junio 2018

Email del 10 de junio 2018

Hilma af klint. What a human being is (1910)

Hola:

Fuera luce un día tan maravilloso como profundamente representativo de lo que se puede esperar de la primavera tardía, pero en el interior de mi cabeza llueve y hace demasiado frío. A menudo pienso en que existe una vasta diferencia entre lo que soy capaz de percibir y lo que debería ser capaz de intuir. Y que entre ambos extremos, el tiempo se comporta en absoluto desorden. Te aseguro que me cuesta describir cómo me siento, seguramente porque no soy capaz de experimentar otra cosa que no sea esa maldita autocompasión que me acompaña a todos los lugares y termina convirtiéndose en un «tilt» carente de sentido. Está claro que la mayoría de la gente que conozco tiene días malos. Y supongo que los que no conozco también. Algunos los intentan disimular como pueden o como les han enseñado. Otros… otros nos los proyectan como si se tratara de una vieja película en Super 8 de Kodak rodada en vacaciones. Y si nos negamos a entrar en ese restringido juego, extorsionan cada uno de nuestros fragmentos, que a esas horas ya están por los suelos. ¡Existen tantas formas diferentes de sentirse atrapado! Te juro que he llegado a un punto en el que ni siquiera soy capaz de escuchar el sonido que emiten mis propios movimientos.

Una vez capturé una porción de corium con las manos,
lo estreché sobre el único cantil que sobresalía de mi cuerpo
y se lo ofrecí a aquel que vive dentro, conmigo y tras de mí.
En ese instante solo me importaba una cosa:
que la sombra de color neutro con bordes afilados
me ofreciera un jodido y maldito perdón pactado.

Pactado a traves de las aboliciones tamizadas…
tamizadas con crepúsculos separados…
separados de la sangre y del fuego…
¿El fuego?
Hasta la naturaleza disuelta…
¿El fuego?
Sobre figuras escépticas y despectivas…
¿El fuego?
que atemorizadas se esconden de…
¿La sangre?
No, simplemente, de mí.

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Email del 8 de junio 2018

Paul Gauguin. Human misery (1889)

Querida mojarrita:

Teniendo presente el completo estado de ignorancia y memez de un altísimo porcentaje de la gente que me rodea o con la cual no tengo más remedio que interactuar para sentirme dans une société, quizá debería preguntarme si realmente merece la pena alejarme demasiado de mi cómodo y perfecto rol de figura esculpida en piedra de alabastro o mármol escondida entre las sombras de un umbráculo. Hasta este mismo instante, la única forma que conozco (y practico) de alcanzar un mínimo grado de felicidad es correr lo más lejos posible en dirección contraria a la de cualquier ser o cosa que se desplace de forma bípeda o con la ayuda de un tacatá. Por supuesto, no siempre me mantengo en forma, por lo que en numerosas ocasiones tengo que obligarme a prestar atención y hacer como que disfruto hasta el paroxismo escuchando la serie inconexa de majaderías que salen de algunas bocazas. Como soy una ramera de primera categoría, suelo transformarme en un tipo agradable y dicharachero, pero solo como sortie de secours, es decir, intentando que las ganas de estrangular al que tengo delante se apacigüen por medio de innumerables mantras y, en ocasiones, ilimitadas dosis de tranquilizantes. Por esa razón, Ashvaghosha Narayan Sanchez Martinez, el líder de los Hare krisna de Benimaclet, y el director de ventas de Sandoz España, quieren ponerse en contacto conmigo. Aunque yo solo quiero ponerme en contacto con algún alienígena que tenga las narices suficientes de llevarme con él a otro mundo, otra galaxia, incluso otra dimensión donde esté terriblemente penalizado fabricar, contar y distribuir despropósitos.

Todos sabemos que vivimos en una época de mier…, bueno, ya me entiendes, una época de crisis o de pérdida total de esperanza emocional. Por esa razón intentamos sobrevivir a cualquier costo. Personalmente el único costo que me interesa es el que se fuma, y desde hace un par de lustros ni siquiera puedo fumarlo porque me entran ganas de descojonarme de todo y de todos, y eso hace creer a cierta clase de gente que pertenezco a su maldita «tribu». Y yo no pertenezco a ninguna parte. Ni siquiera a la parte contratante de la primera parte (gracias, Groucho). El único lugar al que rindo pleitesía se encuentra entre el comedor y la habitación de invitados. Efectivamente, hablo del aseo. Allí nada me importuna y además, gracias a la reverberación que producen los azulejos de vidrio -que aportan elegancia y sofisticación-, mi voz suena perfectamente modulada y con un toquecito celestial. No, por favor, no quiero decir que crea que soy o debería ser una divinidad, sobre todo porque ya lo soy. No se puede ser lo que ya se es, porque si eso sucede, no se es lo que uno cree que es o lo que desea ser, o se es dos veces lo que solo se debería ser una vez . ¡Concéntrate! No es tan complicado como parece. Básicamente lo complicamos nosotros, bueno, vosotros. Yo tengo claro cuál es mi destino en esta farsa de farsas. Incluso puedo llegar a apercibir cuál es el tuyo. Y el del tío con el que finges los orgasmos. ¿Crees que voy de listillo por el mundo? Je m’en fous. Ça m’importe une merde. Je ne dois rien à personne. Ni siquiera a ti, ni a Ashvaghosha Narayan Sanchez Martinez o su jodida congregación de levitadores aneyaculadores.

Y ahora escucha bien: el principal problema de una oveja es ser una oveja. Sin embargo, el principal problema de un ser humano es ser o comportarse como una oveja. No conozco ningún cuadrúpedo ungulado que se crea humano. Por esa razón todas las cabras, corderos y similares se dejan matar con inocencia y los seres humanos matan con esa especie de sincera alegría tan característica. Mientras una oveja es asesinada por otra oveja, falsa oveja, oveja bastarda, humano disfrazado mentalmente de oveja, humano disfrazado de falsa oveja, humano disfrazado de oveja bastarda o, simplemente por el Dios supremo de las ovejas, que ve en ellas un fallo catastrófico en la bendita y venerable involución, yo como almendras. Me gusta comer almendras. Con sal, garrapiñadas o fritas. Podría comer pipas pero tengo los dientes fatal. Podría ir al dentista pero tengo los ahorros fatal. Podría intentar no gastar el dinero en tantas fatalidades e invertirlo en algo que me haga un hombre de provecho, como ir de putas o cualquier cosa relacionada con ellas, ya sabes, proxenetas, enfermedades de transmisión sexual, mamadas rápidas en el asiento trasero del coche, consoladores tamaño XXL. El problema es que no quiero llegar a ser un hombre de provecho. Prefiero aprovecharme de todos los hombres y todas las mujeres, pero no de una manera carnal, sino pandemoniaca (ojo, no confundir con pan tumaca).

Supongo que cuando leas este texto sentirás que has perdido diez minutos de tu vida. ¿Tanto tiempo te ha costado leer cuatro párrafos? ¿Acaso eres disléxica, dislálica o disgráfica? ¿O simplemente te ha costado porque mi prosa es más digna de un insuficiente mental o un molusco bivalvo? ¿Con que esas tenemos? ¡Vale! Pues que sepas que los pocos textos que he leído tuyos eran espantosos, que tus caderas son estremecedoramente pluscuaimperfectas y que te huelen las orejas. Ahora ya sabes por qué nunca te beso en las mejillas. Y si una vez te hice un cunnilingus, te aseguro que fue por error, ya que estaba la luz apagada. Nunca creí que pudieras ser tan despiadada conmigo. Pero no te odio. Y siempre, algunas veces o nunca, no te odiaré.

Yo (¿Passssa algo?)

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Email del 7 de junio 2018

Sam Francis. Bright nothing (1963)

Estimada amiguita mía:

No hace ni siquiera media hora que me encontraba en lo que se podría denominar una «posición gibosa», la misma que tiene la luna desde hace un par de noches. Por supuesto mi postura no era tan rielante y el fulgor de mis ojos se parapetaba tras unos párpados repletos de lágrimas, algunas contenidas y otras que se deslizaban a través de las comisuras oculares. Cuanto más intentaba aplatanar mi cuerpo, más se anaranjaba o manzaneaba, hasta que llegó un punto en que se transformó en algo parecido a un rambután no demasiado peludo y sentí ganas de devorarme a mí mismo. Por esa razón me levanté de un silencioso salto y decidí mirarme al espejo y contarme un par de mentiras. La primera no pude creérmela, pues era demasiado difamatoria, pero la segunda me dejó sin habla. Espera… no es cierto, fue la primera la que me dejó sin habla y la segunda la que no quise creer, aunque en realidad, y analizada media hora después, se me antoja más sensata que la otra. Tras tragar saliva y escupir los restos sobre el parquet del suelo, intuí que algo no funcionaba dentro de mi cabeza. O quizá había algo o alguien residiendo allí, por lo que sentí que tenía que convencer a ese o esos moradores encubiertos de que abandonaran amablemente su cubículo -que no era más que una parte muy importante de mi anatomía- y se fueran a buscar otra cabeza a la que no le molestara en absoluto ser avasallada.

No te cuento mis intimidades menos admirables para que pienses que estoy completamente loco, porque no lo estoy. Me divierte que el resto del mundo crea que soy un tipo raro con serios problemas mentales, sociales, morales y anales, porque eso da más caché a mi leyenda. ¡Ahora ya sabes por qué me suelo comportar como un jodido excéntrico! Tú me conoces, aunque conoces mejor mis túbulos seminíferos que mi sesera. ¡Las mentes no eyaculan! Ya sabes lo que quiero decir. O puede que no. O puede que no sepas a qué me refiero y que la asquerosa verdad es que yo soy una especie de paranoico, retrógrado, alexitímico y esquizotípico. ¡Pero por lo menos no padezco el Síndrome de Cotard! Si tuviera que puntuar mi vida del 0 al 23, me pondría un 22. Si tuviera que puntuar mi mente del 0 al 17, me pondría un 18. Si tuviera que puntuar tu vida, tu mente, tu muerte y tu paladar vicioso, me desmayaría de mentirijillas para que no te sintieras mal por la valoración. ¡La verdad escarba como un topo!

Ayer me escribió un email nuestro nuevo presi del Gobierno preguntándome si me gustaría ser ministro de la nueva cartera de psicosis tóxica retroactiva. No le contesté porque en ese momento estaba a mitad de un brote psicótico esquizoafectivo. Si en lugar de ofrecerme ese ministerio me hubiera propuesto ser su cocinera, seguramente tampoco le habría contestado, pero hoy sería el único difálico-coprolálico del mundo que ha rechazado un chollo.

Te quiere (sobre todo cuando me prestas dinero)

Greg von Hez

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Email del 1 de junio 2018

President. Autor desconcido (¿y qué más da?)

Apreciada amiga:

¡Estoy feliz! No, no me he vuelto definitivamente loco. Me siento maravillosamente bien. ¿Recuerdas a un humorista de aspecto y comicidad francamente nauseabundos que tuvo algo de éxito hace más de 20 años y que se llamaba Marianico el Corto? Pues bien, Marianico el largo se ha tragado su barba en el día de hoy. Y con él, algunos de sus adláteres, entre ellos ese tipo con aspecto sieso-ciclotímico-prostibular y lengua de esmegma descompuesto que siempre reía las gracias del gran jefazo sibilante. Sin nombres. Tú eres lista. No es que el fulano (perengano) que va a hacer ahora de presi me guste demasiado, pero este cambio era necesario y, en cierto modo, me ha evitado el suicidio. ¡Estoy flotando! Ahora me gustaría que Rivera -y esta vez sí que digo nombres- se convirtiera en piedra y fuera trasladado a algún jardín para hacer sombra a las carpas rojas de algún estanque. En resumidas cuentas: yupiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

G

PD: Catársis. Resiliencia. Lapislázuli de Agfanistan…

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