mis martirizadas nalgas asentadas sobre uno de sus flácidos y pastosos asientos forrados con bucaram o retorta. Podría escribirte desde una silla o tumbado en la cama, pero no tengo fuerzas ni para levantarme. Mi único pasatiempo es escuchar las notas de los borborigmos que escapan de mis tripas mientras intento evadirme de este consuetudinario y letal «Todo». Quizá parte de la culpa de la apatía que me tupe sea debida al jodido calor que azota al sector sur de mi barrio, pero también es probable que no se trate más que de otro ataque de miserabilidad existencial. Suelen darme un par cada tres meses y sus duraciones nunca sobrepasan los 12 días. No sé. Es como una especie de menstruación disfrazada de niebla de advección, que debilita mis ya de por sí debilitados estados de ánimo y que me impide ver cualquier atisbo de positividad en cualquier cosa o cualquier lado. Ni siquiera imaginar que todos los humanos del mundo -excepto el que escribe este email- padecen de purgaciones, me alegra durante un exiguo lapso de tiempo. Creo que debería llamar por teléfono a mi doctora en psicología clínica, pedirle perdón por haber comparado su cara con un plato de sopa de pene de toro y suplicarle que vuelva a tomar las riendas de mi aniquilación. Con ella como terapeuta, mi autodestrucción era mucho más ordenada.
¡Ojalá las neveras pudieran dirigirse hacia el lugar donde completamente extenuados descansan sus amos y señores! Porque yo no tengo el suficiente arrojo como para poder levantarme y dirigirme hacia ella. Y necesito beber líquido para hidratarme y alejar esos negros y terribles pensamientos. Si tú me apreciaras de verdad, vendrías a toda velocidad con un coco fresquito abierto por la mitad. O mejor, contratarías a una prostituta de lujo, joven y con proporciones escandalosas, para que me trajera el coco fresquito abierto por la mitad. Y yo me bebería la leche de una mitad mientras la escort derramaba la otra sobre mis musculosos pectorales y los lamía. ¡Maldito puto karma! ¿Por qué he sido un tipo tan vil y despreciable todos estos años? Pues básicamente, porque no tenía otra cosa que hacer. Resulta más reconfortante comportarse como un hijo de la gran puta (con Ford Escort o sin él) que como un virtuoso, bondadoso y soso mortal. Y además resulta más barato. Y como no existe ningún Dios que nos las vaya a hacer pasar canutas cuando palmemos…
Un día se me ocurrió que si intentaba que no se me ocurriesen ideas, no tendría que analizarlas y llevar a cabo las que hubiesen pasado las pruebas. Y después de que se me ocurriera esa fantástica idea, se me ocurrió que si me doblaba, eso sí, muy muy lentamente, como si fuera un libro que intenta cerrarse, podría hacerme una fellatio a mí mismo y me ahorraría un dineral en Fords escorts y en escorts sin Fords. Más tarde, mientras siete médicos y nueve enfermeras intentaban desdoblarme a mi posición natural sirviéndose de rodillas, ganchos, grasa de litio y varias estampitas de Nuestra Señora de Loreto, deduje que cualquier ocurrencia que pudiera tener, estaba predestinada al fracaso total. Por esa razón me senté en este maldito sofá y dejé de preocuparme de cualquier mierda que volara sobre mi sesera.
Greg
PD:
He aprovechado un corte de media hora de duración en el suministro eléctrico para escribir tres libros.
