 |
| Paul Gauguin. Human misery (1889) |
Querida mojarrita:
Teniendo presente el completo estado de ignorancia y memez de un altísimo porcentaje de la gente que me rodea o con la cual no tengo más remedio que interactuar para sentirme dans une société, quizá debería preguntarme si realmente merece la pena alejarme demasiado de mi cómodo y perfecto rol de figura esculpida en piedra de alabastro o mármol escondida entre las sombras de un umbráculo. Hasta este mismo instante, la única forma que conozco (y practico) de alcanzar un mínimo grado de felicidad es correr lo más lejos posible en dirección contraria a la de cualquier ser o cosa que se desplace de forma bípeda o con la ayuda de un tacatá. Por supuesto, no siempre me mantengo en forma, por lo que en numerosas ocasiones tengo que obligarme a prestar atención y hacer como que disfruto hasta el paroxismo escuchando la serie inconexa de majaderías que salen de algunas bocazas. Como soy una ramera de primera categoría, suelo transformarme en un tipo agradable y dicharachero, pero solo como sortie de secours, es decir, intentando que las ganas de estrangular al que tengo delante se apacigüen por medio de innumerables mantras y, en ocasiones, ilimitadas dosis de tranquilizantes. Por esa razón, Ashvaghosha Narayan Sanchez Martinez, el líder de los Hare krisna de Benimaclet, y el director de ventas de Sandoz España, quieren ponerse en contacto conmigo. Aunque yo solo quiero ponerme en contacto con algún alienígena que tenga las narices suficientes de llevarme con él a otro mundo, otra galaxia, incluso otra dimensión donde esté terriblemente penalizado fabricar, contar y distribuir despropósitos.
Todos sabemos que vivimos en una época de mier…, bueno, ya me entiendes, una época de crisis o de pérdida total de esperanza emocional. Por esa razón intentamos sobrevivir a cualquier costo. Personalmente el único costo que me interesa es el que se fuma, y desde hace un par de lustros ni siquiera puedo fumarlo porque me entran ganas de descojonarme de todo y de todos, y eso hace creer a cierta clase de gente que pertenezco a su maldita «tribu». Y yo no pertenezco a ninguna parte. Ni siquiera a la parte contratante de la primera parte (gracias, Groucho). El único lugar al que rindo pleitesía se encuentra entre el comedor y la habitación de invitados. Efectivamente, hablo del aseo. Allí nada me importuna y además, gracias a la reverberación que producen los azulejos de vidrio -que aportan elegancia y sofisticación-, mi voz suena perfectamente modulada y con un toquecito celestial. No, por favor, no quiero decir que crea que soy o debería ser una divinidad, sobre todo porque ya lo soy. No se puede ser lo que ya se es, porque si eso sucede, no se es lo que uno cree que es o lo que desea ser, o se es dos veces lo que solo se debería ser una vez . ¡Concéntrate! No es tan complicado como parece. Básicamente lo complicamos nosotros, bueno, vosotros. Yo tengo claro cuál es mi destino en esta farsa de farsas. Incluso puedo llegar a apercibir cuál es el tuyo. Y el del tío con el que finges los orgasmos. ¿Crees que voy de listillo por el mundo? Je m’en fous. Ça m’importe une merde. Je ne dois rien à personne. Ni siquiera a ti, ni a Ashvaghosha Narayan Sanchez Martinez o su jodida congregación de levitadores aneyaculadores.
Y ahora escucha bien: el principal problema de una oveja es ser una oveja. Sin embargo, el principal problema de un ser humano es ser o comportarse como una oveja. No conozco ningún cuadrúpedo ungulado que se crea humano. Por esa razón todas las cabras, corderos y similares se dejan matar con inocencia y los seres humanos matan con esa especie de sincera alegría tan característica. Mientras una oveja es asesinada por otra oveja, falsa oveja, oveja bastarda, humano disfrazado mentalmente de oveja, humano disfrazado de falsa oveja, humano disfrazado de oveja bastarda o, simplemente por el Dios supremo de las ovejas, que ve en ellas un fallo catastrófico en la bendita y venerable involución, yo como almendras. Me gusta comer almendras. Con sal, garrapiñadas o fritas. Podría comer pipas pero tengo los dientes fatal. Podría ir al dentista pero tengo los ahorros fatal. Podría intentar no gastar el dinero en tantas fatalidades e invertirlo en algo que me haga un hombre de provecho, como ir de putas o cualquier cosa relacionada con ellas, ya sabes, proxenetas, enfermedades de transmisión sexual, mamadas rápidas en el asiento trasero del coche, consoladores tamaño XXL. El problema es que no quiero llegar a ser un hombre de provecho. Prefiero aprovecharme de todos los hombres y todas las mujeres, pero no de una manera carnal, sino pandemoniaca (ojo, no confundir con pan tumaca).
Supongo que cuando leas este texto sentirás que has perdido diez minutos de tu vida. ¿Tanto tiempo te ha costado leer cuatro párrafos? ¿Acaso eres disléxica, dislálica o disgráfica? ¿O simplemente te ha costado porque mi prosa es más digna de un insuficiente mental o un molusco bivalvo? ¿Con que esas tenemos? ¡Vale! Pues que sepas que los pocos textos que he leído tuyos eran espantosos, que tus caderas son estremecedoramente pluscuaimperfectas y que te huelen las orejas. Ahora ya sabes por qué nunca te beso en las mejillas. Y si una vez te hice un cunnilingus, te aseguro que fue por error, ya que estaba la luz apagada. Nunca creí que pudieras ser tan despiadada conmigo. Pero no te odio. Y siempre, algunas veces o nunca, no te odiaré.
Yo (¿Passssa algo?)