Email del 27 de junio 2018

Giotto. Necedad  (1306)
Querida:
Todas las mañanas, después de tomar una ducha reconfortante y devorar un desayuno equilibrado, suelo sentarme a escribir en mi diario. Obviamente me dedico a redactar todo lo que me sucedió el día anterior, pero como lo hago a la antigua usanza, es decir, en una libreta de anillas y con un bolígrafo en la mano, utilizo una jerga codificada que solo yo soy capaz de comprender. Sirvan de ejemplo un par de líneas de la entrada correspondiente al domingo:
«-Día 24 de junio 2018:
Donga husga-husga du «tomate con perejil» ir randamious inde resatisa. Safababa su condonbilio im maserifado arkai Vicente ir José. Duste futimio indo fasamili su wina sodidonces unda ragarriba. ¡Satanasisa ir bodoremine! ¿Ir bodoremine? Nagas, nagas… ofroto nisula ik mandaremunia.»
Generalmente no dedico más de cinco minutos a esta tarea. Mi vida es tan aburrida y predecible que incluso podría hacerlo en menos de dos minutos. Una vez he considerado que no queda nada reseñable que anotar, me levanto de un salto atlético y suelo caerme al suelo. Hasta este momento, quiero decir, hasta que me levanto del morrazo contra el gres, he ido completamente desnudo por la casa, así que entro en mi habitación y me dirijo a la esquina que hace de vestidor y allí me pongo unos calzoncillos y una camiseta y me miro al espejo. Como suelo encontrarme aborrecible, me traslado a otra de las esquinas, la que hace de desnudador, y me vuelvo a quedar en pelotas. El problema es que a menudo tengo que salir a la calle a hacer ejercicio caminando de un lado hacia el otro, y si lo hiciera sin ropa llamaría demasiado la atención de los sodomizadores. Por esa razón vuelvo a la esquina vestidor y me atavío por completo. 
Ayer creí ver un ovni, pero al final resultó ser un abejorro. Más tarde me senté sobre la barriga de un albañil al confundirla con una silla. Creo que me estoy quedando ciego. Claro que también puede deberse a mi decisión de obviar las gafas por completo. Con ellas parezco un mancebo caquéctico y algolágnico cuya última transverberación mística ha terminado en un perentorio fracaso. Creo que debería dejar de intentar parecer un tipo viril y ser yo mismo. Hace años fui él mismo durante algunos meses y la cosa no terminó del todo bien. ¡Pero la culpa la tiene esta inmunda sociedad donde un jodido «like» es más importante que un abracito! Por cierto, ¿sabes lo que me ocurrió una vez que intenté dar un abracito a mi pareja de entonces? ¡Se desmayó! Cuando le pregunté si estaba enferma, me respondió que no, pero que como ese había sido el primer abrazo que le daba en nueve años, no había podido resistir la emoción. A partir de ese instante le di una media de 47 abrazos cada dos horas, con lo que acabó largándose con un cuidador de octópodos que trabajaba en el Oceanogràfic de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Más tarde me enteré de que había dejado a este y ahora rondaba los platos de calamares a la romana de cierto bar de la capital.
No tengo nada más que contarte. Podría inventarme algo y de esa manera llenar varias páginas de Word, pero debo dinero a Microsoft. También debo dinero a Avast y a Carmencita. Carmencita debe un pastón a Joaquín. Joaquín no quiere cancelar sus deudas con Esteban. A Esteban le ha salido un bulto en el cuello. El cuello de Esteban es incompatible con las camisas francesas. Las camisas francesas siempre serán camisas francesas, a menos que empiecen a fabricarlas en Sudán. 
Suda mucho,
Greg