Email del 12 de junio 2018

Ion Tuculescu. Portrait of my grandfather (XX cent.)

Hola:

Mi nueva vida ha durado menos de 15 minutos, pues me gustaba demasiado la vieja. Te explico: ayer mientras estaba tumbado con el cuerpo plácidamente doblado en la chaise longue, decidí que quería ser lo más parecido a un tipo corriente. Ya sabes, reír las gracias de la gente (aunque en el fondo me produzcan ganas de vomitar), llevar a mis sobrinos a la feria, invitar a mis amigos a comer en mi casa una pitanza preparada por mí con infinitas dosis de amor y todo ese tipo de cosas. Te juro por mis proteínas Tau que no sufrí un repentino ataque psicótico, simplemente quería integrarme de lleno en la sociedad y convertirme en un referente comunitario-benéfico-cebollino-marujo, o para ser más específico, una especie de cruce entre Florinda Chico, el Sultán Tipu y Dora, la exploradora. ¡Y casi lo consigo! Incluso me bajé de Internet un manual que explicaba las pautas a seguir para dejar de ser un solitario asocial, egoísta y excéntrico. El autor del texto, un tal A. L. M. (¿A La Mierda?) enumeraba en 2.700 puntos la manera de llevarlo a cabo sin sufrir uno o varios pólipos en la vesícula biliar. El tratado, por llamarlo de alguna manera, me pareció escrito en un lenguaje similar al que utilizaban los cabreros del siglo XIX en las Hurdes y me costó un montón llegar al punto 34, el último que leí antes de decidir que ser un solitario asocial, egoísta y excéntrico era una maravillosa y alternativa forma de ser y que siendo así no hacía daño a nadie. Por supuesto, a nadie que no quisiese hacerse daño a sí mismo tomándome a mí y a mis absurdidades patafísicas demasiado en serio.

Recuerdo a mi abuelo Vicente Pérez, que era un tipo dadaísta, multivitamínico y asocialmente descentrado y asilvestrado. Y recuerdo que cada vez que le preguntaba para qué cojones sirve integrarse en la colectividad (AKA sociedad humana, AKA repelencia arredrante, AKA zurullo aguachinado) siempre me respondía que le dejara de hacer preguntas estúpidas, ya que él odiaba pensar, que lo mejor que podía hacer era preguntárselo a los caballos, ya que al tener la cabeza mas grande, eran los candidatos perfectos para responder cualquier tipo de cuestiones. Y debo decirte que tenía toda la razón. Nadie que esté en su sano juicio sería capaz de reseñar las ventajas de pertenecer a la raza humana, también llamada raza superior o «esos malditos hijos de la gran puta». Yo por lo menos no soy capaz, aunque tengo un amigo que dice que es capaz de deletrear las palabras «fimosis guachindonga» sin fruncir el ceño. Hace algunos años, alguien me regaló un libro que se titulaba Garbancito de la Mancha nunca existió de un tal Francisco Haba Frijol. En él leí algo que cambió mi vida por completo. En la página 239, párrafo tres, línea octava, el señor Haba Frijol proclamaba que el ser humano era tan humano como podía serlo un ectoparásito hematófago (sic) y que si en lugar de desarrollar el cerebro y el pene, hubiera incrementado el tamaño de la nariz, el planeta Tierra quizá todavía tendría alguna oportunidad (sic).

Greg

PD:
Los gases me producen Coca-Cola.