Email del 19 de junio 2018

Vlad Tepes. Autor y fecha desconocidos.

Ainsssss:

En ocasiones recurro a la fascinación que me produce fantasear con lo que nadie se ha atrevido jamás a imaginar. Supongo que no sería demasiado descabellado pensar que cada representación o cada imagen que se proyecta en el interior de lo que alguna vez fue un cerebro sano y vital, pero que hoy es un órgano estropeado, pertenece a Bankia. Pues ellos controlan mi existencia y deciden sobre lo que debo o no hacer. Hasta que no liquide la deuda que tengo contraída no seré libre, ni siquiera para elegir el tapizado para las sillas de mi comedor. Porque cada vez que necesito algo he de calcular el coste y preguntar al director de mi sucursal si la compra es factible, aunque sé de antemano su respuesta:

-No, de ninguna manera.
-Nos debe miles de euros, señor Gregorio.
-Usted en realidad es libre de tomar sus propias decisiones, pero mi humilde consejo es que siga las normas establecidas.

Las normas. Las normas. Esos preceptos mórbidos y patológicos que me despiertan todas las noches. Quizá, si fuera un tipo más osado, podría juntarme con unos cuantos cientos de extorsionados audaces y formaríamos un gran grupo de ataque con ramificaciones en todas las capitales del país. Es una lástima que no crea en el ser humano como fuerza arrebatadora que tiene el poder de enfrentarse a cada entuerto. ¡Cómo me gustaría sumirme en un sueño autoinducido de una duración igual o superior a los 430 años! 430 años son 5.160 meses. Y toda esta tira de meses representan 154.900 días. Un día es una mierda, por lo que 154.900 días son más mierdas de lo que un bello durmiente sería capaz de resistir, aunque fuese para escapar del mal.

-Sus deudas, señor López, son nuestras futuras piscinas climatizadas.
-Piense que cada accionista tiene varios hijos, mascotas y amantes que dependen enteramente de usted. ¡Debería sentirse feliz!
-El mes pasado fui condescendiente con sus números rojos, pero por favor, no piense que soy un maldito badulaque.

No, el badulaque soy yo. Y lo soy por vender mi alma a semejante hermandad de vampiros. Y todo para poder acumular más pertenencias. Las mismas que hoy me importan un jodido pito. Claro que soy un badulaque. Y un estúpido, un necio y un demente. Solo un retrasado hipotecaría un futuro que todavía no le pertenece por un puñado de exclamaciones de admiración provenientes de amigos y conocidos todavía más vendidos a la sociedad que yo. ¡Debo clavar una estaca en el corazón del jefe supremo vampiro! Pero lo haré más tarde. Ahora debo telefonear a mi agente bancario para preguntarle si puedo comprar una bolsa de 40 gramos de almendras de la marca «El Manisero» que cuesta un mísero euro. Me gusta asomarme a la ventana y ver pasar al resto de víctimas mientras mastico frutos secos.

-Sé por lo que está pasando, señor López, pero francamente, yo debo rendir números a mis superiores. Y todos esos números deben ser de un bonito color verde tropical.
-No me llore, don Gregorio. Debería haber sospesado los pros y los contras antes de arrodillarse lloriqueando para que le concediéramos su crédito.
-¡Seguridad!¡ Saque a este perdedor fuera de la oficina!

Entre mi grupo de amigos, hay uno al que todos llamamos «Inteligencia brutal Pepe», pues se llama José y es el único que no debe nada a los bancos. Es un tipo listo. Todo lo que debe está a nombre de Magdalena, su mujer, por lo que es ella la que está experimentando cómo se consume su vida. Él se limita a pasear por las calles con rostro altanero y un crucifijo colgando de su cuello. Algunos dicen que también suele llevar ajos en los bolsillos del pantalón. Ojalá yo tuviese el suficiente dinero para comprar una ristra o un único kilo de ajos. Llegados a este punto de miseria, poco me importaría que fuesen recién traídos de la huerta o disecados.

Greg van Helsing