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| Alexandre Marie Colin. Tres brujas de Macbeth (1827) |
Sinceramente:
Estoy convencido de que soy capaz de volar. Quiero decir… podría ahora mismo subir las escaleras que condujesen al lugar más elevado del planeta y lanzarme hacia delante con mucho estilo. Porque hasta para abandonar el cuerpo y el planeta, amiga mía, hay que demostrar cierta jodida clase. Y si durante más de las tres cuartas partes de mi existencia esa maldita naturaleza ha estado oculta tras una especie de dosel opaco, creo que no ha sido porque no existiese (la naturaleza, no yo), sino porque no pretendía enfurecer a nadie demostrando mi indefinida superioridad o mi intrascendente inferioridad, o quizá ambas a la vez. Y mientras trato de dilucidar si las tres sombras que juguetean reflejadas en el vidrio de la noche, representan a las tres hermanas fatídicas de Macbeth o las tres vampiras de Stoker, mi cabeza gira como la de la niña de El exorcista. Y cada vez que completa una vuelta, algo o alguien lo apunta en una libreta imperceptible de la marca Rubio, que son las que utilizaba cuando creía que todo lo que podía ver, tocar o imaginar era realmente importante.
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